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Treinta veces Isha


ISHA

I

Tú y lo inexistente de tu día
saben cómo escapaste culpable del Edén:

Enciérrame en la herida
o cuélgame en las venas de tu sueño.
Por amor acepto este descenso,
por original empeño de mi frente ante tu pecho.

Para salvarlo del pecado en soledad,
para conservar la ternura escondida de su tacto,
tu vientre humeante rechazó
las alas del paraíso
y los tumbos de agua soñolienta
retorciéndose en tus manos.

Inventaste la mordida.

II

Si Adán del barro vino,
si vino andando sobre tu pecho,
si a su pecho solo tú aferrada.
Si aferrada su boca a la manzana,
si a la manzana tú no la veías,
si él veía a la serpiente entre las aguas,
si entre otras aguas tú tranquila reposabas.

Golpe de su cuerpo sobre tu gracia,
desgracia de tu nombre sobre su cuerpo.

III

Con parsimonia
dibujaste imágenes en el verde
para que escapara hoy
el sabor compartido
de la sal con tu propia sangre.

Sabes que la ciudad se ha desmoronado
—el polvo trata de curarte las heridas—
y su recuerdo se abre como brazos
esperándote al borde de la cama.

IV

Las alas que suprimiste en el escape
empiezan de una vez a brotarte de la espalda.

¡Qué intuitivas se te han vuelto ahora las sandalias!

¡Qué fabulosos son tus poros
en eso de aprehenderse a las cenizas!


Ya verán cómo después del mar
alcanzaremos el huidizo horizonte.

Nos robaremos el alma
y analizaremos sus contornos.

Con un canto de esperanza modulada
validaremos el ayer.