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Treinta veces Isha


Piel labrada

(Víspera)

Desde que nacimos,
por luz escasa de otrora,
fuimos hechos ríos.
Se deja el alma fluir en su atrapado enigma.
Como al agua nos sacude la vida,
como al solo verano desnudo,
como a la flor exacta de las mutaciones.

I

¡Oh más larga piedra en la duración de mi memoria!
Piel labrada de ensueños, no te escondas
en el reclinado pellejo de tu sangre.
Aguarda el desmiembre de la roca principal que te aguarda
y deja que mis ojos escuchen esta súplica.

II

La poesía se quedó callada
en una barroca existencia se debate su forma
rechaza la asignada presencia de su voz en todas partes.
¿Qué has hecho con mi cuerpo,
poeta ahijada de la confianza,
nieta de la sumisión de mis pesares?
Tu mano, investida de ternura,
me ha tendido desnuda sobre esta roca.
Tu sonrisa opaca
me martiriza –de norte a sur, de este al oeste– sobre la misma cruz.
El día que te encontré eras pequeña de oídos,
sin años, con oculta sordidez por naturaleza.
Tenías el cabello untado de ojos
y la piel lisa por falta de filo en tu garganta.
No dijiste mucho, aparte de palabras contra ciudades y espejos.
Sólo dejaste ver movimientos mal hechos
que te dejaron el alma torpemente dibujada en fotografías.
Disputabas sonrisas con el lente,
elegías color para la hora y hora para el color.
Casi veo el viento moviéndote el cabello:
inmovilidad amenazante galopando rebelde contra el día.
Después no recuerdo mucho de ti, de ella,
de la que un día fuiste temerosa de relojes.

¿Dónde están aquellos colores rectángulo-encerrados?
¿Dónde las palabras inútiles de dulzura y asco?

III

El viernes dijiste: “It’s me against Chicago”.
Imaginaste edificios,
te sentiste inmensa ante la posible roca.
Eras sólo tú contra los siglos.

–Un aullido de coyote es silencio ante la vida-sombra metropolitana.
Ni Viento convulsionado trasciende la señal de tráfico,
sólo Sol entiende la apresurada vibración de cada calle–.

En Chicago se sabe con certeza que una hora es exacta, ajustada, invariable.

–Aprenderás a no decir Mañana como se dice Vuelo, Ave o Canto.
Aprenderás que perfección de máquina ignora Sangre,
Pero anhela Sangre misma a la hora del metal-insomnio–.

En Chicago nunca esta mano que te espera,
que te acaricia verticalmente sin remedio horizontal
porque las vértebras del cuerpo así lo exigen.

En Chicago, fotografías olvidadas,
bocas modeladas, manos encerradas
y el saludo vidrioso del ojo desvelado.

Chicago es como una cena partida en dos:
1. el gusto ante la mesa –pan costoso saboreado con la vista–
2. el sueño destruido de una nación –cubiertos de plata acariciados sin dedos–.

En Chicago velas apagándose,
vinos duros y oscuros por sumisión al tiempo,
postres decorados con lustroso vidrio líquido.

En Chicago todo se pierde en el esfuerzo.

IV

Canta ahora, callarás luego.

Te arrancaré –sollozando en sutileza– el brazo izquierdo.

Con tu mismo miembro te golpearé:
será mi abrazo de ternura clandestina.
Te lo enviaré con el más claro día.
Sé que en las noches
aguardarás su entrada como la de un ladrón,
pero acumularás insomnio en vano.
Llegará escoltado
por la más fresca brisa,
por el más tierno canto,
por la más limpia sonrisa,
por el más verde campo.

Atrapa los colores que tienes entre los dedos,
pintora encerrada en rostros acuáticos,
amarra con tus dedos las horas de la muerte.