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Treinta veces Isha


Altazor


Ayer te vi,
recorrías a ras el campo clandestino.
Tus alas desafiaban la velocidad de mi auto,
el viento parecía amigo de tus plumas.
Quise viajar junto a ti
pero detuviste tu elevada marcha,
no me dejaste igualarte en el vuelo.
Entre aceradas brillantes plumas
encontraste dedo para señalarme,
con aguda garganta poblada de silbidos dijiste:
“Has olvidado de dónde nace tu sangre.”


La gaviota herida
–su sexo.
La respuesta falsa
–su camino.
Después de reconocer
las cantinas y burdeles
de la pequeña ciudad
recordó que él también
tenía su nombre
para almacenar
la sonrisa ajena
el llanto próximo
la disculpa sobre la cruz.

A los 33 días de saberse piedra
encontró 7 conejos muertos
a la puerta de su casa.
¿Y para sus amigos?
Tan sólo gala tradicional
de humeante risa.

El nombre añejo
fue repartido a quienes
se encontraban en la boda.
De las inmensas tinajas
lo sacaban
letra por letra
sílaba por sílaba
hasta que quedaron
todos embriagados.

La gaviota herida
nunca sanó.
El camino
fustigó sus andanzas.
Por los campos
todavía avanza
como esperando
que de plumas
lo vista el viento.