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Gloria Elena Espinoza de Tercero: Del teatro a la novela por la heteroglosia


Por: Gloria Elena Espinoza de Tercero

Narradora, dramaturga nicaragüense


--Discurso pronunciado por la autora en el acto de su incorporación como Académica de Número en la Academia Nicaragüense de la Lengua el día 29 de noviembre de 2007.
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Sr. Dios nuestro. Sr. Don Jorge Eduardo Arellano, Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua, Sr. Don Carlos Tünnerman, Subdirector, Sr. Don Francisco Arellano Oviedo, Secretario, Sres. y Sras. miembros de la Academia. Distinguidos invitados especiales, mi esposo Luis Alberto, mis hijos presentes Gloria Elena y Silvio Mauricio, familiares y amigos.

Con gratitud recibo la distinción de ser acogida como miembro de número, por parte de los académicos que integran esta ilustre corporación. Deseo manifestar de corazón mi especial agradecimiento a quienes con generosidad firmaron la carta de petición para mi ingreso: el señor subdirector, D. Carlos Tünnerman Bernheim, D. Edgardo Buitrago Buitrago, D. Sergio Ramírez Mercado, y D. Alejandro Serrano Caldera. También deseo recordar con mucho cariño a los académicos ya fallecidos: D. Pablo Antonio Cuadra quien creyó en mi dramaturgia desde 1992 y lo consignó en una expresiva tarjeta que orgullosamente prologa mi obra de teatro Espinas y sueños; don José Jirón Terán quien vaticinó esta incorporación, y Mariana Sansón Argüello de Buitrago, la poetisa y entrañable amiga que abrió las puertas de la Academia para la mujer, en cuyo homenaje llevo puesta esta cotona de su admirable creación; y a mis padres Silvio y Aurorita, quienes trazaron mi sendero en esta vida.

Al recibir la carta de D. Francisco Arellano Oviedo, Secretario de esta Casa, donde me comunicaba la decisión de la Corporación de elegirme miembro de número, reflexioné que poder llegar a este lugar tan importante no ha sido por mérito propio, sino por los dones que Dios me concedió: los genes de mis antepasados artistas del pincel y de la música, y de quienes han contribuido en mi formación y promoción. Por eso no estoy sola en esta silla que concede tanto honor: ellos están conmigo.

Mi trabajo como escritora ha sido y seguirá siendo ensayo constante, por lo cual no es extraño que lo haya hecho en este discurso para meditar en mi propia historia y encontrar las claves que me llevaron hacia el encuentro con la novela a través del teatro.

Primero evoqué mi niñez en la soledad de hija única y me encontré monologando, pero a la vez, creando personajes imaginarios que dialogaban conmigo, en diferentes tonos y lenguajes. Dicho diálogo se fundamentaba en la imaginación, que fue formando en mí el viejo arte de mentir, el cual me ha llevado a formular intuitivamente versiones múltiples de mentiras verdaderas, útiles a la hora de discernir los instrumentos del oficio literario, como aconseja el maestro de la narrativa D. Sergio Ramírez Mercado.

Paradójicamente, en esa experiencia solitaria, hay un panorama variado y multicolor que me proporcionó los gestos, voces, onomatopeyas, como el circo Firuliche, que me dará la carcajada, el carnaval de la vida, con los payasos, sus diálogos picarescos y chabacanería.

Los mensajes filosóficos y la preocupación por la cultura clásica, mezclada con la de mi país, me vino por el lado de mi padre, don Silvio Espinoza Rocha, gerente de algunas sucursales del Banco Nacional de Nicaragua durante 25 años, quien me llevaba a las fiestas patronales de Diriamba, y entre el bullicio, me contaba que el Choricero, viejo chocho y gruñón de Los Caballeros de Aristófanes, se parecía al Güegüense, de quien aseguraba, había comido en las enramadas el famoso indio viejo con guarito pelón. Luego, sobre sus hombros, disfrutaba del baile, admirando las cintas brillantes, espejitos, chischiles, penachos, máscaras y música en la plaza de la iglesia San Sebastián… Pero mi padre también me hablaba de los Tratados filosóficos de Séneca y de sus Epístolas Morales, y me contaba de Ulises, Aquiles y Héctor.

A este panorama se sumó mi madre Aurorita Padilla de Espinoza, teatral, conversadora y festiva, lectora de la Biblia, Víctor Hugo y Alejandro Dumas. Tuvo un estudio fotográfico con tarima, telón y una mampara tras la cual se vestían sus clientes. Ya de gala, caminaban hasta colocarse delante de la cámara. Algún niño aparentaba recibir la comunión arrodillado en un reclinatorio, de manos del propio Jesús, pintado por ella. Otras veces, en el escenario, algunos novios volvían a enamorarse sentados en una banca, delante de un telón, también pintado por ella, mostrando un lago con luna, parodiando a Degás. Para las fotos de boda les mostraba la pose y se transformaba en otra. Enfocaba su cámara de enorme fuelle, asomándose bajo su manto negro en la caja trasera. Los protagonistas contenían la respiración para quedar estáticos, inconscientes quizás, de que congelaban el tiempo. Auxiliada con focos de un remedo de tramoya y con trípodes a ambos lados, extraía de ellos lo mejor de su gesto, luces y sombras.

Pero el misterio ocurría dentro del cuarto oscuro iluminado con luz roja. Junto a ella, sobre una alta silleta, miraba brotar figuras en blanco y negro desde un viscoso papel, sumergido en un líquido de hedor penetrante. Las secaba colgándolas de una lienza, cantando: Acaricia mi ensueño el suave murmullo de tu suspirar. Cómo ríe la vida si tus ojos bellos me quieren mirar. Y si es mío el amparo de tu risa alegre que es como un cantar. Ella aquieta mi herida, todo, todo, se olvida. El día que me quieras… Ese teatro natural, esa magia vive en mi narrativa con sus hedores, colores, iluminación, espontaneidad y gracia, y se combinó con las radionovelas como Los tres Villalobos, los sonidos de sus caballos pacapac, pacapac, pacapac, y sobre todo, con el cine, al que me llevaban con frecuencia. Personajes como María Félix, Agustín Lara, Carlos Gardel, Libertad Lamarque, Sarita Montiel seguían actuando en casa, en la persona de mi madre y yo lo absorbía de la forma más natural del mundo. Por ejemplo, de pronto me convertía en violetera, y la niña cual mujer, regalando ramitos de una canasta en una fiesta de disfraces, cantaba: Cómpreme usted este ramito, cómpreme usted este ramito, pa’ lucirlo en el ojal…

Mi madre también me instruía con historias sui géneris, de su propia invención. Por ejemplo, me decía con compases alternos: «Cuando Johann Strauss arregló El Danubio azul iba en un carruaje halado por caballos, el choque de la rueda con el empedrado sonaba mmmmmm… clas, clás, cataplás… y el murmullo del río decía mmmmmmm shuís, shuís shuís, shuís … más el trueno rugía ¡ruámp!… clas, clás, cataplás… y la lluvia comenzaba a caer… plim, plim, plim, plim, plim… el cielo encapotado en la rivera, en esa Viena del siglo XIX, lo incitó a escribir hasta en el puño de su camisa». En ese momento se levantaba, tomaba el enorme disco y bailaba para mí, con su falda acampanada, el verdadero vals con sus compases en aire vivo.

He citado esos ejemplos, para mostrarles que mis novelas y obras teatrales se gestaron desde mi niñez, basadas en el gesto, la onomatopeya, la música, las distintas voces populares, marginales y clásicas, a la que se agregaban las voces de tíos y primos, maestros en el arte de conversar y narrar con tal énfasis de gesto, verbo, canto, baile, chiste picante y socarronería, que cuando escribo algún pasaje, los escucho como si fuera ayer. Igual sucede con mis antepasados, como si los hubiera conocido, puesto que siempre estuvieron presentes en los cuentos y leyendas que relataban mis padres. Ha sido una especie de presencia descronológica e impensada; una viva y amorosa
relación familiar.

Por mi soledad me acostumbré a escuchar las voces de donde vinieran, por eso la heteroglosia es imprescindible entre las páginas de mis libros. Aquí entiendo por heteroglosia no como la simple polifonía, que podría consistir en la articulación de una pluralidad de registros discursivos, sino en una polifonía que registra la pluralidad de sujetos sociales, que sostiene el diálogo con las diversas versiones de la historia oficial, con la memoria oral y las voces de la imaginación. Es decir, que la heteroglosia surge cuando se puede descifrar la huella de un proyecto subalterno en un texto hegemónico, mediante el registro de diferentes formas de lenguaje asociadas con diferentes grupos sociales y los diversos puntos de vista de éstos; de manera que el hablante de una lengua tiene que apropiarse, partiendo de la boca de los demás, de la lengua que habla y adaptarla a sus propias necesidades. A continuación les doy un ejemplo del uso heteroglósico en mi novela La casa de los Mondragón:

Todo marchaba aparentemente normal. Don Venturita no se daba cuenta del paso del tiempo, todo era rutinario y sin sobresalto en la casa, pero la imprudencia de Chombo (que llegaba a comer cajetas y frutas con doña Marcelina), alertó ese mundo apacible.

Lucrecia despedía a su tío en la puerta del corredor que conducía al zaguán; luego se fue para adentro, sonriente, comiendo dulce que tomó de la canasta de doña Marcelina.

—Idiay, ya le panzoniaron a la muchacha, o es que se le casó ‘ña Marceliná.
Precisamente, don Venturita iba bajando la acera y escuchó el comentario de Chombo, acostumbrado (en su casa) a ver esa clase de fenómenos naturales.
Doña Marcelina no encontró palabras cuando vio que su esposo escuchaba tal ignominia. Tuvo que reaccionar dándole un coscorrón al muchacho, asustado por la expresión violenta de la señora a quien sabía bonachona.
—¡Caramba cipoté!, te estoy dando de comer y me salís con esa brutalidad. Puñetero de porra, te merecés un querque. Tenés la mente torcida o estás viendo con aumento.

—No ‘ña Marcelina. Si no los ’toy dijiendo por friegar. Como en mi casa perenne están panzonas mi mama y mis hermanas; desde que le ’mpiezan a salir los puyoncitos de las chichas, tienen hombre, y ¡pás!, salen con la timba. Pregúntele a la muchacha. Yo nada más le digo para que se arisquelle. (95)
No puedo pasar por alto que antes de escribir novelas, incursioné en la música, el canto, la danza y la pintura. Ellos me proporcionaron una base indiscutible para mi trabajo con la palabra. No obstante, lo que me llevó a la novela fue el teatro, impulsor dialógico y gestual, con ese dialogismo de palabra y lenguaje corporal resultante de la interacción de múltiples voces, con ciencias, puntos de vista y registros lingüísticos, donde se implican: la heterofonía o multiplicidad de voces, la heterología o alternancia de tipos discursivos entendidos como variantes lingüísticas individuales, y la heteroglosia o presencia de distintos niveles de lengua. Por eso, aún me circundo de la oralidad y escucho con atención a las empleadas domésticas, carpinteros, jardineros, verduleras, pregoneros, etc., y expongo por medio de sus voces la expresión de sus propias preocupaciones o sus puntos de vista, ya no sólo las mías. A continuación les doy otro ejemplo tomado de Túnica de lobos donde se muestra la voz y gestos del carpintero expresando su necesidad:
―Si me da otro adelantito, sólo de cincuenta pesitos; es que hoy tiene mi mamita un rosario por el ánima en pena de una comadre de ella.

No quiero darle cuerda a don Mario por confianzudo; pero eso de ánima en pena de una comadre de ella está interesante, voy a escucharlo.
―¿Un ánima en pena, don Mario? ―le interrogo dándole pie para comenzar su relato que, imagino lo tiene en la punta de la lengua.
―Sí, figúrese ―corrobora achicando los ojos para darle misterio. Mete las manos en sus bolsillos, se balancea apretando los brazos a sus costados y encogiendo la cabeza; de esta manera pareciera sin cuello―. Murió doña “Clopatrita”, la comadre de ella, debiéndole unos centavitos… (87)

De ahí pues, que el diálogo practicado desde niña, se manifestó primero en mi vocación de actriz; después, en el deseo de jugar con todas las voces, siendo directora teatral; y luego, en la necesidad de encontrarme no solo en la interpretación actoral, sino en la creación misma de la escritura teatral. Y lo que podría suponer introspección solitaria e individualista del quehacer literario, no lo fue, pues la escritura dialógica puso en relieve no solo mi propio ser, sino que fue el instrumento para expresar mi preocupación por el mundo en crisis; me dio los medios para denunciarlo con sus propias voces.
Por otra parte, he vivido, como todos nosotros, tiempos de cambios políticos y sociales fundamentales, dentro de nuestra patria y a nivel mundial. Ha sido imposible sustraerme a su influencia y no manifestar mi inconformidad y deseo de redención; al mismo tiempo que tenía un hogar maravilloso y festivo, observaba más allá de los linderos de mis puertas. Desde luego, surgió mi preocupación por la injusticia, enfocada desde mi fe en Dios. A continuación les doy otro ejemplo entresacado de El sueño del ángel:

Pasó por predios donde asomaban restos de casas bombardeadas por los aviones somocistas y casas incendiadas por los revolucionarios durante la guerra. Escombros, como tumbas abiertas, llenos de matorrales, zancudos y toda clase de bichos eran usados como excusados por indigentes y borrachos. Hediondos vestigios de muerte. El viento golpeaba los despojos en un grito inconforme de haber dado tanto y de recibir tan poco. Sintió la historia sacrificada de su pueblo y de su exilio forzado. Se puso serio, aunque vino para alegrarse y divertirse con su mujer. (28)

Escribo teatro al margen de mis novelas, pero el teatro se introduce como enredadera en mi prosa, formando parte de ella como un intertexto dramático, aunque sin manifestación alguna de la estructura dramática de mis obras teatrales. Pero si bien es cierto que el teatro se introduce en mis novelas, no sucede lo mismo cuando escribo un texto dramático porque es como si lo escribiera otra persona. Mis novelas, a pesar de sus diferencias estructurales y temáticas entre sí, tienen varios hilos conductores, personajes transversales y la presencia ineludible del intertexto dariano. En cambio el teatro, más que escritura, es necesariamente escénico, por lo que en mis piezas teatrales existen diferencias sustanciales: el referente geográfico de León desaparece, y los personajes no son transversales, por lo que no crean un mundo literario circular, sino independiente en cada obra.

¿Entonces?, se preguntarán, si voy hacia la novela por medio del teatro, y escribo ambos géneros de manera tan diferente, ¿cómo sucede tal proceso, puesto que también están la pintura, el canto, etc., que he practicado simultáneamente? Hay causas importantes que resumen el vuelco del teatro hacia la novela: en 1996 montaba Espinas y sueños, cuando a causa de las intrigas de ciertos actores, fui amenazada, en circunstancias muy agresivas, de ser violentada si la llevaba a la escena, dado que las personas en cuya experiencia basé algunas partes de la obra, creían ser las dueñas de los derechos literarios y, por ello, me conminaban a enterrar mi obra. Omito los detalles tan desagradables que viví en este incidente desafortunado que, sin embargo, adquirió importancia vital para el giro que tomó mi necesidad de expresarme.

Por consiguiente, tal infortunio, en lugar de amilanarme, me sirvió como acicate, y la novela fue su consecuencia lógica porque si bien es cierto, he tenido algunos acercamientos a la poesía, que es esencialmente monologal, y no niego la influencia de la poética bachelardiana en mi prosa, siempre me cautivó el diálogo, las voces de todos los estratos sociales, el clamor de quienes no tienen voz, por eso la novela me acoge en ese momento de crisis.

Se abrió para mí un mundo nuevo donde pude libremente enarbolar mi bandera de papel en contra de la injusticia, viniera de donde viniera; donde pude cantar, bailar, pintar y hacer teatro, llorar, morir, vivir, hacer humor, desarrollar aquellos diálogos de mi niñez y recrear aquellos panoramas antiguos, juntarlos con la imaginación y las realidades pasmosas que vivimos desde que tenemos memoria. Fue entonces cuando el infortunio sufrido se transformó en la actitud positiva para emprender una nueva aventura: la novela.

Aunque Patrick Süskind dice que lo que tiene que decir un escritor lo dice en sus libros, en esta ocasión me he despojado ante ustedes para contarles parte de esos detalles que entrañan mi creación. Indiscutiblemente la he completado con lecturas que, de todos es sabido, son indispensables, porque voy estudiando sobre la marcha, voy aprendiendo, confieso también, a medida que avanza mi mundo literario.

Gérard de Nerval dice que los recuerdos de infancia se reaniman cuando se alcanza la mitad de la vida. Mi incursión en la novela tocó mi puerta un poco antes de esa mitad, como un parto doloroso por el infortunio que acabo de exponerles. Pero además, he de confesarles que escribir novela fue la tabla de salvación que Dios me envió. He aquí otra causa por la cual debí dejar la vida activa acostumbrada: desde 1998 me apareció, casi terminando La casa de los Mondragón, mi primer novela, una enfermedad cruel que me enclaustró y sometió a una experiencia dolorosa que, más adelante, me llevó a escribir mi tercera novela Túnica de lobos, en la que deseé dar mi testimonio para ofrecer esperanza a quienes como yo, sufrían cualquier enfermedad dolorosa y crónica.
Pero mi intención también fue la de novelar ese testimonio, desprenderme de la realidad y recrear a través de la ficción, esa esperanza que nunca he perdido, gracias a Dios: seguir construyendo mi mundo, ahora diferente, buscando la forma para expresar necesidades reales y ficcionales. Voy a ilustrarles ese momento crucial de mi vida con un párrafo de ese texto:

Camino torpe, lento, agachada como una anciana, hasta la sala, donde no se escuche mi llanto. El ruido del viento ahoga el de mi cansancio. Pese al dolor, recorro el mismo trecho una y otra vez. Mis rodillas son como bisagras sarrosas. Estoy muy asustada, el horror se magnifica en cada descarga eléctrica dentro de mí. Mis brazos tienen contracciones, me estoy transformando en algo horrible antes de la próxima sacudida. ¡Otra vez! (...) Lloro y grito pero empuño la boca como presa amordazada. Me retuerzo y me duele. Estoy perdida en una celda invisible oscura, fría, pequeña. (169)

Pero casi al final de la novela la protagonista expresa:
Soy… no necesito ser otra, aparte de quien soy. Mis días se cubrieron de una dolorosa túnica de lobos. Clamé a Dios, apelé a mi razón y al amor para subsistir y aún estoy aquí, vestida con esa túnica pero engrandecida, con deseos de vivir con pasión todo cuanto venga. (331)

El desasosiego causado por los valores perdidos, son constantes entre mis páginas, sea de un género u otro. Creo que tiene que ver con mi reclusión, puesto que me imprime un sentimiento de impotencia ante la desesperanza que observo y me da pie a gritarlo entre mis páginas, como único medio para expresarlo. Y aunque quizás sea escribir en el aire, sigo buscando formas y esperanzas perdidas. Escribo para acabar con el desencanto.

Si bien comencé con La casa de los Mondragón, una novela del costumbrismo folklórico, allí mismo estreno la contemporaneidad de la dialogía invadiéndola con casi 200 personajes, la heteroglosia de las distintas clases sociales, incluso las ascendentes, y la ruptura generacional de los años cincuenta. En ella sentí la vida y la muerte, el amor, el dolor, la frustración… esa novela encierra la evocación de la niñez, la oralidad y tantas voces… es, como lo fue mi pintura primitivista, fresca e ingenua. Ya en mi segunda incursión, con El sueño del ángel, modelo la estructura adecuándola a la necesidad de exponer el caos actual. Por eso las historias van paralelas, y si bien señalan ese caos que menciono, siempre existe la esperanza. Cierto es que en la tercera novela, Túnica de lobos, hay una buena carga introspectiva en primera persona, pero también persiste el autocuestionamiento escritural porque planteo la novelización de la novela. Ya en Conspiración, mi cuarta novela, siempre buscando, experimentando, y continuando la senda de Unamuno, introduzco al lector como personaje y hago que el narrador sea seducido por un personaje para conspirar contra la autora.

En esta obra, se me hace claro más que en ninguna otra, el pensamiento de Bajtin, para quien escribir novelas no es otra cosa que expresar el modo, la forma en que sufrimos la historia que vivimos. La novela es, pues, la forma estética de la historia y una poética de nuestra socialidad. En esa obra también vivencio con más fervor que en ninguna otra, que el sentido de cada ocaso es la esperanza de una nueva aurora.

Este tiempo destinado por Dios para escribir ha sido de mucho sacrificio; cada obra me ha costado un enorme esfuerzo físico, espiritual y mental, por lo que doblemente les estoy agradecida a los miembros de la Academia Nicaragüense de la Lengua al incorporarme como miembro de número. Solo puedo asegurarles que continúo trabajando con mi cuerpo cansado por el Lupus y mi espíritu doliente entre la hojarasca del otoño. Voy con la palabra a cuestas como si fuera mi cruz, como si fuera el gozo de mi pasión, pero aguardando ese tercer día en el que cada una de esas viejas palabras, ahora casi inexpresivas, como humanidad, humanismo y fe, conozcan de nuevo su momento de resurrección, su verde primavera.

Muchas gracias.

29 noviembre 2007