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Christian Santos: “Huella de amor”: Prólogo del libro Huella de amor


Por: Oralia Preble-Niemi, Ph.D

Professor and Head .Foreign Languages and Literatures


El título de Huella de Amor, éste, el más reciente poemario de Christan Santos, valdría tanto si se lo pusiera en el plural, pues a lo largo de él se lee la trayectoria que han trazado las huellas que en el alma sumamente sensible de la hablante lírica han sido marcadas por el ciclo de una relación amorosa. El “yo” femenino de los poemas nos enfoca primero en el momento de incertidumbre de principios del enamoramiento, pasa por el júbilo del apogeo de ese amor y termina en la etapa de la más honda y dolorosa tristeza que ocasiona la pérdida del amor.

Aunque la trayectoria de la evolución de la reciprocidad amorosa no se traza en un orden cronológico, esa cronología se puede distinguir sin mayor dificultad. En los días iniciales, en que la “yo” de los poemas está en el proceso de enamorarse, la huella de amor que predomina es una nota de incertidumbre en la voz lírica referente a la estabilidad de la presencia de la persona de quien se enamora:

Mi alma
Busca de nuevo
Tu sabor de trigo . . .
El hecho de que se sienta insegura, sin embargo, no significa que esa mujer se ve como un objeto siempre en espera del sujeto que ha de decidir el futuro de la relación, que ha de determinar si seguirá hacia un fin dichoso, o si terminará en el momento. Por el contrario, ella se convierte en el sujeto activo de una búsqueda por la presencia amada, como queda dicho en el poema recién citado. Ella busca la ternura del amado. La pasividad en definitiva no caracteriza a la hablante lírica; la búsqueda activa de ella por el ser amado es un tópico que se repite a lo largo de esta etapa del enamoramiento.

Allí
donde el río
esconde
el silencio del agua
busco tu ternura
para despejar
esta neblina
que te oculta.
Otra huella de amor se distingue en la etapa que sigue a la que venimos describiendo. Al sentirse más segura de la relación amorosa, la voz lírica expresa un contento total con la vida, con el mundo. No habla de vínculos humanos; ni de aquél con el ser amado, ni de lazos con otros seres. Se trata más de una unión, una armonía total con la naturaleza:

No echo de menos
la compañía
ni de extraños ni de amigos.
Hoy todo mi ser se nutre
de la brisa de las flores
rojas lilas sobre la corriente del río.

La paz interior que esa armonía con la naturaleza arrastra es un motivo que caracteriza los poemas que se pudiera asignar a esta segunda etapa. El poema que más claramente identifica esta etapa en la relación se titula “Sombra que fascina” y, en parte, reza así:

Estoy sentada bajo la acacia
en el cerco de sus flores rosadas.
La paz de su sombra me adormece
igual que la sombra
de tus ojos . . .

Por ser éste un poemario de Christian Santos, no sorprende que la huella de amor que con mayor frecuencia se encuentra sea la de la sensualidad e incluso del erotismo. La gama se extiende desde el recuerdo erótico hasta la expresión del deseo que la imagen del amado despierta en ella ya en su ausencia ya cuando está presente. Así lo vemos cuando habla del deseo del “yo” femenino de estar con el amado en una tarde dominguera y el efecto que dicho deseo tiene en ella:

Hoy mi rabadilla
en milagrosa danza se quiebra.
En esta silenciosa
tarde de domingo
acercarme a vos
quedarme en tus sueños
es todo y lo único que quiero.

De otro poema con el engañoso título de “Aroma de nardos y azucenas,” se desprende el recuerdo del encuentro amoroso. Las cándidas imágenes presentes en el título están lejanas de las ardientes imágenes que la hablante lírica usa para evocar el recuerdo de la pasión:

Cuando tengo tus dedos
prendidos a mi cintura.
Lava hirviente se desliza
Desde mis laderas. . . .
La imagen del fuego se encuentra asimismo en “Caminar sobre las aguas,” poema en que el deseo urgente se alza como un fuego que la hablante lírica necesita apagar:
Necesito correr por la playa
caminar sobre las aguas
para ahuyentar de mi sangre
este fuego . . .

Asimismo, el poema titulado, “Desde todos mis soles,” habla del momento del orgasmo, de la agitación pasional y del desenlace en ternura que sólo se logra cuando se trata de un encuentro verdaderamente amoroso y no sólo de pasión y sexualidad:
. . . la pasión irrumpe
se agita
la sangre arde
fluye.
En creciente de ternura
se desborda
y no se agota.
Al leer el grupo de poemas abiertamente eróticos, se desentraña el sistema metafórico que ya empezaba a tomar forma en Agualuna, el poemario anterior. En ellos, las diversas imágenes relacionadas con el agua y los diferentes cuerpos acuáticos se emplean para evocar el ardor y el goce amorosos. Para comprender la metaforización que se emplea en este conjunto de poemas, no hay que ir más allá del titulado “Amo tu oleaje sobre mi cuerpo”:

Amo tu ir y venir
en amoroso oleaje
sobre mi cuerpo
Amo este dulce deseo tuyo
de bañarme de placer el alma…

El ritmo del oleaje evoca el movimiento de los cuerpos y la metáfora extendida, aunque metáfora, no cifra demasiado el significado de la imagen acuática. Las metáforas de esta índole en el poema titulado “Este mar que me cubre” hacen aún más explícito ese significado:

Este mar que se crece en mi pecho
se estremece en tormentas
me duele en tus ojos
me cubre incansable la piel.

El propio título de otro de los poemas, “De las aguas de la mirada,” pone de manifiesto el valor metafórico de la imagen que se trabajaba en el poema recién citado. La corriente fluye desde los ojos del amado hasta los de ella y la colma de ardor. A la vez, esa corriente fluye también en dirección contraria para responder al amor que en los ojos masculinos se refleja como en un espejo:

Por más que querrás
no podés ocultarte.
La vertiente misma
de tu mirada te delata.
Te pierde el brillo de mis ojos…

La comunicación que se establece entre esas dos miradas fluidas se extiende por medio de las metáforas acuáticas para culminar en el estremecimiento orgásmico en “Venciendo el naufragio”. En éste, una caracola actúa como recipiente ahuecado que recibe una sonrisa que nace en el fluyente de las aguas del interlocutor masculino. El sonido de dichas aguas es la metáfora por es el estertor orgásmico:
Asomate a mis ojos
seré tu caracola
recogiendo tu sonrisa
desde donde el sonido
del afluente
de tus aguas se estremece.

La interpretación de estas metáforas nos permite visualizar el acoplamiento de un recipiente (la caracola) que en su oquedad recibe las aguas que le llegan con el estremecimiento. Una vez que se ha esclarecido el valor metafórico del agua a través de la interpretación del poema, “Amo tu oleaje sobre mi cuerpo,” las metáforas que se encuentran en los otros poemas se hacen entender más fácilmente. “Agua de río,” de hecho, es un poema que, sin la clave que proporcionan los poemas anteriormente citados, pudiera resultar demasiado hermético para una interpretación completa. Con la llave que ellos proveen, éste se abre casi solo y rinde el contenido erótico de una imagen como la siguiente:

me adentro
en las aguas.

Un pie redondo de río
me es suficiente
para ser feliz.

Además de deshermetizar algunas imágenes quizás demasiado cerradas, el haber establecido el valor metafórico del agua, tiende a acrecentar el erotismo de ciertas otras imágenes. En “Sobre mis senos,” por ejemplo, la hablante lírica interpela a su interlocutor masculino y habla de la forma en que sus manos le repasan el cuerpo, como si éste o aquéllas estuviesen mojados; lo cual, dado el sistema de metáforas acuáticas, realza el valor erótico del poema:

Tus
Manos
Resbalan
suavemente.
Sobre mi cuerpo.

Es innegable que el valor que ya se ha establecido para la imagen de lo húmedo amplifica el valor erótico de esas manos.
El apogeo de la imagen acuática lo alcanza Christian cuando la une a la imagen de la mujer misma. El poema, “Plenitud de agua,” es el poema en que vemos la plenitud de la mujer al sentirse amada:

La oscura piel del río
Entra como encantamiento
en mis ojos
recorre mi cuerpo.
Se apodera de mis poros
Me hace adorar la plenitud del río
Y me rompe el límite de los sentidos.

El haber desentrañado el significado de la metáfora del agua del río dentro del sistema metafórico de Christian Santos nos permite darle a este poema, que a primera lectura pudiera leerse como nada más que la expresión del gusto que la “yo” que habla en este poema siente al bañarse en el río, una lectura erótica que termina con la culminación del acto amoroso.
Con lo dicho hasta aquí no se pretende insinuar que sea sólo de las imágenes acuáticas que Santos dispone para evocar el intenso erotismo en este libro. La experiencia erótica la evoca con semejante vividez con el símil de la madreselva que le estrecha el cuerpo:

. . . tu beso
entra en mi carne
se enreda como madreselva en mi piel
Me estremece
de la cabeza a los pies.
O bien, la imagen del fuego que sugiere una serie de encuentros voluptuosos:
Sos como el crepúsculo
que quema una hoguera!
luego incendia otra hoguera.
Y en otra imagen elemental, es la espuma que le imparte eroticidad a la escena:
. . . que se haga y deshaga
tu alma espuma
sobre mi piel.

La trayectoria del amor continúa y llega hasta el momento en que la dueña de la voz lírica siente la necesidad de un compromiso mayor de parte del amado. Empieza a ser insuficiente únicamente el compromiso sexual. “No hombre eso no basta,” le dice, y le pide la ternura y el compañerismo:

No hombre eso no basta
yo necesito amor tus manos
Necesito el juego libre de tus manos
el pálpito de tus labios
en todas mis esferas.
Y después que hemos disfrutado
de todos los manjares
eso no basta
no basta porque necesito tu abrazo tibio
necesito tus besos suavemente
para volverme la vida.

Dichas exigencias quizás sean la razón de la alienación del amor, pues a partir de ese poema aparece una serie de poemas que marcan la última huella del amor que se discierne en este libro. Esta es la de la tristeza y la angustia que experimenta la mujer que habla en los poemas al pasar por las etapas finales de la relación amorosa así que ésta se disuelve. Hay aprehensión ante los días en que el ser amado no la acompaña:

La inquietud de no verte
no poder hablar con vos
crece en mi garganta
se agiganta entre mis hojas.
Lamenta el creciente desapego del que en un tiempo fue su constante compañero amoroso:
Para olvidar
no hay tregua amor
sólo el sabor amargo
del desapego.

En un intento de auto protección, de rescate de su amor propio, la hablante lírica amenaza al amado con abandonarlo:

Cuando yo me vaya
cuando yo deje
el ardor de tu universo
no te quedará
ni lluvia
ni sol
ni mar ni espuma
ni brillo en tu mirada
ni palabras para decirlo.

En esta amenaza se destaca una serie de imágenes que en los poemas del periodo amoroso Santos emplea para evocar el amor, la sensualidad, el erotismo. Primera entre ellas es la de la lluvia, imagen por excelencia del amor voluptuoso en el repertorio santino. Siguen el sol/fuego, la espuma y el espejo de su mirada, todas imágenes que se han destacado en el comentario anterior.

En esta etapa, las metáforas acuáticas quedan sustituidas por otras. Unas se distinguen por la ausencia de humedad. En “Ceniza silenciosa” la imagen es no sólo de una sustancia seca sino de algo que en un tiempo ardió pero que ya se ha consumido:

. . . luna envuelta en ceniza brillante
será la luna de hoy
como ésta ceniza silenciosa
que nos envuelve a los dos?

Otras se valen del silencio como principal evocador de la angustia, la tristeza y el dolor de encontrarse sola, abandonada por el amado. A veces, el silencio es efectivamente la ausencia de la voz masculina. En el poema titulado “De la brutalidad del silencio” se desplaza la brutalidad de la experiencia hacia el silencio:

necesito acariciar tu amor
y sólo un silencio brutal
me aturde me domina.

En “Azules madrugadas” el silencio tiene dueño, es el hombre que tanta falta le hace a ella quien controla la ausencia:

Una vez más te ruego
no alargues tanto el silencio
porque ya suenan azules
mis madrugadas en desvelo.

Quizás la más nítida vinculación entre el silencio y la ausencia del ser amado se encuentra en el poema, “Como fruto consciente.” Allí el silencio es el vehículo para el mensaje que la ausencia del amado es para siempre:

Se equilibra mi tristeza
con el pesar de no verte
en este atardecer
dibujo esta verdad
que viene a mí
en medio de un grande
doloroso silencio.

La huella de amor en el alma de la sensible hablante lírica es innegable. La lectura de este poemario le permite a quien lo lee seguir la trayectoria de la relación entre esa “yo” poética que habla de sus sentimientos y sensaciones tan francamente. Durante esa lectura indudablemente surgen recuerdos de momentos similares en la vida de quien lee. La huella de amor del título no es sólo la que quedó marcada en esa alma sincera, es también la honda huella que la lectura de este poemario le deja a una, le deja en el alma a quien lo lee.

*Texto Publicado como prologo en el libro “Huella de Amor”.

31 mayo 2008