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Isolda Hurtado: Los dominios de Isolda -Una valoración al poemario Brisa y júbilo


Por: Edwin Yllescas Salinas

Poeta nicaragüense, narrador, ensayista, abogado


Los dominios de Isolda  -Una valoración al poemario Brisa y júbilo
Los dominios de Isolda: Una valoración al poemario Brisa y júbilo

En 1946, en Nueva Jersey, el médico pediatra, William Charles Williams, escribió: “el rigor de la belleza es la búsqueda. ¿Pero cómo encontrar la belleza cuando está encerrada en la mente, más allá de toda queja?”. Belleza, búsqueda y vivir son la clave para adentrarse en el dominio de “Brisa y júbilo”, último libro de poesía de Isolda Hurtado.

En “Silencio de alas” estableció los fundamentos de su dominio poético mediante el hallazgo de un mundo enteramente personal, tanto en el decir como en lo que dice. Fue su forma de acomodar su vivencia en sus palabras, darle vida a su palabra, o palabra a su vivencia. En “Florece el naranjo” comenzó la plena, sosegada búsqueda de la belleza. Búsqueda y vivir, curiosamente asentadas sobre sí mismas, desembocaron en la belleza, fin único de toda búsqueda y vivir verdaderamente auténticos.

El recorrido vital, la búsqueda impostergable halló su personal belleza escritural. Ahora, “Brisa y júbilo” ofrece la ampliación y el detalle del hallazgo inusual. Sin ninguna queja, rompe la mente para darle paso a la belleza propia a su mundo lírico. A propósito de ella, en su poesía, resulta insoslayable la palabra: admiración. Hay que recordar la línea: «admiración = asombro + amor ». Esa es su clave frente a las rugosidades del mundo. Y realmente, no conozco guarida y roca que no rueden, o se pulvericen ante ésta nueva versión del ábrete sésamo. En el fondo de sus claves poéticas yace el asombro ante la vida. Su vida en su poesía es el asombro de vivir. La inscripción de un viejo medallón: dar, recibir y devolver con la serenidad propia a los tres actos le conceden el don de lo esencialmente genuino.

Pocos poemarios se parecen a su autor tanto como Isolda Hurtado a “Brisa y Júbilo ”. Y hay pocos libros y menos autores de los cuales se pueda decir lo mismo. El uno y la otra se acomodan nítidas en su palabra. Se encuentran, se contienen y se expanden así mismas. Toda ella y lo vivido en ella conforman un reino. Un misterioso dominio. Allí se levantan sus siluetas de luz y sombra. Se encuentran el cometa y la mirada del jaguar; la rosa se abre a la brisa, y la dicha se bebe en pleno sosiego. La quietud ―el imperio en plenitud― oculta y devela su sombra y su luz. El reino se convierte en tiempo; y la pareja entra en posesión verbal de su espacio real e irreal. Incluso, el eros esbozado con los trazos del dibujo japonés ―alusión o reticencia― igual se levanta entre la brisa y el júbilo, en una especie de viento Paráclito.

En un mundo donde la poesía amatoria compite por la transgresión, la suya (acto consciente) se aproxima al refrescante eros de las letrillas castellanas. Hay en ella la insinuación graciosa, no el desenfado del decir llano. Su eros (sencillo, pero no simple) discurre sin sobresaltos ni explosiones. Y donde la poética amorosa tiende a formas más complicadas (entre más sencillas), Isolda halla la manera elemental de la relación mujer-hombre. Sus estructuras idiomáticas, igualmente elementales, son vestigio de aquella relación. En su lenguaje las cosas están dichas con naturalidad, precisión y concreción. Se trata de poesía directa, elemental, conversacional, franca y espontánea, escrita al margen de los recursos literarios. Para ella las cosas siempre están por encima de las ideas; su lenguaje se adapta a esa realidad: lo transforma y lo fragmenta. No hay en ella, poesía hecha con el ‘puro lenguaje’. No traza peras que parecen manzanas y son naranjas casi mandarinas llegando a toronja. No hay furiosa Pitia, hay una voz armónica, enigmática. Un coro de alegres siempre equivocas respuestas. No hay “escamas de nieve” ni “el cabello desgreñado y yerto, medio desnuda”. En sus dominios resuenan las altas ruedas del misterio inicial. Los frutos de su poesía son exactamente lo que son: poema de aura y gozo. Poemas redondos como cualquier fruto en sí mismo. Estructuras redondeadas por una mano segura en su hallazgo. No pretende mezclar el zumo de la naranja con el olorcillo del arenque. Un sujeto cuyo nombre y origen no recuerdo, afirma: «Aquí está el ojo y ahí está la cosa sobre la que el ojo se detiene. Lo que transcurre mientras dura esa relación entre una y otra, eso es el poema». Creo que el mejor ejemplo de ese apotegma es, sin lugar a dudas, la poesía de Isolda Hurtado. En ella, el ojo y la cosa son el mismo poema. De allí que su poesía es la cosa, no la idea sobre las cosas. El hueso acerado, no la grasa vaporosa.

En mi escaso oficio de lector he visto crecer su poesía. Pasé por “Silencio de alas” (1999), “Florece el naranjo” (2002), y ahora “Brisa y júbilo”. Si entonces no acerté a descifrar su poesía, nadie se asombre. Asombrado estoy yo por lo que leí. Y debo decir: cada libro suyo me asombra más que el anterior; más que todos juntos. Sin lugar a dudas, Isolda es una de las voces más significativas de la poesía contemporánea nicaragüense.

Toda presentación (casi pretensión) es un acto de perversión; pervierte lo que pretende presentar. Lo desfigura, lo minimiza; su objeto se le evade como seguramente, se me habrá evadido el poemario de Isolda. Todo poema frente al crítico (ya no digamos frente a un simple presentador) es un trance de evasión y audacia. Hasta aquí llega la mía. Mejor escuchar a Isolda Hurtado y su particular forma de leer sus poemas.

Palabras de presentación de Brisa y júbilo,en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la Universidad Centroamericana (UCA). Managua. Viernes, 7 marzo 2008. 7 marzo 2008


--Publicado en La Prensa Literaria, Diario La Prensa. Sábado, 29 marzo 2008. Managua, Nic.
http://www-usa.laprensa.com.ni/archivo/2008/marzo/29/suplementos/prensaliteraria/li/li-20080328-1.shtml