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Suad Marcos Frech: Y la historia se hizo carne


Por: Helena Ramos

Poeta, periodista cultural


Y la historia se hizo carne
La poesía de Suad Marcos es visceral; proviene de lo más hondo del cuerpo y del alma. Es, como ella dice en uno de sus versos, toda “vientre y corazón”. Al mismo tiempo es una poesía profundamente política, porque la política y la historia se metieron en la casa de Suad mucho antes de que ella naciera. ¿Y cómo podría ser de otra manera, si ella proviene de una familia de ascendencia palestina? Sus abuelos vinieron a Nicaragua a inicios del siglo XX, trayendo consigo una memoria incandescente y un sueño insomne. Para Suad, Palestina nunca fue un dato abstracto o una tenue reminiscencia; su patria histórica siempre significó para ella una presencia viva, palpitante.

Cuando adulta, ella vivió en aquella antigua tierra, tórrida de sol y sangre, grandes dolores y grandes amores, así que para ella Palestina no es algo remoto; es un presente encarnado, entrañable.

Pero las luchas del pueblo palestino no fueron las únicas que Marcos tuvo que librar, porque también fueron suyas las luchas de Nicaragua. Aunque la crítica no suele catalogarla como una autora de la promoción de los 60, ella comenzó a publicar precisamente en esta década, y su temprana poesía se escribe en el marco de la corriente que se denomina “izquierda erótica”, donde el amor, la pasión y la política están unidos estrechamente. En Marcos está unidad se manifiesta de una manera menos directa, menos explícita.

Uno de los tempranos poemas de Suad, “El Dios que yo no conocía…”, es un flamante, flamígero ejemplo precisamente de esa fusión y este arcano. Desde la primera lectura resulta obvio que se trata de una historia de amor y de pasión, pero cuando lo leí, tuve la impresión de que había algo más… Sentí un hálito de misterio. Efectivamente, cuando la autora me reveló las circunstancias en que fue escrito el poema, supe que aquel dios desconocido que había dormido en su cama era Julio Buitrago: un guerrillero urbano, símbolo perfecto de aquella generación cuya máxima expresó de manera lapidaria Beltrán Morales: “Haz el amor/y la guerrilla”. Entonces, aquel amor y aquella conciencia de la divinidad del amado y de la trascendencia histórica del encuentro no fueron estrictamente individuales. Estamos hablando de algo compartido por toda una generación que se comprometió en grandes luchas y grandes amores.

Ese trasfondo histórico, tan ligado a los acontecimientos políticos mundiales, está presente en la mayor parte de la obra de Suad, las más veces de una manera no directa, pero sí fácilmente legible si una sigue las pistas que deja la poeta.

Es importante tomar en cuenta que para que no se mueran las palabras (Managua: Ministerio de Salud, 2007) es el primer poemario de Suad, aunque no es su primer libro, porque ya había publicado antes el neotestimonio Desnuda ante mi sombra (Managua: Editorial Decenio, 2002). Esta primera recopilación contiene textos de varias décadas: desde escritos en los 60 hasta los fechados en 2005 y, por consiguiente, comprende épocas diferentes y no podría ser un libro uniforme en cuanto a la poética. Entonces, Suad Marcos optó por organizar los poemas en unidades temáticas, en ciclos que abarcan escritos de diferentes fechas, así que podemos observar el tránsito desde la escueta y límpida timidez de sus primeros textos, varios de ellos bastante cercanos a la poética exterioriza, hacia la exhuberancia ponderativa de la época intermedia y luego, a la sobriedad intensa, precisa, densísima de sus poemas más recientes.

A veces aborda en diferentes ciclos el mismo tema desde diversos ángulos. Por ejemplo, Presencia agrupa poemas de enfoque, por así decirlo, histórico; en Acumulada el mismo tema aparece enfocado como una vivencia erótica y en Rotunda adquiere una dimensión existencial. Tampoco es un existencialismo individualista, encerrado sólo en su propia experiencia; ella logra trascender hacia las experiencias generacionales.

Por eso en sus poemas se habla no solamente de lo que le pasó a ella, y aquel viaje soñado al cual alude es efectivamente “un viaje que soñamos”, pues no se trata de algo que soñaron únicamente Suad y la persona a quien está dedicado el poema; fue un viaje con que soñó toda una generación. Aquella que en sus años aurorales se comprometió con una gran causa, que luchó por ella y que casi, casi tocó el cielo, pero no ha podido alcanzarlo y vivió una desilusión que también trasciende los destinos individuales. Los poemas de Suad reflejan aquellas experiencias de triunfos y dolores, esa inmensa prueba de la cual ella, a diferencia de muchos de sus coetáneos, no salió con alas rotas.

En medio de incesantes ausencias Marcos encuentra el sentido de la existencia en el poder de la palabra, a pesar de que ahora está de moda desconfiar de la potestad de la literatura y hasta dudar del sentido de la poesía. Suad tiene la decisión y la fuerza para creer, para seguir creyendo; ella sí cree en que las palabras tienen el poder de mantener viva la utopía y reconfigurarla. Sus palabras nunca perdieron la memoria y poseen el poderío de evocar lo sido y el porvenir, aunque mucha gente prefiera decir, creer o pretender que nunca existió ni jamás será.

Suad Marcos cree en el amor y en la palabra y no teme elevarla, esgrimirla como un arma, izarla como una bandera.

Presentación del libro "para que no se mueran las palabras". Hotel Crown Plaza. Salón El Lago. Managua, Nicaragua. 4 julio 2007