critica_literaria


Gloria Elena Espinoza de Tercero: Cuerpo, Enfermedad e Identidad en Túnica de Lobos


Por: Nidia Burgos

Catedrática Universidad Nacional del Sur. Bahía Blanca, Argentina


Mi libro, [...] Algún día alguien lo leerá y encontrará misterios
dentro de mis silencios, los cuales a veces ni yo comprendo.
Gloria Elena Espinoza


Caer enfermo –físicamente- es lanzarse
a cuerpo descubierto fuera del lenguaje
Paul Laurent Assoun


La escritora Gloria Elena Espinoza de Tercero, vive en León, Nicaragua. Ha incursionado en el teatro, la música y la plástica con buena acogida de la crítica especializada en los tres rubros. Así llegó a finalista en el Primer festival de la Canción de Nicaragua en 1977, En 1998 publicó La casa de los Mondragón, y ya su segunda novela El sueño del Ángel recibió el Premio Nacional de Literatura FUNISIGLO 2001, Ha sido declarada Hija dilecta de la ciudad de León y Túnica de Lobos (2005) es su tercera novela.

En Túnica de Lobos1 asistimos al proceso de descubrimiento y diagnóstico de la enfermedad de lupus en la propia escritora nicaragüense Gloria Elena Espinoza, quien la proyecta en la protagonista de su narración.
El cuerpo no es un dato evidente, sino el efecto de una elaboración social y cultural variable en el tiempo y en las diversas sociedades. Las diferentes ciencias humanas proponen miradas irreductibles entre sí. En un trabajo anterior hemos revisado los incesantes cambios de sentido y de valores que marcaron a la modernidad2. Ahora ensayaremos una perspectiva psicoanalítica sobre el proceso de desarrollo de la enfermedad, de la escritura que la describe y que al mismo tiempo la deconstruye,

El hombre es indiscernible del cuerpo, por eso, este es un tema que pertenece in nuce a la identidad humana. El monstruoso lobo del lupus enfrenta a la protagonista con el enigma de su identidad y la vuelve susceptible para entender a otros personajes: el enfermo, el discapacitado, el anciano, el moribundo, que recuerdan la fragilidad de la condición humana que es insoportable para una modernidad que no quiere aceptarla.
Otro aspecto de la dicotomía modernidad/identidad que aparece en el relato, es la forma manifiesta y crítica en que se expresa la polaridad entre el modelo modernizador de las grandes metrópolis, y por otro el afán identitario en los discursos de Don Fito que buscan la reivindicación de lo propio, revalorizando el modelo de vida de la cultura nacional. Oigamos a don Fito:

Se baila con luces que fragmentan el cuerpo y los amigos se ven como infinitesimales pedazos en el aire enrarecido por el humo de cigarrillos y vaho de licor (76) Los viejos quedamos con la mente en blanco y negro en un mundo incomprensible. Es como sándwich: la tecnología y el progreso, entre los ancianos sin pensión y los analfabetas sin pan; forman un continente saqueado, rugiendo de hambre. Vamos entrando en la globalización, y eso es como si un corredor olímpico nos llevara de la mano en una competencia. ¿Cómo acabaríamos al llegar a la meta? ¿Acaso llegaríamos? Dejaríamos en el camino pedazos de nuestro cuerpo. (77).

En este relato se ve también nítidamente el enfrentamiento centralidad / periferia representados por Estados Unidos/Latinoamérica, que no dejan de producir un conflicto de identidad en la protagonista que, nacida en Estados Unidos, opta por vivir en Nicaragua y reflexiona:

... escogí el sol en lugar de la nieve [...], hablar el idioma Español y no el Inglés; ser parte del inmenso tercer mundo y no del altivo primer mundo de rascacielos, bolsa de valores, viajes espaciales y guerras exportadas. Es como incomprensible, como estúpido, viéndolo desde el punto de vista de cualquier hispanoamericano, cuyo anhelo es venir a Estados Unidos para vivir el famoso sueño americano por el que muchos mueren intentando conseguir. [...] Siento algo extranjero en mí y yo soy la extranjera. ¿Extranjera?, ¿de dónde?... (32) ¿Tuve miedo de enfrentar mi mundo, donde mi identidad es otra? ¿Por qué pongo en duda quién soy? ¿Acaso estar en León va en detrimento de mi propio ser? Los genes de papá tiñeron mi piel con tinte claro, [...] los de mamá han hecho vibrar mi sangre con el son de la marimba, tambores y chicheros; sabor de pinolillo y nacatamal. Ella dejó todo eso, pues optó por vivir en Estados Unidos. ¡Qué ironía! (33) ¿He querido huir de ella? O ¿habré tenido sumisión y por eso me vine a Nicaragua?

Otro aspecto de las tensiones de identidad se evidencia cuando la enfermedad convierte al cuerpo en campo de batalla de tensiones anímicas y afectivas. Por ellas, la protagonista descubre la vulnerabilidad ontológica, el desgarro espiritual frente a situaciones límites y también las condiciones histórico-materiales de su existencia en Nicaragua.
Como la novela es autobiográfica en cuanto la autora ha descrito en una protagonista ficticia el proceso de la enfermedad de lupus eritematoso que ella misma sufre, nos permite, sin caer en una psicologización de los acontecimientos somáticos, comprobar la incidencia física de lo inconsciente que se expresa en las manifestaciones somáticas, pues consideramos que algo de la demanda y el deseo del paciente de una enfermedad se deja ver en y por el cuerpo. Pues como bien asevera Paul-Laurent Assoun “el síntoma, en cuanto “toca” el cuerpo, es presencia física del conflicto”, pues “sabiamente disfrazada bajo las máscaras del cuerpo enfermo hay que reconocer cierta enfermedad del deseo” (Assoun, 1998:10-11).
María Esperanza, la protagonista se presenta de este modo:

nací y fui educada en el poderoso Estados Unidos y dejé a mis padres para vivir con mi marido, siempre ausente; debería estar acostumbrada, tengo 19 años de casada [...] Debería reclamarle a mi marido o irme [...] en todas partes está Enrique, no como Dios, sino como cada pelo mío, cada poro, cada sudor, cada espera, cada encuentro, en todo está él, es toda yo, yo soy toda él, mis silencios, sus ausencias están llena de él, de una presencia de respiración... Enrique es mi respiración (95)


Queda al descubierto el poder desesperado del vínculo. El dolor del ¡me faltas! se hace sufrimiento. La carencia se convierte en la llaga narcísica. Freud homologa el dolor físico y el sufrimiento psíquico. Hay que ubicar el dolor del lado de las “punzadas” del objeto amado/perdido en la carne viva del sujeto (Assoun, 1998:187)
La protagonista completa su retrato interior: “Quise ser como mi madre, extrovertida. Como mi abuela Adela, aún más franca y bullanguera. Pero he tenido la interioridad, ese dejar adentro las cosas... como mi abuela inglesa” (33). También plantea su situación existencial:

Vinimos de Nicaragua [a Randolph, sur de Boston] para reunirnos con motivo de una triple despedida: la de mi hermano, quien va con su familia para Australia a trabajar en lo que le gusta; pero no lo podré ver en mucho tiempo. [...] La de mis padres que ya vendieron la casa pues decidieron trasladarse a Hernando, Florida, a vivir la etapa final de sus vidas. [...] Y la de Alberto, mi primogénito, quien va a estudiar a la Universidad (21) ¿cuál de las despedidas es más cruel? [...] Siento secarme como un arbolito florecido, al cual van cortando sus únicas flores (22)

Estos acontecimientos desestabilizan a la protagonista lo bastante violentamente para que se descompense. Los síntomas somáticos incorporan, como forma de expresión, los fantasmas al acecho, ofreciéndoles un campo donde puedan retozar: “¡Qué extraño!, me duelen los codos y tengo picazón en la espalda” (36) “Me siento como si me envolviera una túnica y como si fuera pintando su sombra” (37). El acontecimiento mortificador (la triple despedida) produce el despertar del síntoma que “dormitaba”. Se recuerda la imagen de los perros que duermen: [el destacado es nuestro] (Assoun, 1998:51) Los primeros aullidos del lobo que la protagonista percibe constituyen los “fantasmas al acecho”3 todavía inactivos, que van a concretarse en ese “representante” (el lobo) que va a apoderarse ávidamente del cuerpo enfermo y convertirse en su medio de expresión. El lobo es el portavoz de un lenguaje ¿del cuerpo? o ¿del alma? de María Esperanza. Ella no hace caso del fantasma (los aullidos) hasta que la mala salud captura su cuerpo poniendo en acto el fantasma que “dormía”. Es un acomodamiento para reaccionar ante la necesidad originaria; el cuerpo se convierte en el lugar y a la vez en la herramienta de ese silencio clamante que ella había mantenido por diecinueve años. Su deseo de ser oída hace algo a su cuerpo, con su cuerpo, su sumisión es el operador. Sufre. Ha puesto en acto su pasión. ¿Necesidad de castigo? Oigámosla: “¿Qué tengo Dios mío? ¿Pago alguna culpa? Otra vez la culpa,(181) [..] “Hay una caja de alambres retorcidos adentro de nosotros ¿por qué generalizás, María? -se pregunta-, cada alambre tiene un nombre: celos, envidia, frustración, resentimiento, casi imposibles de desarraigar. ¿Cuál de esos es parte tuya, María?” (210-211)
Lo que se revela en el síntoma somático es el momento físico del proceso inconsciente: “No sé, tengo algo extraño. Mi cuerpo está extraño... Mi mano está torpe pero escribo...” (69). “El momento del síntoma es aquel en que algo “toma mal cariz” en el cuerpo, haciendo patente cierto “fallo” simbólico” (Assoun, 1998:8)

La enfermedad orgánica es la que se advierte a primera vista o en sus comienzos por la auscultación pero diversas circunstancias nos permiten vislumbrar que el cuerpo de un sujeto también vive una vida que parece desafiar a la vida orgánica, o darle su verdadera significación. A este aspecto es que la medicina denomina factor psicológico.
La introducción de lo inconsciente hace de nexo entre psíquico y somático, pues el cuerpo revela la forma más imperiosa de lo real... inconsciente (cfr. Assoun, 1998:19)

En la novela es muy claro el momento en que se evidencia en lo corporal el síntoma inconsciente. Después de diecinueve años de casada con un esposo permanentemente ausente por razones laborales, hecho que lo convierte en una visita en su casa. Visita ansiada y esperada con arreglos especiales de la vivienda, el jardín y la protagonista misma que debe estar “espléndida” para que esos pocos momentos sean perfectos. La soledad y la falta de una convivencia real en la que se comparten todo tipo de sentimientos que la vida diaria saca a relucir, hace que la triple despedida que se formaliza en Randolph desnude la acallada necesidad de compañía y amparo real de María Esperanza, a la que ya no le alcanzan las “visitas” esporádicas de su compañero para colmar su mundo afectivo:

Pasan rápido los días y a veces sólo horas junto a él. He sido muy conforme, he aceptado las cosas así (el destacado es nuestro)... para él no hay otra mujer... Cada aparición suya hace brincar mi estómago, en el mismo lugar donde también siento cuando sufro... siempre tiene la valija lista. Debo apagar la tristeza, clic” (101). [...] Escucho el aullido con recelo y recuerdo el sueño de Helena. Tengo un mundo de inquietudes y presentimientos (105)

Cuanto más trata ella de ignorar o encubrir los síntomas, para no “arruinar” los breves regresos de su esposo, más virulentos e imperiosos se revelarán aquellos. Porque la enfermedad del cuerpo viene a exigir la cura del alma herida de abandono: “Pienso y siento distinto. Y lo que pienso lo digo. Y lo que siento, lo guardo y me daña en lo más profundo ¿Cuál es lo más profundo? El alma... Duele dentro de mi alma, eso es...” (48) “Elevo con recogimiento profundas oraciones y también siento rabia e impotencia, me duele la separación, la soledad. El dolor aparece como por encanto en mis manos... Tengo miedo (103-104) Me duelen los brazos y no puedo empuñar las manos completamente (111).
La transformación progresiva del cuerpo es un enorme llamado de atención, pues Freud y luego la psicología profunda nos han enseñado que el acto inconsciente ejerce sobre los procesos somáticos una acción plástica intensa pues al poco tiempo ya puede decir: “yo soy un dolor vivo, una estatua llorosa, rígida y deforme”(226)

Yo aprendí que el amor es darse En este caso darme es ocultarme, cual un adefesio en la cueva de la noche, en la túnica del disimulo, en mi grito mudo; pero ya no lo puedo ocultar, ya no puedo... (228) No puedo verme ni a mí misma. Es mejor que nadie me vea. Por eso me hago espejo convexo... Quisiera esfumarme, llegar hasta donde Dios me pueda acunar sin estar muerta [...] ¿Quién soy? ... 229. Lobo es un acompañante permanente, sostiene sus aullidos como quien le canta al dolor (229)

Hay una solicitación especial de la sensibilidad justamente en su pérdida. Su deseo produce fuertes síntomas -parálisis, contracturas, anestesias- con la mayor intensidad posible. Al fin las lesiones orgánicas son un pálido reflejo de las absolutas y profundas heridas internas.
El síntoma dado por la realidad -la inflamación y el ardor- despierta el trabajo de todos los fantasmas inconscientes que acechan la oportunidad de adueñarse de un medio de expresión:

Ya no pudo entrelazar las manos, es como si me hubiera inflamado de pronto. Mis músculos parecen almidonados y no puedo cerrar las manos, el dolor es enorme y no tengo idea qué rumbo tomará esta transformación. Parezco cucaracha en sus últimos estertores, cuando sus patas ya no buscan insistentes la vida y se vuelven lentas, temblorosas. Estoy atrapada en la telaraña de una enfermedad misteriosa (184) El aullido me envuelve con su túnica de tortura. [...] Tuve premoniciones... se fue tejiendo mi destino y entrelazó la túnica que no sé si podré deshilar algún día. (185) Estoy tiesa en mi cama con la túnica puesta... [...] Un lobo terrible, amenazador, pasa por una de las calles de mi alma...[...] El lobo nos persigue... [...] El lobo jadea y desparrama angustia... (186-187-188)

La enfermedad ha dado cuerpo a los lobos. Sin embargo, nada cambió en un punto: ella sufre. El sufrimiento sólo pasó de adentro afuera y en ciertas circunstancias la arrasa totalmente. Ella cae enferma como se cae en una desgracia, pierde la salud, pero “su“ enfermedad forma cuerpo con ella. Para Freud hay un trueque misterioso en ese intercambio mórbido en el que un sujeto puede hacer de su enfermedad una morada, donde logra identificarse con su síntoma. Liberado, ante su tribunal, de la deuda neurótica no se libra de la desdicha, de la que se hace cargo el mal del cuerpo. Freud lega a la clínica del cuerpo un pensamiento clave, a saber4: el fenómeno mórbido somático se instala cuando un fantasma halla complacencia en el cuerpo, cuando encuentra un cuerpo complaciente, bastante “complaciente” como para halagarlo y ofrecer con qué “alimentarse”: libra de carne pagada al fantasma. “El paciente somático paga con su persona para librarse de una deuda que no pudo simbolizarse de otra manera” (Assoun, 1998:79) Ese sentimiento de culpa es silencioso en el enfermo, no le dice que es culpable, y él no se siente culpable sino enfermo. Llegamos ahí a la weltanschauung (concepción del mundo) que sostiene el perjuicio corporal y a su sujeto: “antes morir que hacerse valer”. Pues cuando lleva casi un año de percibir día a día nuevos tormentos y manifestaciones anómalas sin concurrir a un médico o avisar a su familia y ya no puede entrar al auto, sus dedos se engarrotan y el trayecto se hace un suplicio interminable (cfr.147), el lector se pregunta ¿por qué no pide ayuda? Es más, disimula los dolores y le pide a su criada que no la delate, a tal punto que ella misma se pregunta: “¿disimular qué?” (155) y dice al mediar el libro: “Me levanto con gran dificultad y me doy cuenta de mi obstinación por sufrir sola” (231). La clave psicológica de la enfermedad la plantea ella misma: “No los quiero a mi lado para hacerlos sufrir; sin embargo me siento terriblemente abandonada y sola” (232) “Me he convertido en una maestra de la ocultación” (234). Hay un efecto punitivo en la enfermedad, ella al menos lo considera así.

La versión subjetiva que la protagonista da de su enfermedad y de la inscripción de ésta en su historicidad nos permite entender que lo considera un decreto del Destino o del Azar. La enfermedad traumatiza un cuerpo hasta entonces sano. Se inicia con un sentimiento de extrañeza. El comienzo del ataque somático está acompañado por un estado asimilable a la autohipnosis. (Assoun, 1998:119) ”Me pongo a divagar y divagar como para ausentarme...” (48) El inicio de la enfermedad se expresaría tanto en una alteración cenestésica como en sentimiento de ausencia que prepara la entrada en acción de la defensa narcisística, aún antes de que la enfermedad se haya vuelto notoria y accesible a la conciencia. Un ejemplo de esta lógica narcisística de autoconocimiento del cuerpo es, dice Assoun, la capacidad de anticipación diagnóstica del sueño. El narcisismo da la clave metapsicológica de esa capacidad de adivinación, en la que se descubren más precoz y claramente los inicios de algunos padecimientos corporales: “El aullido ya forma parte de mis oídos; lo estoy escuchando y es imposible, está al otro lado de la ciudad, debe ser otro” (118) “El aullido suena lejano. No es posible oírlo, estoy lejos de mi casa.... El viento lo trae y me envuelve como una túnica”... (121) “No me deja el aullido... y siento la túnica de su eco lastimero.. en...vol.. vién... do.. m... Me duelen las manos, las rodillas...” (121). El narcisismo actúa como una lupa5 pues toda investidura psíquica del mundo exterior se ha retirado hacia el yo propio. El hecho es que el cuerpo sabe antes que el sujeto advierta lo que le pasa a su cuerpo:

La eclosión de la enfermedad supone una depresión yoica que la protagonista comienza a preparar cuando debe viajar a Randolph a la triple despedida. El dolor es un verdadero modus cognoscendi del sentimiento del cuerpo. El cuerpo y ante todo su superficie es un sitio a partir del cual pueden partir percepciones externas e internas. De ahí que la piel (envoltura, barrera y límite del cuerpo con el mundo) es la primera en inscribir síntomas: ”El sol me irrita y exacerba la picazón en los brazos” (39)

La enfermedad provoca una autopercepción del yo enfermo que extrae de su enfermedad un nuevo sentimiento de “sí mismo”. Se produce una suerte de contraste entre la culpa vergonzosa de estar enferma y por otro la idealización del daño. La vergüenza de estar enferma, que se patentizará en los espejos, irá a la par de una exaltación del yo que delata el orgullo de serlo. “Lloro con la esperanza que mis lágrimas expulsen el mal que me humilla”. (230) “¡Qué dolor! ¡Qué picazón! Lo escondo desde el año pasado. Los dolores no son dolores, sino descargas eléctricas desde los hombros hasta la punta de los dedos” (169).
Hablamos de orgullo de estar enferma por el estoicismo con que soporta los síntomas sin siquiera consultar a un médico durante casi un año. Como si la enfermedad se forjara un yo para hacer de él su morada6. Mediante el dolor el sujeto tiene acceso a un “sentimiento de sí”: funciona una especie de cogito corporal doloroso que implica un modo de conocimiento de sí. El dolor cobra así un valor propiamente trágico de acceso a cierto “saber”.

Antes de enfermarse, ella sufría un dolor moral inherente al mismo existir, tan difuso como irrecusable: La desafección del esposo que falta cuando se lo necesita. Sin duda es la separación la que agudiza “la necesidad del Otro” y la pone al desnudo, directamente en el cuerpo. Lo necesito ahora -dice el sujeto del dolor en su emergencia-, precisamente en el instante en él debe partir. ¿Quién satisfará su necesidad? Esto abre paso a la experiencia del desamparo, que aún antes de ser un sentimiento designa un estado objetivo, el de quien está sin ayuda. Así pues el dolor nace de esa conexión de la falta adentro y el eclipse del Otro afuera, eclipse que se inscribe como augurio desastroso en el sujeto, atestiguado por la efusión lacrimal y aún más que ella, esa desesperación muda que se dibuja en los rasgos del rostro descompuesto. Aparece la conmoción innombrable del dolor. (Assoun, 1998:177)

La angustia animal: el lobo
La animalidad es el conjunto de características que el humano comparte con el animal. La cual es constitutiva de su esencia. María Esperanza comienza súbitamente a temer a determinada especie de animales y a protegerse de oír o ver a todos los individuos de ella. Los conoce: “Tienen variedad de temperamentos y peculiaridades psicológicas como los humanos. Su estructura familiar es más parecida a la de nosotros que a la de muchos monos con quienes nos emparentaron una vez” (83).

Es extraño, amo a los animales, me gustan, especialmente los perros. ¿Qué tiene éste en particular para provocarme tanto desasosiego? Seguramente es por el sueño de Helena y mis dolores. Es como si desde el principio su aullido me hubiera envuelto en una túnica de dolor. Ha sido coincidencia por supuesto. ¿Coincidencia? , ni yo misma me creo el cuento (163).

En el punto límite entre lo real y el lenguaje, el animal se apodera del ser de frontera que es el cuerpo. El cuerpo melancólico organiza su propia lengua de órgano alrededor del tema de la putrefacción y la podredumbre (Assoun, 1998:243) y el libro se inicia con el recuerdo de un cadáver carbonizado y fétido. ”Llevábamos la asquerosa pestilencia con humo hediondo en la nariz, en la piel. Todavía lo siento... No sé por qué debo recordarlo” (189) y agrega: “...lo que me ha hecho recordarla, la circunstancia única, definitiva en nuestras vidas...por la que estamos aquí, en Randolph, ahora” (20) o sea la triple despedida trajo aquel recuerdo horroroso: “...con el humo fétido, la luna y un aullido de lobo triste, perdiéndose en el cielo y en mi alma” (19).
Ella misma dice “La mente es extraña: guarda, excluye, reitera, evade, recuerda, olvida, ordena, desorganiza...” (21). Desvía lo verbal al cuerpo y su enfermedad es una piedra arrojada al rostro del Otro. Bien dice la psicología profunda que el sujeto que empieza a sentir dolor y a buscar ayuda, puede terminar por hacer de ese dolor el único medio de testimoniar que la busca. (Assoun, 1998:250). Ella se enfrenta a un imposible de decir, y la extenuación de los recursos simbólicos (a los que ella trata de ignorar) la acorralan en una estrategia corporal cuyos componentes narcísicos hemos descrito. Esa forma desgarrada y angustiada de comunicación, propietaria y presa de un síntoma que parece clamar !Qué me entienda quien pueda!

Su enfermedad es una escritura a descifrar. El síntoma somático es el silencio del lenguaje, silencio invadido por el eco de un clamor.
“Caer enfermo –físicamente- es lanzarse a cuerpo descubierto fuera del lenguaje” (Assoun,1998:253). El sujeto se consagra a ese último recurso, último lenguaje; por ello la lengua del órgano se descifra clínicamente según las leyes de una escritura, por ello aparece una lengua de las imágenes del sueño: El sueño de su hija Helena “me vio en un desierto; llegaba un perro o lobo hasta mí; ella miraba desde arriba, fue alejándose y no lograba distinguir entre el lobo y yo, veía una sola cosa”.
Frente a la exigencia de expresar el sufrimiento, frecuentemente la metáfora sustituye a lo somático en la descripción de la enfermedad. (Rossi, 1994:36) Explica don Fito:

El lobo hoy convertido en perro lobo, cuidador de bienes, terrenos y casas, es a la vez protector y fiera... tiene su fuerza contenida, si la suelta es peligroso ( 108) El lobo es devorador. En el cuento vemos al lobo feroz comiéndose a Caperucita Roja. El lobo en Europa tiene una connotación de señor de los infiernos; devorador como el perro de los infiernos egipcios ¿Fusionados el lobo y usted? Extraño, sumamente extraño. Se hace uno con usted; o sea mujer-loba, se sale del marco de referencia y de lo que es usted (109-110).

La comunicación tónico-emocional es en la novela de tipo analógico. Ella sucesivamente será túnica, lobo, cucaracha.
La autora subraya el tamiz social, cultural y psicológico de la percepción del cuerpo enfermo. La criada Nani por ejemplo, descarnadamente dirá: “Jesús del Rescate me la cure porque a su marido no puede dejarlo solo, se lo coje otra mujer y le pone madrastra a la Helenita” (190).
Ella se convierte en sujeto de un dolor del que el Otro es causa. La falta del otro amado hace vacilar las evidencias existenciales del sujeto (Assoun, 1998:180). La investidura nostálgica incesantemente creciente del Otro siempre ausente, agudizada por la inminencia de nuevas partidas de seres amados, crean las condiciones para la aparición del dolor. Así, ella, sujeto de esas separaciones sentimentales, se hace una túnica con el aullido de los lobos. Lo mismo que la desgarra la protege. Como el animal intenta lamer su herida. El dolor más que una vivencia, es una situación por la que pasa el sujeto (paciente) que la sufre como actor.

Freud (1986:42) dice que la identificación con un muerto es la condición del mecanismo de melancolía”. Y María Esperaza reflexiona: “Estoy como un cadáver vivo, no puedo rascarme si me pica, no puedo arreglarme el cabello, sólo parpadeo, respiro, escucho y pienso” (238).
En el relato, una vez denunciada la enfermedad, comienza un calvario de pruebas y análisis sin que los médicos puedan determinar la causa de la dolencia. La falta de un diagnóstico cierto sume a todos en la desesperación.
Si lo que puede precipitar al sujeto en la desdicha de una enfermedad es un desfallecimiento de lo simbólico y una devastación significante, una vez que tiene esa enfermedad y que ésta se puede nombrar por virtud de la lengua de la medicina, se comprende en qué sentido puede hacer para él las veces de significante. Las designaciones de la medicina se convierten para el enfermo en el medio de hacerse un nombre con su síntoma e ilustrar aquél por éste. Al hacerlo participará de esa tautología retórica que identifica el nombre con la cosa. Una manera al fin de designarse y escribirse, pues accede a un autoconocimiento, a cierta verdad:

Soy... no necesito ser otra, aparte de quien soy. Aún estoy aquí, con deseos de vivir con pasión todo cuanto venga” (331) La túnica de lobos es recidiva, pero ahora me dejo mimar por mi familia. Ellos me cuida, me aman.... [...] Cabalgo... el lobo me persigue pero sigo cabalgando... La eternidad es hoy, ahora. (332-333).


Notas

1. Túnica de Lobos, Managua: PAVSA, 2005. En adelante todas las citas pertenecen a esta edición y se consignará simplemente el número de página entre paréntesis.
2. Burgos, Nidia. “ Relevancia del cuerpo en el teatro y en las artes plásticas en las últimas décadas del siglo XX”. En Texto y Contexto Teatral, Osvaldo Pellettieri director, Buenos Aires: Galerna, 2006, pp.15-22
3. Freud, Sigmund. “Introducción al psicoanálisis”. En Obras Completas, Madrid: Biblioteca Nueva, 1968, Tomo II, XXIV, p.406.
4 _____________ “El problema económico del masoquismo”. En Obras Completas, Madrid: Biblioteca Nueva, 1968, Tomo I, p. 278.
5______________”Complemento metapsicológico a la teoría de los sueños”. En Obras Completas, Madrid: Biblioteca Nueva, 1968, Tomo I, pp.413-414.
6. Assoun, Paul Laurent. “La vergüenza de la mirada”. En La mirada y la voz. Lecciones psicoanalíticas, Buenos Aires: Editorial Nueva Visión, Colección Freud-Lacan, 1997.


BIBLIOGRAFÍA

Aisenson Kogan, Aída. Cuerpo y persona. Filosofía y psicología del cuerpo vivido, México: Fondo de Cultura Económica, 1981.
Assoun, Paul Laurent. “La vergüenza de la mirada” en La mirada y la voz. Lecciones psicoanalíticas, Buenos Aires: Editorial Nueva Visión, Colección Freud-Lacan, 1997.
Assoun, Paul Laurent. Lecciones Psicoanalíticas sobre Cuerpo y Síntoma, Buenos Aires: Nueva Visión, Colección Freud-Lacan, 1998.
Freud, Sigmund. Vue d´ensemble sur les névroses du transfert, París: Gallimard, 1986, p.42.
Rossi, Romolo. “Eros corpóreo y mental. Lo somático, lo psíquico y lo psicosomático” en Imágenes del cuerpo, Héctor Pérez-Rincón (compilador), México: Fondo de Cultura Económica, 1992, pp19-36.

1 enero 2006