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Colectiva: Pícaras, místicas y rebeldes -Trilogía poética de las mujeres en Hispanoamérica


Por: Henry A. Petrie

Escritor nicaragüense


I
Aurora Marya Saavedra (1930-2003), Maricruz Patiño (1950) y Leticia Luna (1965) son las investigadoras y compiladoras mexicanas de Trilogía poética de las mujeres en Hispanoamérica: Pícaras, Místicas y Rebeldes –Ediciones La Cuadrilla de la Langosta, 2004–, tres tomos que juntos hacen más de un mil doscientas páginas que reúnen a poetas de diecinueve países americanos y España.
Dicha empresa, además de revisar ocho siglos, implicó una investigación documental, trabajo de campo en los respectivos países, análisis y selección, haciéndose eco no sólo de una reivindicación de género, sino de la responsabilidad histórica literaria, muchas veces puesta de un lado ante la competencia editorial.

En la presentación del tomo I se explica que siendo la mujer sujeto de la Historia, se buscó “abrir nuevas líneas de investigación en torno a la obra más representativa de las poetas de este ámbito geográfico, cultural y lingüístico (...) observando que en su trasfondo, todas estas voces emergen de una misma actitud: búsqueda de la libertad de la palabra, del cuerpo, del alma y del espíritu”.

En el cúmulo de poemas se muestra la riqueza crítica, creadora y propositiva, en tanto sujetos de procesos evolutivos humanos, sociales y artísticos que no sólo tejen idiosincrasias y tradiciones, sino que pautan de conductas, construyen cosmovisiones, transgreden cánones, convencionalismos, irrumpen la marginación, exclusión y discriminación masculina.

Entre mujeres existe pluralidad, estilos y voces diversas, mundos, tiempos y circunstancias comunes y diferenciados, como múltiples expresiones estéticas e ideológicas que van hacia lo humano universal, con sus sentimientos y pasiones, intimidades y arrebatos, reaccionando ante lo establecido, negándolas, desintegrándolas, segregándolas. No sólo hay grito, también canto. A través de sus experiencias heredan visiones, luchas por mostrar sus rostros desvelados, remolinear lo doméstico, el encierro, y muchas han trascendido, burlándose, rebelándose por alcanzar la condición de ser, reivindicando la justicia. En ellas también el verbo, batallando contra el estigma, la descalificación y la condena familiar, machista, social.

Entre constelaciones en la trilogía, aparecen veinticuatro poetas nicaragüenses, de las cuales siete lo hacen en dos tomos o líneas de investigación; cuatro fallecidas: Madre Rosa Inés (1914-1998), María Teresa Sánchez (1918-1994), Mariana Sansón (1918-2002) y June Beer (1935-186).

Vivas y activas de la primera mitad del siglo XX, varias con reconocimiento internacional: María Lourdes Centeno (1932), Christian Santos (1941), Rubí Arana (1941), Michèle Najlis (1946), Vidaluz Meneses (1944), Ana Ilce Gómez (1945), Gioconda Belli (1948) y Daisy Zomora (1950).

Doce nacieron en la segunda mitad del siglo XX: Rosario Murillo (1951), María Amanda Rivas (1956), Isolda Hurtado (1957), Linda Wong-Valle (1958), Blanca Castellón (1958), Alba Azucena Torres (1958), Helena Ramos (1960), Carola Brantome (1961), Marianela Corriols (1965), Deborah Roob (1965) y las cumiches Esthela Calderón (1970) y Marta Leonor González (1972).

Visto desde el plano nacional es lógico concluir que la antología está incompleta, que no incluyó a otras –quizá por desconocimiento– y que las mexicanas abundan. Pero está claro que el ámbito geográfico es amplísimo, que es una representación y que a lo mejor el cúmulo de poetas del país de origen de las compiladoras, sea debido a una entendible política de difusión de sus valores –cosa que nosotros no hacemos– y desarrollo poético experimentado.

II
Se trata de una antología de tres tomos: el primero centra la picaresca, el segundo el misticismo y el tercero la rebeldía. Más allá de cuadraturas estéticas, enfatiza en la conciencia y el lenguaje poético de las mujeres hispanoamericanas con panorámica de temas y cosas que son en ellas: creencias, sentimientos, condiciones de existencias, detalles, conflictos, sueños, aspiraciones, denuncias, rupturas, etc.. En lo sugerente hay revelaciones, verdades que trastocan, conmueven o mecen a los Nosotros, Ellos, Él. Porque el mundo ha vivido de silencios, mentiras, oscuridades donde la mujer ha andado penetrando hendiduras para liberar luz, su verdad, su Yo, que es también Nosotras.

Las Pícaras (Tomo I) no son viles ni ruines. No. Más bien trasmiten la astucia de que se valen para decir o hacer algo, traviesas y bufonas porque están frente a máscaras, a etiquetas o “buenos modales”, servidumbres. “Si es demasiado machista/ le entusiasma verte como palo de hembra./ Para interesarle/ no hace falta que pienses,/ sino todo lo contrario” (Daisy Zamora). Lo jocoso, la burla, el humor y lo irónico combinan bien con inteligencia, y al final, cuando la conciencia crece transgreden valores y normas ridículas, desafiando lo patriarcal. Reivindican sus cuerpos, seducen, toman iniciativa aunque recelen los machos, hacen estrategias.

Las Místicas (Tomo II), contemplativas, comunicación entre el ser humano –en este caso la mujer– y la divinidad, el misterio, observancia religiosa. Maricruz Patiño –compiladora en particular–, apunta que la cultura de las mujeres “ha estado siempre impregnada de religión, ya que ha sido ésta la edificadora intelectual de sus múltiples cautiverios”.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582) alcanza la cumbre del misticismo español imaginando el alma como castillo dividido en siete moradas, encontrándose Dios en la última. En el caso de América la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, la Décima Musa con ideas sociales. Y aquí arranca precisamente el asiento de uno hacia los demás, el amor con conciencia colectiva, el mundo, los semejantes como parte de la suprema misión, quizá utópica, pero también ancestral.
“¿Desvarío, Señor? ¿Acaso un sueño?/ ¡Quiero beber tu copa/ y compartir tu lecho/ y contigo sella mi eterna Boda!” (Madre Rosa Inés); “¿Qué pasa, Madre, en la pradera de mis ancestros,/ en verdad nos iremos allá cuando morimos?/ Mi corazón está en pena. Se desgarra mi piel,/ llora mi piel de lluvia, mi piel de agua” (Christian Santos). Se trata de convicciones profundas, de realización espiritual e intelectual, relación de la unidad con el Todo, de lo que se mueve en el interior como en el exterior.

Las Rebeldes (Tomo III) que se encuentran en diversos ámbitos de la vida, y por supuesto, en las tres líneas de la investigación que dieron como resultado esta antología. Sin rebeldía y sublevación no camina el mundo. Hablo de esa voluntad que no se rinde a los halagos ni obsequios. Siempre hay resistencias, desobediencia, renuncias, y por qué no decirlo, rompimiento de cadenas que no sólo son físicas. Dentro de este espectro de reacciones está lo social, la poesía que denuncia, que pone el dedo en la llaga, que manifiesta y llama, a veces épica, irónica, subversiva contra las injusticias y vejámenes. Puntilla la Historia, incomoda el poder, cualesquiera. Enarbola la libertad individual y colectiva, de palabra y acción, aunque por sí misma no haga revoluciones estructurales, porque es alma, aliento, energía. Aunque el sujeto rebelde ya no lo sea, la poesía seguirá siéndolo.

Leamos a Najlis: “... las madres tejieron los combates de sus hijos,/ las esposas salieron frente al alba para ver nacer al pueblo,/ los niños amasaron con fuego sus cuerpos de barro/ y lucharon con sus cuerpos y con los de sus padres/ y con los de sus hijos y con los de los padres de sus padres”. O a Belli: “Quiero una huelga donde vayamos todos./ Una huelga de brazos, de piernas, de cabellos,/ una huelga naciendo en cada cuerpo”. Así también Brantome: “La furia y el deseo se obstinaron en mi cuerpo/ y la mano vacía/ de tacto llena,/ se detuvo en indignidades”. Y la contundencia de Marta Leonor: “Puedo ser pasiva y tolerante con la carne/ mostrarte lo que cautiva ver un hombre muerto,/ dormido con el pene mosqueado/ como carne de mercado”.
Todo es en ellas. Y cuando digo todo, es Cosmos.

III
Trilogía poética de las mujeres en Hispanoamérica es una antología seria y respetable, con base a líneas de investigación determinadas, sólidos criterios y según dicen sus compiladoras, cursan un estudio sistemático. ¿Incompleta? Ellas lo afirman con carácter de reto.

Hay que reconocer que siempre priman los gustos personales, las preferencias estéticas, las limitaciones editoriales como el desconocimiento de obras.
Lo importante es el oficio constante y perseverante, las antologías no implican consagraciones ni aplazamientos. En general, deberían obligarse al estudio riguroso y no a la suma de textos. Quizá en nuestro ámbito superar lo que el chileno Alejandro Lavquén plantea como problemas: la marginación inexplicable, la centralización exagerada, la discriminación social, racial y estética –agreguémosle de género–. Las modas no son útiles porque no aseguran nada, a no ser difusión. Habrá que debatir. Para eso contamos con el aporte de Leonel Delgado Aburto en su ensayo Las Antologías y el Problema del texto emblemático, cuestionador y propositivo cuando plantea que las identidades necesitarán de nuevas pautas y pactos, de una ética pluricultural. Aboga por el rigor científico y multidisciplinario para orientarse en el corpus.
Y como bien sabemos, los procesos culturales de cualquier nación están vinculados a su historia social.

El Nuevo Amanecer Cultural. El Nuevo Diario. Marzo, 2005. 1 marzo 2005