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Daisy Zamora: Cronista de la emancipación


Por: Helena Ramos

Poeta, periodista, investigadora literaria


Cronista de la emancipación
La mayor parte de su poesía es clara, de contrastes bien definidos –como en un daguerrotipo que muestra nítidamente todos los matices y detalles– y a la vez, reservada, sobria y serena. Explora con acierto las genealogías femeninas, tanto nacionales como familiares, elevándolas a una altura casi mítica. Su obra visibiliza y denuncia las estructuras sexistas que están presentes en todos los ámbitos (pareja, familia, concursos de belleza, etc.).

Daisy Zamora, nacida en Managua en 1951, empezó a escribir poemas a los ocho años. En el cuarto año de secundaria Daisy, junto con sus condiscípulas, fundó un periódico cultural, El Heraldo. En 1967 comenzó a publicar en La Prensa Literaria. En 1977 su poemario Sendario obtuvo el Premio Nacional de Poesía Mariano Fiallos Gil, conferido por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.

Posee licenciaturas en Ciencias de la Educación con especialidades en Psicopedagogía y en Psicología, ambas de la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua. Entre 1972 y 1974 estudió pintura y dibujo en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-León). Luego formó en el Ingenio San Antonio un grupo de personas aficionadas a las artes plásticas, invitó al maestro Julio Vallejos, profesor de la Escuela de Bellas Artes de León, a darles clases, y asistió a éstas durante un año y medio. “Hace tiempo dejé de pintar, pero me ha quedado la nostalgia y siempre estoy diciéndome que un día volveré a hacerlo, aunque sea para sentirme de nuevo en contacto con un arte que también amo.”

De 1972 a 1974 Daisy Zamora enseñó inglés y literatura española e hispanoamericana en la Escuela Modelo del Ingenio San Antonio, centro de estudios para jóvenes procedentes de familias de obreros y trabajadores del ISA. En 1974 se integró al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). En 1975 fundó y codirigió la galería de arte Agateyte en la ciudad de Chinandega, Occidente de Nicaragua. En 1976 fungió como directora ejecutiva de la galería de arte Centro de Investigaciones y Actividades Culturales (CIAC) y tradujo del inglés y francés al español documentos históricos para la Revista del Pensamiento Centroamericano, editada en Managua.

Entre 1977 y 1978 hizo el servicio social de la carrera de psicología. En 1978 tomó parte en importantes acciones político-militares del FSLN y en los combates de la guerra de liberación; tuvo que exiliarse para evitar ser aprehendida por la Seguridad somocista. Vivió en Honduras, Panamá y Costa Rica; en este último país organizó un hospital clandestino en el Frente Sur y dirigió la programación de la clandestina Radio Sandino, en la cual también laboró como locutora hasta el final de la lucha insurreccional.

Después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista del 19 julio de 1979, fue nombrada Viceministra de Cultura del Gobierno de Reconstrucción Nacional, cargo que ejerció hasta octubre de 1982. Un pequeño, dinámico e imaginativo equipo, encabezado por el poeta Ernesto Cardenal, asumió la tarea de forjar el Ministerio de Cultura:
Desde noviembre de 1982 hasta el final de la década, Zamora ocupó sucesivos puestos de importancia, relacionados con loas ciencias sociales y la cultura. En 1992-93 hizo un postgrado en Fortalecimiento Gerencial en el Instituto Centro Americano de Administración de Empresas (INCAE), afiliado a la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard. Entre 1990 y 1995, trabajó como catedrática en el Centro Intereclesial de Estudios Ecuménicos, Teológicos y Sociales (CIEETS), en la Escuela de Arte y Letras y en la Escuela de Periodismo de la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua. Sus estudiantes decían que “enseñaba a Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) mejor que nadie”.

Desde los inicios de los 80 Daisy se dedicó a la recopilación e investigación de la obra de las poetas nicas y en 1992 editó La Mujer nicaragüense en la poesía, antología que recoge los aportes de éstas a la literatura nacional. El compromiso con el feminismo también la impulsó a reconstruir su linaje femenino y visibilizar en su poesía a las mujeres, sus vivencias y sus conflictos específicos.

Actualmente reside en San Francisco, EE.UU. Es catedrática del Departamento de Estudios Latinos y Latinoamericanos de la Universidad de California, campus de Santa Cruz, e imparte talleres de poesía en la Universidad de Massachusetts, Boston.

Ha publicado varios poemarios, tanto en Nicaragua como en los Estados Unidos, en ediciones bilingües: La Violenta espuma (1981), En limpio se escribe la vida (1988). Riverbed of Memory (1992), Clean Slate (1993), A cada quien la vida (1994), Life for Each (1994) y The Violent Foam, New and Selected Poems (2002).

En mayo de 2002 fue premiada por el Consejo de Artes de California (California Arts Council), la institución oficial del estado de California para la promoción del arte y la cultura, con una beca literaria en la rama de poesía.

Linaje

Pregunto por las mujeres de mi casa.

Desde niña supe la historia de mi bisabuelo:
científico, diplomático, liberal, político,
padre de prole numerosa y distinguida.

Y doña Isolina Reyes, casada con él desde
los quince años hasta su muerte, ¿cuál fue su historia?

Mi abuelo materno se graduó cum laude
en la Universidad de Filadelfia
y aún se conserva su tesis fechada en 1900.
Dirigió la construcción de kilómetros de vía férrea
y sólo la muerte repentina truncó su sueño
de extender el ferrocarril hasta la Costa Atlántica.
Nueve hijos e hijas lo lloraron.

Y su esposa Rudecinda que parió esos hijos,
los cuidó y amamantó, ¿qué sé de ella?

Pregunto por las mujeres de mi casa.

Mi otro abuelo era un patriarca,
cuya sombra amparaba a la familia entera
(incluidos cuñados, primos, parientes lejanos, amigos,
conocidos y hasta enemigos).
Empeñó su vida en ampliar un patrimonio
que todos despilfarraron después de su muerte.

Y a mi abuela Ilse, ya viuda y despojada,
¿qué le quedó, sino morirse?

Pregunto por mí, por ellas, por las mujeres de mi casa.


Inútil inventario de mi cuarto

EL TELÉFONO
gris, de manivela
alambre encolochado y baterías
Mercurio
mensajero
con su bocina llena
de gritos y cantos de sirena

LA CAMA
esbelta
de bronce trajinado
guardadora de sueños
y misterios

EL ESPEJO
infalible juez
testigo insobornable
y desalmado

EL DESPERTADOR
reloj que siempre suena
(me parece)
demasiado temprano
(como oí decir en un anuncio
de la radio)


Desde el Golfo de Finlandia

Cualquier día
acaso escuchando alguna
dulce canción de Ucrania,
de Moscú a San Petersburgo
sobre Valdai
aprovechando el corto tiempo
del verano,
con la luz disponible
desde el puerto
extendido en una lámina de hielo
te escribiré un mensaje.

Según el tiempo,
la claridad del aire,
la posición del sol y la incidencia
debida en los cristales,
si está tibia tu mano
si se rompe la luz
si los colores salen,
algo lograrás ver.

Todo depende.


Solamente te digo

Hay felinas y bellas palabras
que se deslizan ondulantes
en la complicidad de la sombra

Puesto que has decidido amarlas
te escribo sólo para advertirte:
nada será lo mismo, hecho como estaba
a nuestras palabras que cortaban el aire
con sus aristas puras. Cualquier pedazo
que recogieras podías darle vueltas
analizarle los ángulos y encontrarle
exactamente áreas y perímetros. Mas ahora
tu suelo tiene la blandura de las esponjas
y la penumbra es confortable

No te cortarás las manos porque hoy acaricias
voluptuosas y aterciopeladas formas

Solamente te digo: ten cuidado. Todas las noches
certera garra se afila
detrás de los amarillos y fascinantes
implacables almendrados ojos


Voy a hablar de mis mujeres

(Dice el General A. C. Sandino)

Toda esta tierra sabe sus nombres de memoria:
El Chipote, La Chispa, la gruta de Tunagualán
recuerdan sus nombres y a veces los confían al viento...

Cómo no recordar a Emilia
la enfermera, con una puntería como su mano
para las jeringas, que dio cuenta de tres gringos.
Se tronó al primero a un kilómetro de distancia
y por la manera de caer –según Pancho Estrada–
le dio en la cabeza.
El segundo cayó seis semanas después.
Yo no lo vi, pero lo atestiguó el General Irías,
y dos semanas más tarde se tronó al tercero.
Después se ha dedicado a curar, a inyectar, a vacunar...
Hasta Honduras se cruza en mula
a traer sus medicamentos
y no tiene miedo de atravesar íngrima esas montañas.
¡Ah, la Emilia! Tan distinta pero igual a otras mujeres...

Cómo no mencionar
a la Juana Cruz, cantinera jinotegana,
cambiando tiros por tragos
y aconsejando a sus muchachas para sacarles información
a los marines y guardias.
Directora de correos y espionaje en la región
y hasta ayudaba económicamente.
Quién puede decir algo de ella
y de sus putas, las más dignas y limpias que se ha conocido.

Cómo no recordar a la Tiburcia García Otero,
pozo aterrado, hacienda desolada, destazada, encarcelada
y vapuleada en la penitenciaría de Managua
por órdenes expresas del propio Moncada
para que dijera lo que sabía de mí;
pero yo para ella era como uno de sus hijos,
y apenas salió libre voló a estas montañas
como lora feliz, como chocoya parlera
a hacer de cocinera, de enfermera, de lavandera en el ejército.

Y qué decir de la Bertita Munguía, dirigente obrera,
que organizó protestas ante el traidor de Díaz
y ante el Gobierno de los Estados Unidos...

Y así podría mencionar a tantas y tantas mujeres
que nos han seguido montaña adentro;
soldados que se juegan la vida y a veces, la pierden.
Guardadoras de secretos donde los hombres son vulnerables.
Sus ropas íntimas escondieron mensajes más amorosos
que el amor que nunca conocieron.

Señoras y señoritas de antiguas familias de Managua,
León, Matagalpa y Chinandega
que prestaron efectivos servicios.
Todas ellas montaron dos emboscadas:
El Embocadero y El Bramadero.
Una niña culta y rica es la jefa de Matagalpa.
Muy conservadora y absolutamente insospechable.
Dos jóvenes y una viuda de abolengo de León;
esposas de terratenientes chinandeganos
y hasta la mujer de un Ministro de Moncada
son nuestras.

Cómo no recordar o mencionar a todas nuestras mujeres.
Sin ellas la guerra hubiera sido imposible,
columna invisible de mi ejército
ellas han tendido el amor entre emboscada y emboscada,
y se han tendido al amor con los muchachos.

Ni un libro entero bastaría para contar sus acciones
ni todas las estrellas de este cielo segoviano bastarían
para compararlas,
pero el viento de esta tierra sabe sus nombres, repite
sus nombres,
dice sus nombres mientras pulsa los pinares
como si rasgara una honda y oscura guitarra.


Nerudiana otoñal

Del brazo de su marido
que comparte
no sabe con cuántas más,
pero, en fin, su marido.

Ella lo quiso, a veces
él también la quería.

Procura recordarlo
como ella lo conoció,
antes de que se volviera
el que sería después.

Ya no lo quiere, es cierto,
pero tal vez lo quiere.

¡Si al menos por un instante
pudiera ser la que era
cuando él la enamoró!

Es tan corto el amor,
y es tan largo el olvido.

Pero frena el intento.
Sabe que si se atreviera,
todo lo perdería, todo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.


Balance final

Ella se llevó:
su ropa, sus libros
y algunos objetos personales.

A él le quedó:
la casa y su mobiliario,
el patio y sus árboles.
Y el jardín, que ella cuidaba.

En fin, él se quedó con todo
menos los niños,
que se fueron con ella
a molestar a otra parte.

Revista 7 Días. Managua, Nic.Fecha: ----- 21 julio 2006