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Carola Brantome: Luces en cuarto creciente


Por: Helena Ramos

Poeta, crítica, periodista cultural


Luces en cuarto creciente
La coexistencia de distintas poéticas en la obra de una sola autora o autor no es un hecho excepcional pero en el caso de Carola Brantome (San Rafael del Sur, 1961), la disimilitud de sus registros poéticos sorprende. Se trata de una rapsoda polifacética, que a veces parece más un orfeón que una única voz. Ora diáfana y coloquial, ora arcana, neobarroca, lúcida, siempre se infinita en la palabra, dedicándose con disciplina y devoción al oficio poético.
En su primer poemario, Más serio que un semáforo (Managua: anamá Ediciones Centroamericanas, 1995), ya están presentes ambas tendencias: una signada por la claridad y economía verbal, y otra próxima al surrealismo. Las dos son utilizadas por la poeta con el mismo buen suceso para trabajar los temas principales del libro: la incomunicación, los recuerdos casi obsesivos –sin una gota de almíbar– de la infancia, la desolación urbana…
En Marea convocada (Managua: ANE / NORAD / CNE, 1999) al inicio se alza una aleluya erótica –a ratos irónica– oficiada en un lenguaje cifrado, con claves tanto lingüísticas como vivenciales, y en la parte final Brantome emprende una resignificación de lo cotidiano, que va iluminando a través de las palabras, descubriéndole a mundo sus los mínimos sabores –igual que comer mango– y temores –¿Habrá alacranes ahí?–.

La diferencia entre dos poemarios antes mencionados es más de índole psicológica que estilística. Si en 1990 la creadora consignó “Escribo para no morirme”, en 1999 su visión de las cosas era mucho más sosegada: “Ya no siento la escritura como algo trágico o fatal, es un oficio más que tiene sus normas de rutina y las manías propias de cualquier trabajo. Creo sí en la dedicación y la disciplina”.

Una mirada plácida y sobria

La serena capacidad de Carola Brantome para transfigurar lo habitual, presente ya en Marea convocada, alcanzó un nuevo grado de rigor en su tercer poemario, Si yo fuera una organillera, que en 2003 recibió el premio único de la primera edición del Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres “Mariana Sansón”, convocado por la Asociación Nicaragüense de Escritoras (ANIDE) y patrocinado por HIVOS de Holanda y Banco de la Producción (honor a quien honor merece).

En sus libros anteriores, los poemas que aparecen al inicio de cada volumen –Más serio que un semáforo y Nunca se ha visto un gato negro, respectivamente– ofrecen una especie de quid de cada poemario; De miradas y otras observaciones que inaugura Si yo fuera una organillera parece desempeñar un papel similar. Sin ser el poema más “representativo” del libro, contiene una clave primordial para la lectura. La insistente repetición de palabras “mirar”, “ver” y “mirada”, augura la naturaleza visual de la obra, que, pudiendo ser calificada como una deleitable fiesta de los cinco sentidos, privilegia la vista.
En Si yo fuera una organillera, que da título al poemario, Carola Brantome, al identificarse con una protagonista del cuadro de Mario Montenegro, nos revela otra clave: aquella juglaresa que canta extasiada, está entregando (su) voz a la luz. Esa apuesta radical por la claridad, en sus distintas acepciones, es determinante para el libro.

La poeta demuestra un hedonismo casi epicúreo –en el sentido primario de la palabra, ya que, según ese filósofo, el arte de la vida consiste en saber eliminar el dolor y regocijarse con los placeres sencillos– convirtiendo en acontecimientos poéticos los hechos más nimios: contemplación de un insecto sobre el vidrio del bus (Viaje), lluvia que hace charquitos / en los ladrillos quebrados de las acercas (Lluvia en Matagalpa), a un señor recostado en un poste (Destino), preparación de un dulce casero (Arroz con leche), una tarde calurosa (Verano del 2001. Abril), la compra de un lápiz (Grafito)… La autora parece deleitarse con su capacidad de hacer poemas de cualquier cosa –Si supieran ustedes de qué basura / crecen versos, dice en uno de sus escritos Anna Ajmátova– extremándola en El café de Carmen, su ars poética.

Sin haber sido nunca adepta del exteriorismo cardenaliano, expresa su deseo de escribir un poema que luego podamos contarle a una niña. / Sencillo, como una taza de café, simple, cariñoso / (…) sin ninguna intención, ni interpretación intrínseca, / alojada en los intersticios de la significación. Una posición afín a la del tallerismo, si bien sin connotaciones políticas. Una interesante convergencia.

A mi juicio, deberíamos tomar esta declaración con un grano de sal. La poesía de Brantome no es sencilla, mucho menos simplista, y el poema en cuestión requiere para gozarlo de una capacidad contemplativa muy intensa, similar quizás al recogimiento místico, pero absolutamente seglar, por lo cual no deja de ser espiritual. Diría incluso que emerge aún más espiritual, precisamente porque prescinde del sustentáculo de una religiosidad convencional, en una sublime soledad ante el universo y su belleza.

Otro texto emblemático, esta vez sí muy arraigado en el capacidad infantil de percibir el mundo con toda la plétora de una revelación –por algo se afirma que para ser artista, hay que preservar en sí un trozo de la niñez– es Variación a un pie de foto, en el cual el carácter sacramental de la vivencia está resaltado con una discreta alusión mitológica (Helios se aleja / en su roja carroza) y culminado con unas líneas esenciales para todo el poemario:

Un niño lo ve todo,
lo recoge,
y lo guarda como un tesoro.

En general, la poesía actual –sea nicaragüense, centroamericana o latinoamericana– es anhedónica, cuando no feísta. Florecen algunas excepciones, como, por ejemplo, Adelaida Díaz (Boaco, 1962) y Gema Santamaría (Managua, 1979), que viven y plasman el deleite de existir desde el idilio o a partir de una golosa vehemencia. Pero Carola Brantome no ha sido, hasta ahora, una autora propensa a ver el mundo de esta manera, y esta nueva mirada, plácida y sobria, puede incluso desilusionar a lectores afectos a la faceta más acre, dramática y disconforme de su obra.
Sin embargo, esta complacencia no se debe a la aceptación de las reglas del juego de la posmodernidad, que para los países del Tercer Mundo significa, antes que nada, la imposibilidad de alcanzar la modernidad y la abdicación de los metarrelatos del cambio social. La poeta no transige con el frenesí consumista, y su arroz con leche, servido en platos de vidrio, color rosa viejo, no fue preparado en la cocina de un hotel de cinco estrellas, ni en la de una cadena de establecimientos de comidas rápidas.
La destreza del encantamiento se manifiesta más a pesar de que gracias a. Deviene una forma de resistencia, pasiva pero firme.

Caras muy caras del amor…

La tendencia contemplativa, aunque preponderante, no es la única en el libro. Los poemas amorosos, caracterizados por un mayor grado de experimentación formal, son al mismo tiempo más tradicionales en el modo de sentir. En una gran medida, el amor continúa siendo un sentimiento flamígero, calcinador, atolondrado –o sea, irracional–, asociado a vocablos muy cargados, como nostalgia, cuchillo, sufrir, ardor, ayuno, despeñado, desierto, quemadura, muerte, atroz, desbandada, desvarío, delirio, furia, agonía, sacrificio, altar, sangre, soledad, herida, miedo, sed, daga, vacío, exilio, pena, sueño, dolor, cielo, infierno, ausencia, distancia, calvario, fuego… Un repertorio típico del romanticismo, cuyo concepto de amor todavía conserva vigencia, mas si en su anverso está el sentimiento oceánico de gran poderío, en el reverso encontramos el ineludible infortunio (amor romántico nunca es un amor feliz), que refuerza en las mujeres la propensión al sacrificio e incluso, a la inmolación. Brantome tampoco está inmune ante este precepto y habla de “la infinitud de (su) entrega (Palabras que van al viento).
Ese ideario romántico incorpora manifestaciones de un erotismo casi festivo a causa de su ímpetu pero demasiado cercano al sacrificio, a una sensualidad fatal de ciertos poemas de Federico García Lorca:

Carga cuchillo
a cordero mátame.

Porque en la noche
afilan
de ay
el cuerpo.

Conoce mis ojos
a esta luz.

Porque en la noche
afilan
de ay
la sien.

(Carga cuchillo)

No obstante, entre el conjunto de poemas marcados por el fatalismo romántico se distinguen algunos –poquísimos por cierto–de un tono más sosegado y afable, ligados a las vivencias cotidianas con voluntad de armonía: Tu pelo es una mariposa en la noche, La telaraña del amor, etcétera. A estas alturas sería aventurado precisar si representan la transición hacia una nueva forma de vivir el amor, o sólo son aristas del mismo poliedro calamitoso.

Militancia sin grilletes

La reciente obra de Brantome desmiente la creencia de que un compromiso ideológico conduce inevitablemente al esquematismo. Su involucramiento con el movimiento de mujeres no la volvió panfletaria. Desde 1999 hasta finales del 2001 ella se desempeñó como divulgadora de la Comisión Ejecutora de la Comisaría de la Mujer y la Niñez de Matagalpa, instancia dedicada a combatir la violencia intrafamiliar. El contacto con la teoría y práctica del feminismo ha tenido un profundo impacto en la poeta. “Estoy comprometida de vida y obra para luchar por los derechos humanos de las mujeres”, dijo en una entrevista. En conjunto con la literata Helen Dixon (Reino Unido, 1958) promovió, dentro del marco del IX Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (Costa Rica, 2002), la instauración de un espacio propio para escritoras que se identifican con el feminismo. Todo lo anterior no restó ni un ápice a su riqueza expresiva ni le puso los grilletes de lo “políticamente correcto” –lo cual no quiere decir que no haya asumido conceptos o propuestas–. Carola Brantome continúa siendo una voz libérrima, sometida sólo a su propia disciplina.

Revista 7 Días. Managua. Fecha:---- 21 julio 2006