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Ana Ilce Gómez: Cuando se rebelan los silencios


Por: Helena Ramos

Poeta, periodista cultural, crítica literaria


Cuando se rebelan los silencios
Nacida en Masaya en 1945, ahora es casi una leyenda. Su poesía, que se distingue por una portentosa intensidad lírica y precisión verbal, hizo que su hasta la fecha único libro, Las ceremonias del silencio (Managua: Ediciones El Pez y la Serpiente, 1975; segunda edición ampliada: Managua: Editorial Vanguardia, 1989) ocupara un lugar cimero en el Parnaso nicaragüense. No obstante esta excelencia –tiempo ha reconocida– la autora se mantiene distante de los círculos literarios y no publica desde 1989. Según la propia artista, se vio forzada a abandonar por un tiempo la escritura porque le fue imposible combinar el trabajo literario con el ejercicio profesional.

Un grupo de admiradores se empeña en ponderar este aislamiento y silencio como algo admirable. En mi opinión, más bien es una nefasta secuela de la ausencia de políticas culturales eficaces y también una resulta del sexismo, porque éste obliga a las mujeres a asumir cada vez más jornadas y tareas, hasta impelernos a hacer elecciones que nada tienen que ver con la libertad. Jean Arthur Rimbaud (1854-1891) dejó la poesía por una vida de aventuras; Adam Mickiewicz (1798-1855) hizo otro tanto con el fin de consagrarse a la lucha por la liberación de Polonia; ellos sí eligieron. No creo que realmente hayan elegido aquellas escritoras que renunciaron a las letras porque precisaban ganar dinero para mantener a sí mismas y a sus familias.

La obra de Ana Ilce Gómez está rodeada de mitos muy parecidos a prejuicios. El primero es su angostura temática: la eternidad del tiempo y la fugacidad del amor. De hecho, ella aborda un amplio registro de temas, aunque sus poemas amorosos son relativamente prevalecientes y sin duda memorables. Pero no se limita a remachar la fugacidad del afecto sino que está consiente de su inequidad, del hecho que las mujeres solemos llevar la peor parte en las lides del amor y que, genéricamente, la victoria de él significa la derrota de ella. Asume dicha condición con una desesperanzada rebeldía: aun admitiendo heridas y desventuras, insiste en la sublime dignidad de la amante, en la valía de su denuedo.

La impresión de un arrebato confesional que con frecuencia producen sus textos también puede ser engañosa. Por ejemplo, en el poema “El otro día está aquí”, publicado en 1967, la hablante lírica es una mujer de 45 años, mientras en aquella fecha la autora tenía apenas 21. Entonces, no se trata de una confidencia sino de una extraordinaria agudeza psicológica. La artista real sobrepasa, supera el panegírico.
Ana Ilce Gómez empezó a escribir versos a los diez años de edad; rememora que tomó el quehacer poético “en serio” luego de haber llegado a Managua para cursar sus estudios superiores. Debutó en 1964 con un recital en la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua y aquel mismo año publicó por primera vez en el suplemento cultural del diario La Prensa.

Es licenciada en Periodismo por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), en la cual también estudió durante dos semestres el idioma francés, retirándose posteriormente por falta de recursos económicos. Tiene maestría en Gestión y Organización de Bibliotecas, otorgada por la Universidad de Barcelona, España.
Trabajó como periodista, creativa publicitaria y relacionista pública de instituciones financieras. Entre 1990 y 1997 ejerció el cargo de Directora de la Biblioteca del Banco Central e impulsó la restauración de la colección pictórica de dicho establecimiento, considerada la más completa del país.

Pese a que en su obra predomina una perspectiva intimista, Gómez no permanece ajena al entorno social y político. Sin haber sido militante o colaboradora del Frente Sandinista de Liberación Nacional, se identificaba con sus luchas antes y después de la revolución de 1979. En 1984, junto con las literatas tan comprometidas políticamente como Daisy Zamora, Gioconda Belli y Vidaluz Meneses, fue una de las firmantes de la carta pública titulada Desde diferentes trincheras los poetas nicaragüenses estamos con la revolución, difundida a través del Nuevo Amanecer Cultural, suplemento de El Nuevo Diario. Asimismo ha manifestado solidaridad con la causa feminista, sin que ésta se haya convertido en materia para su poesía.

En la década del 80 estaba integrada a la Unión de Escritores de Nicaragua (1980-89). Forma parte del Consejo Editorial de la revista Anide, publicada a partir del año 2002 por la Asociación Nicaragüense de Escritoras (ANIDE). Todo lo anterior prueba que Ana Ilce Gómez no es una anacoreta consagrada únicamente al oficio poético, sino una persona que, sin tener vocación para los activismos, comparte –a su particular manera pero con firmeza– sueños, pasiones y luchas propios de la época que le toca vivir.

Destino

He de hacer en este mundo lo que está
destinado para mí:
cantar
abrazar a mis hijos
pulir alguna piedra para hacerla
valedera
borrar si quiero lo que está destinado
para mí.


Yo que soy una mujer

Yo que soy una mujer tan tierna
como una melodía de Dionne Worwick,
no más tierna que una ramita
semidesgajada por el viento,
descarnada, determinada, sola,
soportando la furia del tiempo
libro en la vida la encarnizada lucha
por la vida,
con su peso basura devastadoras trampas,
aturdida desde mis orígenes,
rocosa desde el fondo de mi puerta
donde de vez en cuando soy golpeada
por postales cartas soledades.

Yo soy una mujer tan inconstante
como el viento no tan inconstante
como mi propio corazón,
guardo tan sólo para vivir
el murmullo de alguna voz,
recuerdos viciados,
envejecidos gestos como comejenes
carcomiéndome de día de noche.

Yo que soy una mujer tan vital,
tan verdadera como el sol, como la lluvia,
no tan verdadera como esta terca soledad,
seré algún día, al final de tantas palabras,
tan sólo brizna, aleteo, página blanca
en la memoria de nadie.


A una mesa

Esta mesa fue de mi abuelo.
Sobre ella más de una vez reclinó su cabeza
y durmió largas siestas
donde se mezclaban vía crucis tormentas
toques de queda
y mujeres furtivas que se marchaban a la nada.

Esta mesa fue de mi padre.
Sobre ella pintaba pájaros y vírgenes
y naturalezas vivas
y mi madre aplanchaba sobre ella
con la plancha de carbón.

¿Quién era más triste:
la plancha, el carbón o mi madre?

Mía también fue esta mesa
y sobre ella escribí un día estos versos
que nadie se atrevería a publicar.

Cada generación tiene su historia.
Cada sueño su raíz. Cada mesa es como
la palma de una mano. Sus líneas
nos pueden revelar en el momento preciso
de dónde proviene
la madera de los sueños
la nostalgia de las manos
o el lenguaje cifrado
del corazón.


En Sorgono

El pequeño Sorgono saliendo de entre la maleza
de los Gennargentu
es triste como el cementerio de Masaya.
Su Ristorante Risveglio con su gran N al revés
en medio de Sorgono ahumado y frío deja caer su sombra.
(¡Ha muerto el Albergo D’Italia!)
Sólo el pequeño pueblo se levanta
frente a los tupidos Gennargentu
con sus manadas de cabras alertas,
con sus ovejas merinas estrenando sus hermosos cencerros,
con su atajo
con su rastrojo
sus esteras de junco
su tristeza de sábado por la tarde
su pila de alcornoques tirados en la sombra
su Ristorante,
además del posadero con la pechera sucia
y de la muchacha siciliana envuelta en su chal
que lleva la ropa
que trae la copa
que deposita la sopa. ¡Eterna sopa de coles del flamante
Risveglio!
Los alrededores de Sorgono son semejantes a un pueblo
del Westcountry inglés o del campo de Hardy.
En Sorgono (terminal y ganglio de carreteras interiores)
las vacas se tienden en el camino que va a Oristano
unos hombres de aire torpe
fuman sus amados cigarros de Macedonia
una mísera vela llora luz
un pastor se mueve como en sueños.
Desde Sorgono es mejor ir a Nuoro que a Abbasanta.


Lady Rowena

Lady Rowena de Tremain:
dulce Lady de piel cascada
mustia como las flores de esta jarra.

Ahora tú y yo nos parecemos un poco,
nada más un poco.

Tú apagando tu fuego,
yo pagando el mío.


El otro día está aquí

Nadie diría que hemos envejecido. Nadie sabe
cuánto tiempo ha pasado.
Él todavía tiene cabellos oscuros
en las sienes, aquellos cabellos largos café negro
que como cortinas le caían en la frente.
Es joven. No parece un hombre de 50 años,
ni yo una mujer de 45. Ayer
por la calle alguien me preguntó
por nuestros hijos. No los tenemos.
Sólo tuvimos un precioso jardín con la estatua
del Dalai-Lama en el centro
y una fuente en la que él y yo nos
asomábamos, con el agua clara formando pequeños
remolinos que giraban
hasta hacernos perder la cabeza. Por allí
pasaba el verano y el invierno. El polvo que
venía del norte diciendo cosas tristes
y luego los charcos que se secaban, recordándome
sus años y los míos.

Hoy quizá un trofeo de caza vale más para él
que un beso mío. Yo me he retirado de aquel
dulce paisaje de la vida. He olvidado la
suave cortina de sus cabellos cayéndole en la frente
y por el antiguo jardín miro pasar las densas
polvaredas –es el oro me digo–.
Y luego los charcos que se secan –es la edad–.

¡Ah! pero yo fui una chica de 20 años que
plácidamente soportaba el amor y el tiempo.


Como ramita en abril

Frágil como ramita en abril
fue mi corazón.

Peto tú bien sabes que en estas lides
nunca ganó el más fuerte
sino el más atrevido.

Managua, Nicaragua. 7 Días... 19 julio 2006