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Alba Azucena Torres: Poeta de dos culturas


Por: Helena Ramos

Poeta, periodista, crítica literaria


Poeta de dos culturas
Forma parte de la numerosa promoción literaria de los años 80. Sus poemas tempranos se enmarcan dentro de un exteriorismo paisajístico y políticamente comprometido; luego el contacto con la poesía rusa intensificó su filón lírico. Los versos de Torres tienen una tenue transparencia de acuarela; con frecuencia es descriptiva pero casi siempre los detalles exteriores configuran y delinean una vivencia íntima. Además, su inusual biografía da a su obra un toque de originalidad temática. En la obra más reciente el verso se torna más compacto y dinámico, y surgen imágenes y motivos de índole simbolista.

Torres nació en 1958 en Tecolostote, un pueblo del departamento de Boaco, cerca de Chontales, y se considera más chontaleña que boaqueña. Empezó a escribir cuando tenía unos 10 años de edad y se destacó en los concursos literarios intercolegiales, tanto de poesía como de narrativa. En 1979 se bachilleró en el Instituto Nacional de Chontales, Juigalpa, y en 1980-81 asistió al taller de poesía de la misma ciudad, impartido por la poeta costarricense Mayra Jiménez (nacida en 1938). Considera que fue “una experiencia muy hermosa y didáctica”. Debutó en 1980 en la revista De la trinchera al arte, editada por la Casa Popular de Cultura Gregorio Aguilar Barea, Juigalpa.

A inicios de 1982 ganó el tercer lugar en el Concurso Popular de Poesía y en pocos meses viajó a la Unión Soviética, invitada por la Unión de Escritores de aquel país a estudiar la carrera de Letras en el Instituto de Literatura Máximo Gorki de Moscú, un centro de gran prestigio. Después de graduarse, laboró en la Radio Voz de Rusia. Actualmente tiene una Cátedra de Literatura Latinoamericana y Rusa, que imparte en español en la Escuela Económica de Moscú.

Ha publicado el poemario Solos bajo el cielo (Moscú, Editorial Globus, 1998) y la antología trilingüe Cuando la lluvia / Когда дожди / When it rains (Moscú, Editorial Globus, 2001).

Días

En el espacio de tu cuarto al mío
tengo una historia que contarte:
te hablaré de mi tierra,
del sol incendiando las hojas del naranjo,
del aire caliente y los buses perdiéndose
en la última hora de la tarde
Managua-Chontales.
Hablaré del primer cumpleaños
y la vela encendida en el rostro de los niños,
la libertad de pescar junto a mi hermano
y llenarme de lodo la orilla del vestido;
tiraba lejos el cordel... Y entonces la espera,
la dulce espera del destino.
Eran nuestros los pájaros, el viento,
la yerba del potrero.
Te he contado de eso y después
las primeras mentiras a la madre.
Luego descubrí mis piernas fuertes,
mis pies pequeños, mi cuerpo ágil
–pensaba en cosas mías–.
Y la vergüenza de ciertas miradas,
mis primeros reproches a la vida.
Ya no eran tan largas las distancias ni el verano.
En abril llegaba el circo,
el mundo de las cartas, la suerte en el sombrero,
y el trapecista moreno, que tocaba la punta de la luna:
el amor de Mayra, de Yamileth o el mío.
Íbamos al catecismo por las tardes
y contábamos a Dios nuestros pecados,
en ese tiempo mi hermana tenía novio
y yo era triste.
Después algunas de mis amigas
empezaron a fugarse por las noches
y fueron madres,
como jugando, como si nada.
Otras pasábamos a secundaria, las pequeñas, las pleitistas,
las recoge-quiebraplata: Sandra, Nubia, Xiomara,
y nos fuimos del pueblo.
Entonces todo quedó allá
en el silencio verde del gran cerro
y perdí el sueño del río.
Luego llegó Ahmed, Alejandro, los otros
y en secreto me hablaron de Sandino.


Del buen tiempo

Bailábamos.
La noche temblaba en las hojas del patio
que abuela cuidaba con tan buena intención.
La canción de moda
se pegaba a los cuerpos,
y seguíamos palabra por palabra
la letra de la música.
Creo que todas te amábamos.
Yo tenía dieciséis años
y un vestido ajustado a la irreverencia de tus manos.
Dábame a tus pensamientos
de ingeniero graduado en la UCA,
de muchacho que ha pasado vacaciones
en otros países.
Te amaba a pesar de tu camisa
escandalosamente perfumada,
y de la burla en el fondo de tus ojos.
Si tan sólo me hubieras dicho:
“Bésame y sígueme,
ven, vamos al mar o a matar al vecino”,
hubiera sido tu cómplice en todo.
Pero te fuiste, en un ademán de cine
o de muchacho de Managua.
Recuerdo las cartitas y un corazón al final.
Hoy por culpa de una radio local
La misma canción me trae esas escenas.
Es curioso:
todavía tengo ganas de besarte.


Ahí duerme el amor de mi vida,
sin desnudarse;
tirado en el sofá de su oficina,
con sus ojos verdes cubiertos de estrellas,
las manos lejanas a un libro
de Lion Feuchtwanger.
Más allá tirada una revista que edita Globus.
Son las cuatro de la madrugada en Moscú,
afuera el verano juega con agosto y juntos
besan la aurora citadina.
En las estaciones del metro
los obreros limpian túneles
y escaleras eléctricas.
El tranvía de enfrente lanza una bocanada de neblina
al bello amanecer.
El amor de mi vida
duerme dulcemente arrullado
por la IBM 486 que dejó encendida.


Sábado

Esperando que las horas
pasen inútiles
hasta las seis.
Esperando que la tarde
juegue con la lluvia,
con el sol, con los amantes.
O la fiesta que espera la noche.
Yo esperándote
mientras
en el parque
los pájaros
se desgajan
como mangos.


Ángel marino

Es ámbar tu mirada
cristal, cortado cuarzo
cuando yaces en la arena
de algas arropado.

Arrojado del paraíso.

Endeble llanto y risas
anidan en tu cuerpo,
besado por la espuma,
agujereado de caracolas,
inerte
y vuelto al vacío.

Managua, Nicaragua. 7 Días.... 19 julio 2006