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Isolda Hurtado: Isolda Hurtado y su obligación de cantar


Por: Álvaro Urtecho (1951-2007)

Poeta, crítico literario y de artes plásticas


Isolda Hurtado y su obligación de cantar
Después de un primer libro, Silencio de alas, escrito e impulsado por un signo etéreo y ascético, Isolda Hurtado nos trae ahora otro florecimiento, no del aire ni del silencio, sino de la tierra, la tierra porosa y densa, diversa e impura y rebelde, simbolizada por el naranjo que florece. Del cielo a la tierra, del silencio a la palabra pero superando la linealidad discursiva e integrándose en el viaje circular: de la palabra al silencio, y de nuevo, de la tierra al cielo, en una eufórica dialéctica envolvente en donde funcionan múltiples sentidos porque como dice Ramiro Argüello, doctor iluminado de la psiquiatría y de la crítica cinematográfica, esta poeta no escribe con un sexto sentido "sino con un sexto, un séptimo y un octavo sentido, con una palabra de una energía de expansión casi explosiva".

Dedicado a la memoria de Joaquín Pasos, el poeta más poeta de la Generación de Vanguardia, y el poeta telúrico por excelencia, esta colección de poemas nos comunica, con una límpida sobriedad, el sentido del polvo y de la tarde, el sentido de la variedad de las flores y los árboles

… "Allí donde todo es mío y nada tengo
florece el naranjo
cuando el polvo barre la tarde".

Sentido de la percepción de la naturaleza que parte y se origina fundamentalmente de un sentido orgánico del ritmo, el ritmo como resonancia del universo en búsqueda de la transparencia y de la revelación deslumbradora: "La palabra / hallaba luz en la forma / y ritmo en la emoción / como una transparencia / renacida".

No es por casualidad que Fanor Téllez, en su estudio sobre Silencio de alas, ha señalado su tendencia a privilegiar "el ritmo y la música que la aleja del tono conversacional y prosaico y le permite redondear en textos breves la unidad del poema, como unidad emotiva, pero igualmente logrando la atmósfera de los espacios culturales, a través de ese mismo movimiento rítmico", coincidiendo con Julio Valle-Castillo quien habla de un ritmo que la obliga a la forma ceñida: "una voz suave, susurrada, lírica". Coincido en este aspecto con estos dos poetas y estudiosos de la poesía a la hora de abordar este segundo libro de la poeta, titulado Florece el naranjo.

El primer verso del primer poema, del mismo nombre, lo recalca y verifica: "Es hora de prolongar el ritmo donde reposas silencio". En efecto, es este libro hay central preocupación por prolongar la estructura rítmica del poema, es decir, el deseo por construir el poema como un enjambre de movimientos e impulsos rítmicos de estructura eminentemente circular (de ahí el uso frecuente de la anáfora y el estribillo como recursos de intensificación emotiva y dramática); el poema ceñido respetuoso de la estrofa, aunque sea ésta moderna y libérrima; el verso como unidad eufónica con poderes autónomos, independiente de los bloques o núcleos significativos o semánticos. Ritmo que va asociado de una percepción impresionista del color, como en el poema Pinto la rosa, en cuya brevedad podemos encontrar toda una arte poética o pictórica:

"Suena la risa en mi espacio escondido
recorre mi sangre
fijo la mirada
y pinto la rosa:

blanca eleva su canto
amarilla bifurca la forma
rosada baila dichosa
negra apuesta al dolor
naranja deja un suspiro
roja desciende gozosa

al amor extendido deja
¡ Mira la rosa !"

Ritmo, danza de colores alternándose: Juan Ramón Jiménez, Reverdy, Eluard. Libro de acendrado cromatismo el de esta Isolda, cuyo nombre de ascendencia wagneriana nos remite al amor confesional y dramático de los grandes amantes legendarios. Amor loco que en su tono escritural siempre delicado se va atemperado por la ternura y la moderación.

Pese a la angustia existencial exhibida en sus rupturas y fisuras del corazón, hay todo un sol de día festivo vibrando en el poemario, que se acentúa con la feliz inclusión de óleos sobre cartulina, acrílicos y collages de su suegro Fernando Silva, maestro de la ternura y la nostalgia por la infancia: dibujos geométricos que nos hacen pensar en un Miró telúrico, óleos impresionistas de reciente factura.

Ritmo, danza y vuelo son claves en el universo poético de Isolda Hurtado, que hace, como una creacionista huidobriana, que las cosas vuelen de un lugar a otro, que pasen de lo inanimado o vice-versa, como cuando dice:

"Vuelo
y le miro el sombrero puesto a la lluvia".

Isolda tiene una fijación por los artistas del humor y la ironía que revelan una profunda compasión. Fijación por la tristeza que brota de la más profunda alegría. Así, como en su libro anterior recoge una imagen de Chaplin, en éste nos ofrece una imagen del soberbio mimo francés Marcel Marceau, en versos largos con tendencia a la prosa que expresan una alquimia de llanto y risa, de risa y llanto. En la máscara del mimo, la poeta encuentra la esencia sutil de la vida:

"Sueña tras los ojos que le miran. Mira a los ojos que sueñan.
Pausa los nervios hasta su límite cuando exaltada la sangre recorre
conocidas extensiones.
Inmóvil ir y venir a todas partes y a ninguna.

Ser sin estar allí y estar donde se está siendo uno
otro y nadie
devorando el asombro de vivir y morir entre luces y sombras".

Tan impregnada está la poeta de ritmo y danza que la estructura de algunos de sus poemas está cimentada directamente en el recuerdo de una música determinada, como en Inviernos al alimón, en donde los tambores y timbales entrevistos arriba y abajo, abajo y arriba, le recuerda la salsa, la cumbia, el merengue y el bolero, todo dentro de una concepción circular del tiempo que vuelve, que da vuelta con todo y sus personajes:

"Así bailábamos la vuelta entera
alrededor del fuego
cantando
sobre las correntadas".

O como en Noche flamenca, uno de los textos más contundentes del libro, insinuando el sonido de los tacones iniciando la danza interpretada por la bailaora andaluza: "El ojo ceñido al tablao del alma / un grito gitano el movimiento / un eco la media vuelta / más honda / la vuelta entera". Circularidad envolvente que nos recuerda que todo baile termina como termina la lluvia, el polvo, el día y su atuendo, la sonrisa y el mismo recuerdo.

Circularidad, obsesión por el círculo y el eterno retorno que, como a Joaquín Pasos, le recuerda "su obligación de cantar". Círculos de aire, círculos de agua, círculos de fuego. En ellos la poeta abreva y reposa sus palabras, convocando las voces de sus poetas y maestros queridos en un extenso e intenso río cubista y heracliteano:

…"Vicente Altazor el río Huidobro
Bástame la rosa de Gertrude Stein en tierras baldías Eliot
el instante ¡salamandra! Octavio
la palabra sola como nosotros ¡Paz!
en el paraíso perdido Milton
idílica mirada ocre barro epifanía ¡Pablo Antonio!"...

Isolda Hurtado encuentra en la muerte una posibilidad para la resurrección: la sangre derramada puede engendrar otra cara y otro cuerpo, en el momento culminante en que la flor mira fijamente al sol. No uno sino varios poemas de este libro insinúan ese misterio trascendental, pero solo insinuándolo, solo avizorándolo. Visiones, claves que quedan como en el aire, como sugiriendo la existencia de un paraíso y un trasmundo.

Como la auténtica lírica de instantes que es, Isolda concluye (o abandona, probablemente) sus poemas dejando al lector en un espacio de leve penumbra. Está dotada tanto para el poema de escena y naturaleza impresionista como para el poema de recogimiento íntimo y confesional. Los poemas dedicados a su amiga Ana Patricia, como a su madre, son sencillamente conmovedores.

La vida como una incierta navegación, pero con la actitud soberana "de un promontorio en el alma", hasta "reposar en la hora breve y larga de una tristeza". La visión de la madre entrevista a través de la infancia, en el álbum de fotos que mira la colegiala, en el enérgico pedaleo de la bicicleta en las aceras de la ciudad colonial, en el nido de las aves entre el ramaje del jardín. Tonalidades, impresiones, escenas, ritmos contrapuestos al carruaje de encajes negros que avanza con el padre muerto por el pavimento, y siempre la presencia y deseo de la danza:

"Si pudiera recorrer hoy
las alamedas de su corazón
tan contiguo al mío
le danzaría como entonces mi alegría
junto a sus rosas".

Las rosas, la rosa, símbolo de la pureza y de la muerte, símbolo también preferido de esta poeta amante de la vida, el amor, la amistad, la belleza y la poesía en toda su luz, en toda su entraña reveladora y fluyente.

Palabras de presentación de Florece el naranjo, 22 de enero, 2003 en el Auditorio de la Biblioteca "Roberto Incer Barquero" del Banco Central de Nicaragua (BCN).

Fue publicado en El Nuevo Amanecer Cultural. El Nuevo Diario. Managua. 15 febrero 2003