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Helena Ramos: Presencias entrañadas sobre Polychromos de Helena Ramos


Por: Leonel Delgado Aburto, Ph.D

Doctor en Literatura y Cultura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburg, investigador del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA/UCA), narrador.


Presencias entrañadas sobre Polychromos de Helena Ramos
La ética postmoderna o anti-humanista, a la que de una u otra forma se afilia gran parte de la crítica cultural de moda, recela, y con razón, de las taxonomías. ¿Qué son éstas sino metáforas serializadas que han olvidado su procedencia? Pero el hecho material con el que trabajan los poetas no puede prescindir de tales convenciones (y de ahí la discordia a sordina entre crítica y poesía). Es más, es a la investigación de ese olvido que se dedica frecuentemente la poesía. Aunque no toda poesía.

Helena Ramos ofrece en Polychromos (2006)—obra merecedora del Premio Mariana Sansón de este año—una operación sobre tal olvido. El poemario, bastante reluctante a la confesión o la metaforización del cuerpo, investiga, en cambio, la posibilidad de re-creación escrituraria sobre una convencional taxonomía de los colores. Además, se atiene a una vertiginosa, arriesgada y, por lo general, hábil modulación de tal taxonomía, desde el blanco como sitio en donde acaba la significación, hasta el blanco manchado por unas “presencias cobre/ incorruptibles”. Progresa, pues, por medio de valores, tonalidades, esbozos, los que van entrelazados, de una manera que no puede ser sino irónica, a las significaciones: las de los colores. Precisamente, para dar un ejemplo, ante el valor absoluto del blanco, olvidamos todo lo convencional que es su convocatoria a la abstracción, su asociación con la página blanca o con la pureza. Pero Helena Ramos ha decidido trabajar, precisamente, en ese interregno en que lo convencional convoca al significado, y su poesía opera para interrogar, y en todo caso restablecer tal significado. Mientras los colores no se des-identifican en esta progresión (porque las taxonomías si algo prometen es resguardar el significado) es difícil, en cambio, dar un orden a los fragmentos, las fisuras, las evocaciones, los nombres propios, las miradas, las notas autobiográficas, las grafías de ayer, las ciudades y escenarios evocados por los textos. El mundo tiene orden porque lo ha perdido. Y, por lo general, los que critican poesía, llegados a un punto como este hablan del silencio. Aunque a mí me parece un concepto equívoco, sí se puede estar de acuerdo con que silencio, en este caso específico, no es otra cosa que la revelación de lo fragmentaria que es toda recolección de nuestra propia subjetividad. Los colores conforman el universo, pero nuestra experiencia terrena es una colección de agujeros negros que puede ser únicamente, cuando más, evocada.

Para hacer mucho más intrigante y difícil su tarea escrituraria, Ramos ha escogido un molde fijo de escritura, como si la taxonomía de los colores respondiera de manera simétrica a los tres versos del haiku. Es, por lo menos, infrecuente, y sin duda sorprendente, este afán de formalizar el espacio de expresión, que conlleva siempre una pérdida de “corporalidad”. Es infrecuente, sobre todo, en el caso de las mujeres que escriben poesía en nuestro medio, y a quienes se atribuye, por lo general, la informalidad del cuerpo, la maleabilidad del sentimiento o la exaltación del espíritu. Estas prescripciones no son inocentes, sino que constituyen ejes en donde se articula de distintas formas la desigualdad genérica, y no es extraño que un crítico o crítica entrenado por el androcentrismo insista y se contagie de esa informalidad sentimental y formal al momento de hablar de la “poesía femenina”. A este aparato de prescripciones y comentarios metatextuales algunas escribientes han respondido de manera simétrica con el desborde formal y el arrebato. No es que estas condiciones no estén presentes en la poesía de Helena Ramos. En efecto, algunos tramos de su primer poemario, Río de sangre será mi nombre (2003), atendían a estos reclamos pero de manera singular (y no recuerdo si alguien dedicado a la crítica, puso algo de su tiempo en desentrañar el condicionamiento formal con que la poesía de Ramos acataba tal convencionalismo). Polychromos, en cambio, es mucho más reluctante a obedecer esas peticiones de desborde “corporal”. Para usar un término que aparece en el poemario (secuencia 86) hay un inteligente uso del retenimiento, que se articula muy bien a la disciplina escrituraria. No hay, pues, en Polychromos una convencional o ingenua copia de “la vida” o de “la naturaleza”, sino, en todo caso, una estilización, y la producción consciente de una escritura. Como se sabe, en la estética dominante de lo que, por lo general sin mucha inquisición crítica, se llama “literatura nacional” lo que se propagandiza es lo contrario: el arrinconamiento de la escritura, y su apaciguamiento por medio de la voz, el llevar a coincidir en una razón nacional cuerpo, subjetividad y sonoridad. La genealogía de lo más propiamente escritural (cuyo fetiche favorito en el ámbito local, para bien o mal, es C.M.R.) actúa en un sentido contrario, por la separación de materiales, por la revelación de las incongruencias de tales identificaciones. Es por eso quizá que Helena Ramos, operando sin duda en esta última tendencia, opone la taxonomía de los colores a la ordenación (o desordenación) sentimental y sensorial de lo que llamamos subjetividad, experiencia y vida propia. En este caso, la cuota escritural no responde únicamente a ese orden, por decirlo así, “exterior”, sino que transmuta enseñanzas que pertenecen a la pintura moderna: por ejemplo, modelar la luz y el ánimo, el recuerdo y la percepción, por el color. Son estrategias, por supuesto, que se remontan al romanticismo y a esa gran aparente desaparición del yo, que fue el impresionismo, y la rica genealogía que abrió el postimpresionismo. Ortega y Gasset, en efecto, llegó a creer de forma insólita que ya no había “subjetividad” tras de las vestiduras formales de, por ejemplo, el impresionismo musical de Debussy. En lo que estaba, por supuesto, equivocado, aunque no totalmente, porque sin duda esta modulación y modelado, esa percepción de la realidad a través del color, implica una rearticulación de lo que entendemos por subjetividad, y, más particularmente, una readecuación de la escritura como materialidad.

Se recordará que “los pintores al menos tienen cosas”. Esa convocatoria nostálgica o melancólica a la materialidad es la que tensa, pues, el intento colorido de Helena Ramos en Polychromos. Una operación que corresponde, a la vez, a la percepción del tiempo, y la colocación del deseo. Los colores, con esa ambición que les fija la taxonomía, implican un experimento temporal constante: estaciones, horas del día, infancia, arrebatos mustios, pavor, alegrías, atardeceres, todos pueden confluir de manera un poco delirante en los colores. Se trata, pues, en Polychromos, de una conceptualización y “concreción” del tiempo, que quizá un discípulo de Bergson disfrutaría. Con respecto al deseo, hay que recordar aquel apotegma de Terry Eagleton que dice que “generar cierto derroche es algo consustancial a la naturaleza humana”. En efecto, Helena Ramos demuestra y disfruta el aspecto artificioso de su tarea escritural. El deseo es algo que nos excede y que no puede estar limitado por el cuerpo (un límite que casi toda poeta local nueva suele invocar en sus primeros tanteos). Más bien, naturaleza y artificio son contrapunto, más que armonía; son tensión, antes que reconciliación. Tomo al azar, por ejemplo, la secuencia 53 de Polychromos:
El verde oscuro
no florece en árboles
sino en piedras.

La trinidad significativa que el haiku ofrece aquí es operativa y rigurosa:
1. taxonomía del verde / es decir, orden dado por la ciencia;
2. naturaleza de los árboles,/ que no podemos sino evocar vagamente como signos;
3. materialidad de la piedra/ como traslado de los dos elementos anteriores a la escritura.

Para evocar otro ejemplo, con el color, demostraron los impresionistas, y retoma Helena Ramos, se puede modelar la luz o “las sombras violeta oscuro” (secuencia 33). No basta pues con trasponer dedicadamente la naturaleza al poema, hay que hacerlo de manera suntuosa. Esta es una constante en la poesía de Ramos, que la emparienta de alguna manera con el neobarroco. Otro ejemplo, secuencia 45:
Se llama “cielo”
el matiz de sedosas,
serenas tardes.

El deseo, el cuerpo, la presencia natural debe estar, como está la palabra cielo en este ejemplo, entre comillas. Esto no significa que la naturaleza no esté, o que haya una duda postmoderna superficial en torno a esa presencia, sino que para estar, para ser en la escritura, la naturaleza debe ser trasladada al reino de la materialidad. Pero la materialidad no acaba en un exterior traslúcido. Polychromos exige un exterior suntuoso que desdiga y a la vez reinscriba la naturaleza. No hay otra forma para hablar del verde que la piedra, y para decir cielo hay que recurrir al matiz de la seda. No es extraño, pues, que al retenimiento anímico (ese que convencionalmente se llamaría silencio), se añada en el poemario de Helena Ramos un afán operativo o práctico: aquel antiguo de transformar la naturaleza, de sitiarla con nuestro deseo y nuestro derroche. Cómo se debe entender, sino, que la escritura hable de, por ejemplo, “practicar/ el púrpura doliente”? Se trata, pues, de operaciones sobre la taxonomía de los colores que tratan de producir una materialidad, pero una materialidad signada por un destino en cierto sentido funesto: la del museo. En efecto, cualquier operación sobre la naturaleza no conlleva únicamente satisfacer nuestras ansias de derroche, sino también producir fragmentos, y crear desvanes para el olvido. Véase cómo la subjetividad se va desgarrando (en sentido casi literal y no sentimental) en el poemario de Helena Ramos, aun cuando sea apaciguadamente. Soledumbres blancas, esperanza, muerte, ardores, recuerdos, infancias, sorpresas, lumbres, fiestas, heridas, todo va siendo apaciguado en el museo del color. La producción escritural de sí no tiene la autoridad ni el autoritarismo tan frecuente entre nuestros poetas—que parecen conocer al dedillo hacia dónde van y de dónde vienen—. Helena Ramos, esa cifra escritural atrapada por la taxonomía de colores en Polychromos, parece reconocer, más bien, ese vaivén entre saberse y no saberse, y producirse, en todo caso, como objeto escritural colorido, suntuoso y fragmentario.

En la dedicatoria del poemario: “A aquellas cuyas presencias están entrañadas en estos versos…”, hay un indicio de todas las operaciones que Helena Ramos lleva a cabo en su poemario. Si estas presencias, las de una serie de escritoras de distinto talante, distinta temporalidad y distinta cultura, están “entrañadas” en los textos de Polychromos es porque no son legibles a simple vista, y porque no permanecen en la superficie, sino, retomando la metáfora reproductiva, han vuelto al vientre y van a ser, de forma amenazante, reproducidas. El vientre es, por decirlo así, el lugar de la subjetividad. Pero esa estructura sintagmática y convencional de esas mujeres escritoras no es sino una especie de resonancia alegórica de la taxonomía de los colores. Pero, al contrario de los colores, no prometen un orden visual ni una ordenación del mundo. Son, en sentido estricto, un museo que guarda cosas muertas, pero lugar único en que pueden leerse tal tipo de presencia, y fundamento de toda escritura entendida como intertexto. Es todo aquello que la mera afirmación subjetiva autoritaria—diurna, exterior y satisfecha—borraría de un plumazo. La poesía de Helena Ramos quiere mantener esas “presencias entrañadas” en un orden alternativo del mundo, modelado de nuevo por el color.

Ponencia presentada en el evento de entrega del Premio Nacional de Poesía Mariana Sansón 2006 y presentación del libro ganador en el Museo y Archivo Rubén Darío, ciudad de León, Nicaragua el 26 de mayo, 2006. 26 mayo 2006