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Nydia Palacios: El imaginario femenino en Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y otros poemas


Por: Nydia Palacios, Ph.D

Catedrática, Crítica Literaria


Los temas sobre el amor, la mujer y la muerte han sido una constante temática a través de las épocas. En las sagradas escrituras de Oriente se explica la creación por medio de un dios hermafrodita que se dividió en dos elementos: masculino y femenino. Ambos al juntarse componen el UNO, la divinidad. De esta cópula, una especie de boda cósmica, descienden los hombres, por tanto el erotismo tiene carácter sagrado. En La Biblia hebrea, la soledad de Adán se mitiga con la compañía de Eva, causante de su caída. Un terrible estigma ha marcado a la mujer desde entonces. Estos textos se han convertido en un rico venero donde los artistas se apoyan para sus creaciones estéticas. Herederos de la cultura greco-latina, los poetas de Occidente han perpetuado imágenes de la mujer a través de un código elaborado por la cultura patriarcal.

Si nos remontamos al siglo XII, encontraremos en la poesía del amor cortés una representación de la mujer de acuerdo con la convención literaria que se manejó en esta época y cuya influencia se deja sentir en toda la poesía del renacimiento, el barroco, el romanticismo y el modernismo, con ligeras variantes. En la poesía cortesana, aparece el amor a la mujer como una religión. El amante sufre el desdén de la amada que se goza en su sufrimiento. El expresa sus quejas amorosas y convierte a la dama en objeto de su adoración. Ella es bella, fría e indiferente. Las metáforas hacen énfasis en castillos, muros, rejas y cerrojos que le impiden alcanzar el favor de la amada. Este recurso literario del amante herido de amor, será magistralmente aprovechado por Santa Teresa y San Juan de la Cruz, quienes nos recuerdan las bellísimas estrofas del Cantar de los cantares.

Siglos antes el gran italiano Petrarca, situó a su amada Laura en un pedestal que asimiló magistralmente Garcilaso de la Vega, quien continúa la lírica petrarquista al escribir aquellos inolvidables versos de su “Soneto V”: “Yo no nací sino para quereros, por vos nací, por vos pierdo la vida, y por vos muero”. La gran aliada de esta estética es la naturaleza que sirve como marco al “dulce lamentar de dos pastores”. Según María Rosa Lida de Malkiel, en su formidable estudio La tradición clásica en España, las tórtolas, palomas, ruiseñores, y otros animales simbolizaban un erotismo tanto sagrado como profano que alcanza su máxima expresión en la poesía de los místicos españoles. Asimismo, continuando con el código amoroso que hemos señalado, el genio de Cervantes, convierte a Dulcinea, en el ideal por excelencia; es a ella a quien se encomienda y no a DIOS, antes de emprender sus disparatadas batallas gritando: “¡Por Dulcinea!” Dentro de la misma línea que hemos venido citando, la poesía amorosa del romanticismo se caracteriza por su exaltación de la mujer que se patentiza en el famoso verso del tristísimo Gustavo Adolfo Bécquer: “¡Poesía eres tú!” Con los versos de sus célebres Rimas nos dejó un legado de poesía amorosa difícil de superar. El tono melancólico y el sufrimiento que se transparentan en sus poemas acusan reminiscencias de toda una lírica amatoria que ha heredado de sus antecesores, a quienes supera en virtuosismo poético. De esta manera, el “eterno femenino” se convierte en un tema esencial de la poesía de esta época, tan fecunda como prodigiosa, aunque en el siglo pasado la desautorizara, la excelente escritora mexicana Rosario Castellanos con su poemario Poesía no eres tú.

Hasta aquí hemos resumido en unos cuantos trazos la representación de la mujer en los libros sagrados y en la creación literaria. Pero es con el modernismo con Darío como máximo esteta, donde se dan cita todas las poéticas como lo señaló Juan Valera y que el genial nicaragüense confirmó en su famoso “Prólogo” dedicado a José Enrique Rodó. Recordemos aquellos versos con que se inicia Cantos de vida y esperanza, el libro cumbre que hoy celebramos: “Y muy antiguo y muy moderno, audaz, cosmopolita, con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo y una serie de ilusiones infinitas”. Nuestro genial Rubén, a quien el gran argentino Jorge Luis Borges, llamó “Libertador”, asimila lo más excelente de sus lecturas y perfecciona una poética que cambiará el rumbo de la poesía escrita en lengua española. En este trabajo me propongo demostrar que los temas universales mencionados al inicio de esta ponencia, se conjugan en una sola estética inseparable de su erotismo que permean la mayoría de sus poemas. Perpetúa y robustece las imágenes de la mujer que es vida y muerte, matriz creadora en Venus e inevitable tumba en Diana, puesto que “la castidad, como el sensualismo, lleva en el fin de siglo XIX, al pesimismo más absoluto, al nihilismo supremo” (Litvak 8). Octavio Paz confirma lo anterior: “El erotismo es dador de vida y de muerte. En todo encuentro erótico hay un personaje invisible: la imaginación y el deseo” (La llama doble15).

Darío lo expresa de una manera magistral al emplear una imaginería pletórica de erotismo: jardines, flores, mitos, aves, fuentes y sobre todo el mar. En Cantos de vida y esperanza,la retórica marina se patentiza en Venus, sujeto femenino, que al surgir de las aguas fecundadas por Urano, connota no sólo el origen, sino su inmenso poder como hembra, madre creadora. Dice Juan Ramón Jiménez: “Vamos a la conquista de lo imposible, a entrar en el mundo ideal de la mujer, por medio de la pasión. La actividad corporal que la mujer desarrolla y que procede de un mundo ideal, nos pone a las puertas del paraíso” (Citado por Litvak 14). Ahora bien: el placer es tan intenso que necesita concretarse, perpetuarse, sin embargo si hay goce carnal, se ha roto la pureza que desemboca en la caída y lo que queda es una sensación de vacío. Darío, desde la publicación de Azul...,en el soneto “Venus”, muestra su predilección por este mito. El Nóbel mexicano añade: “Los cambios en la sensualidad colectiva que hemos vivido en el siglo XX obedecen a un ritmo pendular, a un vaivén entre Eros y Thanatos. Cuando esos cambios de la sensualidad y el sentimiento coinciden con otros en el dominio del pensamiento y el arte, brotan nuevas concepciones del amor” (La llama doble 154). El empleo de Venus constituye un recurso simbolista en el sentido más auténtico para evitar la expresión directa. Los mitos y dioses griegos concebían a los dioses como seres humanos, por lo que Darío recurre a los mitos helénicos no sólo como recurso estético, sino emocional. Por ello la diosa Venus establece un vínculo entre mujer y diosa, lo terrenal y lo divino, una conjunción entre el mar y el cielo, elementos eróticos fundamentales expresado en sus metáforas marinas, en especial en el poema “Marina” con sus protagonistas Europa y el toro que la rapta. En ese coito salvaje, las aguas forman una vorágine pasional de gran belleza. Venus y el sol se regocijan y cubren la tierra de rosas.

Los versos dicen:

Mar armonioso,
mar maravilloso
de arcadas de diamante,
en que se rompe en vuelos rítmicos
que denuncian algún ímpetu oculto.

Este impulso que alude a lo instintivo es exaltado por el yo lírico que ve en el ímpetu viril un símbolo bravío diseminado en la plástica de sus versos que sugieren la extensión de la vastedad del mar a tono con la pasión del dios:

velas purpúreas de bajeles
que saludaron el mugir del toro
celeste con Europa sobre el lomo
que salpicaba la revuelta espuma...
brazos salen de la onda, suenan vagas canciones,
brillan piedras preciosas
mientras en las revueltas extensiones
Venus y el sol hacen mil rosas. (671)

El mar, una constante en la poesía daríana, se vincula a Venus, reina de los corazones, por ser hija de las aguas marinas fecundadas. En esta estrofa el júbilo de la diosa se explica porque el mar entraña peligro, pero el hombre se siente atraído por ese misterio, a tal grado que, durante el impulso erótico, responde al llamado de sus aguas, es decir de Venus, que es bella, pero significa engaño y traición.

Aquí las ondas, brazos y piernas se mueven en un ritmo frenético causado por la violencia. Las olas revueltas acusan los múltiples obstáculos que el padre de los dioses tiene que vencer antes de la posesión. El acto entre víctima y su raptor parece regocijar a Venus y al sol. Darío emplea a Zeus metamorfoseado en toro para realzar que la unión del dios con Europa es un acto sagrado, y por tanto, legítimo; la imagen es significativa: sol que vivifica y mar que acoge su dádiva. El otro poema donde se presenta el acto erótico por excelencia es el que forma parte de la sección “Los cisnes” y está dedicado a Leda. Zeus se despoja de su investidura divina y se convierte en cisne, obnibulado por la pasión que le despierta la belleza de Leda. El dios seduce a la bella que suspira y gime ya vencida por el ímpetu masculino. Se muestran dos fuerzas que no se complementan armoniosamente, sino que se oponen en una lucha en que la voluntad y el deseo de posesión subyuga a lo femenino y lo sitúa en la esfera de la pasividad, pasividad inmanente, que es inercia. A Darío parece fascinado con la unión de la bestia divina y la bella Europa. Si glorificó el ayuntamiento del cisne olímpico con Leda, la mortal ,es para insistir que ni los mismos dioses están exentos de la llama amorosa. Este mar donde Zeus posee a Europa es un mar pagano, un escenario marino, origen de Venus como se demuestra en el poema “Caracol” en el cual el molusco, al igual que la concha de donde nació Venus ,era un símbolo de pasión en la cultura helénica. “El caracol tiene la forma de un corazón” que apenas cabe en la mano, pero en su interior “encierra reminiscencias de mujeres” por la similitud con los genitales femeninos. La cavidad del caracol
En los poemas dedicados a Leda, Darío, en su erotismo panteísta, celebra el acto como “hombre carnalis”, pero en el mito, la pasividad y gemido de Leda revela una imagen propia del imaginario femenino en que la hembra parece gozar de la violencia masculina y que el yo lírico parece compartir afirmando su carnalidad. Octavio Paz afirma: “ Una gran ola sexual baña toda la obra de Darío. Ve al mundo como un ser dual, hecho de la continua oposición entre el principio femenino y el masculino. El verbo amar es universal y conjugarlo es practicar la ciencia suprema” (Cuadrivio 55). Si el placer es pasajero y la carne es débil, como decía Mallarme, trae consigo tristeza y vacío, de lo cual colegimos que el hedonismo en Darío, al igual que en Juan Ramón Jiménez, Valle Inclán y otros modernistas no era “el ansia del goce, sino la huída del dolor” (Litvak 3). Asimismo, en el poema “Amo, amas” conjuga el verbo amar “con todo el ser, y con la tierra y con el cielo”, una exaltación de la mujer de todo el orbe, que se afirma en el poema “Aleluya”:

El beso de esa muchacha
rubia, y el de esa morena
y el de esa negra ¡Alegría!
y el vientre de esa pequeña
de quince años, y sus brazos
armoniosos. ¡Alegría! (676)

El poeta no discrimina, celebra el amor en todas sus manifestaciones. Si en otros versos Cipris (Venus) es celeste, convertida más tarde en la rubia Cipra, la negra Dominga en otro poema como en éste las sitúa en un pedestal. Nos visualiza en las mujeres de todas las razas, el amor inmortal que todo lo mueve, pero también al anhelo amoroso en el que el yo lírico padecía.
En este parte, considero válido examinar al signo “mujer” como problema literario. Los estetas de la palabra, sujetos a un código, definen las características supuestamente esenciales del hombre como un sinónimo de la actividad y la conciencia, “Esferas” -como dice Lucía Guerra- “en que la representación simbólica se apropia de las imágenes cósmicas del cielo, el sol y el fuego en su dimensión espiritual y purificadora. Lo femenino por otra parte, denota el ámbito de lo pasivo e inconsciente, atribuyéndole referentes naturales de la tierra, el agua y la luna (1).

Darío y los modernistas heredan estos referentes y en sus creaciones se transparenta una ecuación antínoma, un modo de abstracción y sistematización que tiene sus raíces en la cultura patriarcal. Nuestro Rubén, se sirve de iconos clásicos. Cleopatra, Dalila, Circe, Eva y Salomé y de los mitos greco-latinos para resaltar la encarnación de algún principio, generalmente maléfico, que se enmascara con la belleza femenina. El yo poético exclama:

¡Antes de todo, gloria a ti, Leda!
tu dulce vientre cubrió de seda
el dios. ¡Miel y oro sobre la brisa!
Sonaban alternativamente,
flauta y cristales, Pan y la fuente.
¡Tierra era canto; cielo, sonrisa! (651)

Este canibalismo sagrado es aplaudido por el dios Pan, representación simbólica del poeta. De esta manera, la mujer, a lo largo de los siglos, como dice Rosario Castellanos: “Ha sido elevada al altar de las deidades y ha aspirado el incienso de los devotos, cuando no se le encierra en el gineceo a compartir con otras una prisión perpetua” (Mujer que sabe latín 9). Leda ha sido elevada al rango de diosa debido al impulso lúbrico de Zeus. Según Pedro Salinas este mito le suministra a Darío una vía para sublimar su intenso erotismo. Queremos agregar que no sólo en el ayuntamiento del cisne con Leda surge el himno lírico, el motivo sensual y la voluptuosidad embriagadora, sino que se sugiere, de acuerdo con nuestra perspectiva, la imagen negativa del mito: el nacimiento de Helena de uno de los dos huevos azules (del otro nacen los gemelos Cástor y Pólux) que con su extraordinaria belleza viene al mundo para convertirse en la esposa infiel de Menelao que lleva a la guerra de griegos y troyanos enfrascados en una lucha larga y dolorosa. La imagen de la traidora por la que se derramó tanta sangre ha permanecido durante siglos como un signo ominoso, deleznable.
Adicionalmente, tenemos la imagen de la mujer fatal, tan cara al modernismo. Esta mujer se rodea de un atmósfera tremendamente sensual: pieles, joyas, perfumes, aromas, sedas, que despiertan el apetito masculino. Generalmente adopta una pose artística, acomodada en un sofá, con ademán de languidez; el ambiente se concentra en eros, el hombre se nos proyecta desgarrado y en este mundo de voluptuosidades, se palpa una postura irracional y aún mística, una consciente oposición a la corriente positivista. El arte de la época se encuentra plena de elementos retorcidos ondulantes, signos de vida orgánica. La vida se expresaba en términos eróticos Lily Litvak: “La sensibilidad de la época tendía a un idealismo exasperado, se acogía con entusiasmo cualquier teoría que ayudara a la erosión del racionalismo” (Litvak 6).

Esta imagen la recogieron varios modernistas, entre ellos el colombiano José Asunción Silva en su novela De sobremesa, donde la protagonista invita al goce carnal y el hombre acude feliz al llamado. “¿Para qué?” –se pregunta Rosario Castellanos- “para adorarla, aunque sea en un plazo breve. La mujer, desnuda, en su estado de naturaleza, no pierde sus nexos con las potencias oscuras, es ella una potencia oscura, un misterio que develar. Nada la hará cambiar de signo”. (8)

La belleza femenina, trampa mortal para el hombre, en Darío se representa, no sólo en Venus, sino en Salomé que se menciona en el “poema XXIII” de Cantos... Salomé la mujer fatal, envuelta en sedas y encajes, despierta la concupiscencia de Herodes, ante la danza del vientre que su hijastra ejecuta frente a sus ojos. La felina bailarina, siguiendo el consejo de su madre, Herodías, otra perversa de la historia, pide la cabeza del Bautista.

En el país de las Alegorías
Salomé siempre danza,
Ante el tirano Herodes, eternamente,
Y la cabeza de Juan, el Bautista
Ante quien tiemblan los leones,
cae al hechizo. Sangre llueve.
Pues la rosa sexual
Al entreabrirse
Conmueve todo lo que existe,
Con su efluvio carnal
Y con su enigma espiritual. (673)

Los últimos cinco versos de esta estrofa a través de la bella metáfora de la “rosa sexual que se entreabre” nos proyecta una imagen impúdica y sensual capaz de llevar a cometer al hombre los más infames pecados en áreas de la satisfacción como lo fue el crimen contra el Bautista. Sin embargo, el último verso intensifica el eterno misterio de la mujer, lo insondable, el enigma espiritual y motivo poderoso para el surgir de la poesía.

Estas mujeres, listas para el coito, responden a las imágenes arquetípicas y primordiales que la sitúan en el campo de lo sagrado y lo profano, lo concreto y lo intangible. Margo Glatz explica este fenómeno de la siguiente manera:

La mujer aparece como un elemento primordial, pero manejable, se condensa en un acontecimiento corporal que la vuelve al mismo tiempo sagrada o excesivamente profana, es la representación misma de una dicotomía que la cercena y la divide. Es a la misma vez el abismo y el cielo y su cuerpo se convierte, literalmente, en dos extremos antagónicos. En su corporeidad está todo, lo lejano de la imagen y lo cercano y lo terrestre. (Citada por Lucía Guerra 4)

Veamos cómo aparece en los siguientes versos: como proyección simbólica de un dilema que, en términos cristianos, se plantea a través de la disyunción de Carne o Espíritu, una escisión que la convierte en Angel o Demonio, una heroína modernista que responde a la corriente estética dominante en este momento histórico.

¡Oh paloma¡
Dame tu profundo encanto
De saber arrullar, y tu lascivia
En campo tornasol, y en campo
De luz tu prodigioso acto.
(Y dame la justicia en la naturaleza,
Pues, en este caso,
Tú serás la perversa
Y el chivo será el casto). (“Augurios” 674)

Adicionalmente, el yo lírico, magnifica la presencia de la mujer en el mundo. Todo el dolor, la angustia, la razón de su ser, radica en la mujer, como lo leemos en el poema de Cantos.... El relincho de Pegaso nos anuncia la aparición de Anadiomena, que brota desnuda de las ondas marinas. El adjetivo “celeste”, denota lo inefable y lo terrenal, la adoración hacia la mujer, por ella se combate o se sueña, significa paraíso, pero también infierno, altura y abismo, su eterna visión dual. Como en el famoso poema donde Venus impera, pero que se reviste de inefable espiritualidad
¡Carne, celeste carne de la mujer! ¡Arcilla!
-dijo Hugo-, ambrosía más bien, ¡Oh maravilla!
La vida se soporta
Tan doliente y tan corta,
Solamente por eso,
Roce, mordisco o beso
En ese pan divino
Para el cual nuestra sangre es nuestro vino.
En ella está la lira,
En ella está la rosa,
En ella se respira
el perfume vital de toda cosa. (668)

El vitalismo de Darío se patentiza en los vocablos: “roce”, “mordisco” y “beso”, donde se reconoce la relación sexual y su carácter sagrado conforma lo aseverado por George Bataille. “El semen es sagrado” dice Darío en el “Coloquio de los centauros”. El poeta, además de lúbrica y sensual, ve a la mujer en términos de una comunión de cuerpo y espíritu, difusa y profana, pan divino que alimenta nuestras vidas, al contrario de Víctor Hugo: “Arcilla-dijo-Hugo”, ambrosía, más bien, ¡Oh maravilla!” (365).
Finalmente, queremos agregar que todo el imaginario femenino que hemos revisado someramente en la historia de la literatura para rastrear el tratamiento de la mujer en su extraordinario poemario Cantos de vida y esperanza, nos lleva a plantearnos las siguiente preguntas: La escritura de Darío, ¿obedecía a una convención literaria producto de sus infinitas lecturas tan sagradas como profanas? ¿Su visión de la mujer era producto de una concepción principalmente estética, una moda literaria de su época? Una forma de expresar su escisión interior? o ¿era un hombre esclavo de sus pasiones, nacida de su experiencia vital? Para nosotros es todo esto, si hemos de tomar literalmente los versos con que se inicia Cantos de vida y esperanza, el célebre “Prólogo”:
Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potros sin freno,
iba embriagada y con puñal al cinto,
si no cayó, ¡Fue porque Dios es bueno!

San Marcos, Carazo, Nicaragua
9 de enero de 2005
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