critica_literaria


Ana Ilce Gómez: ¿Y LOS LIBROS DE ANA ILCE GÓMEZ?


Por: Nadine Lacayo Renner

Periodista cultural


¿Y LOS LIBROS DE ANA ILCE GÓMEZ?
Que no la grabara ni le tomara fotos, me advirtió Ana Ilce cuando al fin me dijo que sí, que me esperaba el viernes a las tres y media en su casa. De acuerdo, te lo prometo, le dije, serán unos veinte minutos, la dirección, muchas gracias. Apagué el teléfono emocionada al confirmar la cita que tanto me había costada. Necesité compartirlo con alguien, se lo dije a los gatos adormilados que no me contestaron, llamé a Michele y no respondió el teléfono, salí de mi frugal estudio y busqué a la Super Girl que andaba por ahí, en la sala de mi casa detrás de Flavio, mi nieto de tres años autonombrado en estos meses Batman y que ha bautizado a Carla, quien lo cuida, con el nombre de la super heroína, novia de alguno de los super héroes de aquellos cómics clásicos de mi niñez, y que ahora, como todo lo clásico, vuelven a estar de moda. No era para menos, estaría con Ana Ilce Gómez, la poeta del silencio, ya convertida en clásica. Guardando las distancias, siempre la había asociado con la enigmática Greta Garbo, otra clásica que, según mi madre, se había retirado del cine temprano y vivió encerrada hasta su muerte, igual que ella, habitante del misterio en la humildad de su silencio, desde hace tiempo.

Tenía un año de haber decidido buscarla, pero sus escasos amigos a los que les preguntaba me bajaban las llantas cuando me advertían que sería difícil, que vivía encerrada, que no le gustaba salir y menos hablar. Pero ese viernes que me senté frente a ella, los veinte minutos prometidos se convirtieron -con su complacencia- en una hora y pico, porque, en algún momento la poeta se animó y evidenció sus ganas de hablar, no tanto de contestar preguntas, sino de platicar, de intercambiar sobre sus sentimientos y asuntos concretos de su vida diaria. Al principio no le hice una sola pregunta a pesar que solté la lengua por la confianza que me inspiró. Fue como si estuviera frente a mi vecina Ricarda de la esquina que, aunque la vea a la muerte de un obispo, cuando nos cruzamos de casualidad, platicamos como si nos hubiésemos visto el día anterior. Así hablamos la poeta y yo, sin ansiedad y sin formalidad, con ese tono cotidiano, trivial y casi íntimo que a mi edad y a la suya, suele instalarse entre las mujeres que se sientan a platicar, sin máscaras, espontáneas y sin cautela, lo que nos da la gana, lo que sentimos, lo que pensamos, y en este caso, así fue a pesar que la poeta no me conoce mucho, que yo también suelo ser algo reservada, que no somos contemporáneas, y sobre todo, a pesar que soy una pigmea frente a su obra de gigante. No hubo ninguna pausa, no se instaló la mudez ni un segundo, no la asusté ni me asustó. Aquí no diré todo lo que conversamos con las piernas cruzada las dos en sendas mecedoras en la sala de su casa, con esa confianza que surge fácil entre dos mujeres que ya perdieron el miedo y los recatos.

Nada especial pasó, nada que ver con Greta Garbo, ningún misterio se asomó en su semblante más que el del propio tiempo que parece rayarnos la cara cuando a estas edades se tiene un retrato de juventud en frente. Me refiero al dibujo al carboncillo con su rostro de hace cuarenta años guindado en la pared y que me contagió de su propia nostalgia, la que imagino, se le debe sentar a la poeta a un lado de su cama en sus noches solitarias. Aunque, esa tarde la descubrí mirando ese retrato con ojos agradecidos y hasta con una leve vanidad en la mirada por la exótica belleza de princesa indígena que muestra.
A la poeta me la había encontrado con tres de mis amigas hace unos diez años. Estaba sentada solitaria en una silla cualquiera en la propia entrada de la Casa de los Tres Mundos en Granada, un domingo antes de las diez de mañana, vestida algo deportiva, con los labios apenas pintados. Igual que mis amigas y yo, ella buscaba el programa del Festival de Poesía de Granada que comenzaría ese mismo domingo en la tarde. La vimos como a quien ve una estrella de cine, la saludamos con algún escándalo, la rodeamos, le pedimos autógrafos, la abrazamos, ella solamente nos sonrió intimidada, pero nos aceptó una foto con todas juntas. Esa vez tampoco se le escuchó la voz en el Festival, aunque a finales de noviembre de ese mismo año, con el Programa el Autor y su Obra del Festival Internacional de Poesía de Granada, se le rindió homenaje en Managua y la oímos al fin:
No soy mujer de multitudes/ Ni inevitable en sus círculos de amigos/Mis amigos son pocos, pero muchos/Vivo el drama de todos y me desnudo el alma/Cuando toca/Amo el vino callado/La palabra tranquila/Extraño de veras los poemas que no escribí /Así transcurre mi existencia en abandonos aparentes/Pero la vida me cuenta sus secretos.

Iniciando los años ochenta, había llegado a mis manos la primera edición, ya amarillenta, de uno de sus libros, Las ceremonias del silencio, de la extinta Ediciones El Pez y la Serpiente, que mas tarde editara la hoy inexistente también editorial Vanguardia. Después, casi en el 2005 había conseguido el otro, Poemas de lo humano cotidiano que en el 2004 publicó la editorial de ANIDE. Ambos poemarios los perdí por culpa de esas idas y venidas de mi vida: cambio de país, casa o marido, que siempre han terminado por menguar mis libreros. No hace mucho los busqué en las librerías de Managua y en algunas ventas de libros usados. No encontré nada, ni siquiera aparece su nombre en los registros que en EXEL tienen por autor o por título las librerías. Cuando fui a la primera de éstas y pregunté, ni un segundo dudó el vendedor en responderme: No, no la tenemos, solo el de Ana Frank y Ana Bolena de Robin Maxwell, me lo dijo con la convicción irrebatible de un experto que, yo no insistí mas. No está, mi dijo la joven vendedora de la otra librería quien tuvo dificultades para escribir su nombre: Ana Ilse, tecleaba en la PC y aunque la corregí con esperanza, no la encontró. ¿De qué país es ella? me preguntó cuándo agotamos la búsqueda por su nombre o título. De aquí, le contesté parca y decepcionada. Es que esos libros deben ser viejíiiisimos, imagínese que esa editorial Vanguardia es la primera vez que la escucho, me comentó. Con poca expectativa, la seguimos buscando en las estanterías de autores nicaragüenses y tampoco la encontramos. No me vencí y fui a la última de mis esperanzas, al Centro Nacional de Escritores: No, no, no la tenemos, me dijo la muchacha que atiende, solo la Revista Hilo Azul que está dedicada a ella. Gracias, ya la tengo, muy amable, adiós, le dije y me subí al carro derrotada. Así, en estos años, me he conformado leyéndola en las páginas de Internet: Wikipedia, la página de ANIDE y del CNE, los periódicos que la mencionan, varios blogs, artículos buenísimo sobre su poesía en PDF, entre ellos el de Nidia Palacio, Helena Ramos, Conny Palacios, Erick Aguirre, y de una gran cantidad de críticos y escritores relevantes del Nicaragua y el mundo. Además, en la revista Hilo Azul no. 14 dedicada completamente a ella y que, entre sus páginas, está esa larga y cálida entrevista que le hace Sergio Ramírez y Ulises Polanco en esa misma sala en que, de nuevo me permitió escucharla:
La que escribe no soy yo, sino la otra/Esa que viene del pasado asediada y urdida por sus fieles demonios y sus lívidos ángeles/No soy yo sino ella la que canta/ La que elige el azar y la clarividencia /ella la que dicta las palabras.
La semana que decidí buscarla, traté de identificar por distintas fuentes su teléfono celular. Nadie de los que consulté lo tenía a mano, otros no me devolvieron la llamada después de la promesa de buscarlo, y los más generosos me remitían a otras personas. Tuve la percepción que Ana Ilce no está registrada en los contactos personales de casi nadie, con la excepción del directorio del CNE que tiene anotado el convencional de su casa. Llamé a ese número el martes temprano, varias veces y no me contestaron. Llamé el miércoles y en la tercera llamada me respondió su hijo Marco Antonio y le expliqué porqué y para que quería verla. Que la llamara al mediodía, que no estaba, me dijo, llamé al medio día, tres veces seguidas y nadie respondió, volví a llamar a las tres de la tarde y el teléfono repicaba y repicaba hasta que al fin una voz, la de su sobrino Jaime y otra vez expliqué todo. Espere un momento, le voy a preguntar, me dice, si, por supuesto que la espero, le digo, y cruzando los dedos esperé, silencio total, no sé cuánto tiempo pasé con el celular pegado a la oreja, a tal punto que, en un momento creí que me habían dejado guindada. Seguí esperando y esperando, hasta que al fin, la voz de Ana Ilce: ¿Quién habla? ¿Qué desea? Yo con mi guiri, guiri, le explico todo de forma clara y breve. Es que yo no tengo libros míos, lo lamento y no doy entrevistas, me dice sin mucha convicción. Y luego comencé mi lucha hasta vencerla:

¡Es que yo no soy periodista, soy una de tus fan!/ Es que no hablo casi con nadie/ no importa lo del libro, pero quiero verte /es que no me gusta hablar de mí misma/es que te deben conocer los jóvenes/no, no, no me gusta/ tu poesía no debe quedar en el olvido/ es que yo no sirvo para esas cosas/ es que sos la primera en la poesía feminista en Nicaragua/ no, no, no, que casi no tengo tiempo/ si, si, si, por favor, unos minutos Ana Ilce, búscate el tiempo, el día que queras, a la hora que queras y donde queras/ bueno pues, pero no me grabes, ni me tomes fotos, solo un ratito/ te lo prometo, sin fotos, sin grabarte, solo un ratito, veinte minutos, gracias/ anota la dirección…/ ah sí, gracias.

Puede esperarla aquí, me dijo su sobrino Jaime quien me abrió la puerta y me llevó a una salita con pinturas religiosas de su padre, el pintor Sofonías Gómez Torres. En las paredes también vi algunas fotos de su madre Ana María Ortega y de sus hermanas, incluida Alba, fallecida en septiembre del año pasado. Me detuve en su retrato, el que le regaló la estadounidense C.P. Beaty después que se publicó su primer libro en 1975. ¿Puedo tomar fotos a los retratos y pinturas? Le pregunté a Jaime. Claro que sí, me dijo muy amable y me dejó sola esperando. Mientras tanto comencé a disparar a las paredes con mi teléfono. Su retrato salía mal en la foto por el reflejo del sol desde una ventana, vi para todos lados, lo descolgué de la pared sigilosamente, lo coloqué con cuidado sobre una silla donde no le diera el reflejo y le tomé varias fotos. En el último clic entró al fin la poeta después de unos ocho minutos de espera. Me agarró con la masa en la mano, pensé, y apenada como una raterita, puse el cuadro en su respectivo clavo. Lo siento, le pedí permiso a Jaime, le dije. No te preocupes, contestó tranquilamente, debo limpiar esas telarañas que se esconden detrás de los cuadros, me dijo viendo hacia las paredes con un aire relajado y doméstico. Yo respiré. La vi de pie, me invitó a sentarme, me senté y se sentó. Sonreía tímida, a sus pies se echó un perro mediano tipo retriver amarrilo llamado Remo, durmió todo el tiempo. Mis sentimientos fueron como los que seguramente sentiría Flavio si Batman o Super Man se le aparecieran de verdad alguna vez con sus poderosas capas y sus formidables botas. Ana Ilce, no tenía esa indumentaria espacial, ni antifaces con orejitas, solo su sobrio vestido de mujer adulta, sencillo, falda negra pero alegrada con las flores verdes de la blusa, su pelo corto todavía negro a pesar de algunas canas, un reloj en su muñeca izquierda y anteojos en su cara serena que me aquietó los nervios.

¿Por qué tan callada poeta? le pregunté después de los primeros quince minutos de estar sentada frente a ella hablándome sobre el retrato juvenil y las otras fotografías y pinturas de las paredes. Me había prometido no agredirla con una descarga de preguntas típicas, pero en un leve descuido cuando por su propia cuenta recordaba el Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres “Mariana Sansón Argüello” que ganó en el 2004, se las planteé todas apiñadas, como frutitas dulces que en un solo plato le puse sobre la mesa para que ella las tomara al gusto. Me refiero a tu silencio público, continúe, es como si te hubieras retirado de la poesía sin decir adiós, sin hacer ruido, como caminando para atrás con zapatos de enfermera. Estoy segura que has estado escribiendo todo este tiempo, vos lograste una poesía feminista en esos años de gran calidad y consistencia, fue traducida al ingles por editoriales británicas, he buscado tus libros y no es posible que no estén en las librerías, me he preguntado quienes te habrán influido, mucha gente que te admira pregunta por vos y otra, seguramente le encantaría conocer tu obra…

No me reclamó por las preguntas veladas, a esas alturas en que me había compartido su principal vicisitud que es su salud y el horrible estrés que le provocan los exámenes médicos, no temió exponerme sus pensamientos en voz alta. Detuvo un instante el movimiento de la mecedora, sonrió con cierto temor, clavó la mirada en la pared, luego se acomodó mejor en el asiento y como hablando para ella misma dijo: Me gusta estar sola y callada, siento una gran libertad. Ahí, la interrumpo para pedirle que por lo menos me deje tomar nota en mi libreta de eso precisamente que está diciendo y luego una foto para mi blog, solo una. Aceptó con un movimiento de cabeza y continuó:

Mi casa es como el útero de mi madre, me siento cobijada, me da seguridad y tranquilidad, y mi tranquilidad no la comprometo con nada ni con nadie. Toda mi vida he sido así, me gusta el silencio y estar aquí, en esta casa en la que nací y he vivido toda mi vida, y aunque ha sufrido transformaciones a lo largo del tiempo, igual que yo, es la misma. Me gusta esta tranquilidad, aunque los problemas nunca faltan. No me gusta salir más que para lo indispensable, aunque antes caminaba con más frecuencia por las calles de este barrio que tanto quiero. Ahora casi no, es diferente el ambiente, pero me encanta esta gente, es solidaria, tiene valores, hay quienes creen que Monimbó en un barrio de salvajes, pero no es así. Claro que es bravo cuando lo tocan, pero las personas son respetuosas y cálidas, me siento protegida y cuidada entre esta gente.
No me gusta la bulla, ni el alboroto, por eso ya no voy al Festival, ahí hay mucho movimiento y el mundo exterior me asusta. Pero yo no paso aburrida, a veces quiero estar calladita escuchando a Bach, otras veces oigo las canciones románticas de José Luis Perales y hasta el ballenato de Carlos Vives. Tal vez porque fui madre soltera de mis dos hijos, Marco Antonio y Rima Valeria, me volví una mujer fuerte e independiente. Cuando salgo no le pido permiso a nadie, solo digo “ay vengo” y ya está. Después de mi separación de Samuel Barreto, mucho antes que él muriera hace cinco años, me desacostumbré a vivir en pareja. Hay quienes piensan “pobrecita, vive sola”, cuando a una no la ven por mucho tiempo o te ven sin un hombre al lado, pero no saben que viviendo así me siento bien, porque es mi opción, es mi libertad. La gente es como los críticos literarios, dicen cualquier cosa.

Además, ya nada es como antes, ahora ya nadie apoya la poesía. Desde que se comenzaron a morir los que me animaron. Aquellos del grupo, aquellos maestros y amigos: Juan Aburto primero, luego Mario Cajina, Beltrán Morales, José Coronel Urtecho, Carlos Martínez Rivas, Pablo Antonio Cuadra que era el que más apoyaba, al menos a mí. Cuando comencé a escribir, me encantaba leer a la poeta Edna Millay, de Estados Unidos, fue una gran bohemia feminista, ganó el Pulitzer de poesía, a la primera mujer que se lo dieron, eso dicen. También leía mucho a Walt Whitman y Robert Frost, y bueno a todos los poetas y escritores norteamericanos de la primera mitad del siglo veinte. ¡Ah! y por supuesto que a César Vallejo, me encantaba, me encanta. Yo escribo ahora sobre todo de mis orígenes indígenas, de mis antepasados, por ahí andan mis papeles, les quedaran a mis hijos cuando muera, a ver qué hacen con ellos….

Una gran sonrisa en su cara y una mirada de reojo a su reloj, me dicen que me vaya. Me pongo de pie y se pone de pie. La veo nuevamente, su sonrisa temerosa al despedirme es más amplia y segura, más alegre, contenta de haber hablado supongo o porque ya me voy, no lo sé. Confirmo las señales del tiempo encima de su piel morena, por un instante me acuerdo de sus imágenes en Google leyendo, altiva, sus versos o su discurso cuando la nombraron miembro de Número de la Academia nicaragüense de la lengua en el 2006: una morenaza guapa, alta, grande, sencilla, inteligente. Observo sus manos, como hojas largas con sus nervios resaltados, se las tomo entre las mías para agradecerle, ella sonríe de nuevo y yo me subo al carro. Por la carretera seguí agradeciéndole por aquellos libros que ya no existen, por su poesía, por su poesía de mujer, por su gran poesía que quiero registrar en mi memoria, no en mi efímera masa cerebral, sino en ésta que es virtual ahora con nubes en el espacio. Así, tal vez las nuevas generaciones de poetas no se mueran creyendo que Ana Ilce Gómez no existió. Y también por Flavio cuando crezca, que pueda conocer su gran obra alguna vez, y que, igual que lo hace ahora con los cuentos de Batman y Superman, quedarse con los ojos pelados y con la boca abierta.

Hay muchas mujeres lapidadas a lo largo
de la historia.
Su vida fue de jaurías y de toros rabiosos
de sangre alzada
de mordeduras largas.

Mujeres que le devolvieron al mundo
la embestida,
que se inmolaron o tuvieron que matar
para seguir viviendo,
esas que en la hora más oscura
roturaron el campo con sus uñas
para que vos y yo pasemos.

Hondas mujeres
que quizás una lenta madrugada
marcharon al fuego o a la horca
por cosas tales como desordenar
el orden público
por inventar una nueva manera de descifrar
la vida
por tener voz
o por infieles
o ateas.

Ellas ya no están. Sus cabezas reposan
sobre un siglo o dos. Sus ojos
ya no existen.
Pero de ellas perdura una hebra sutil
un hilo ciego que sin saberlo
nos hace crecer y despertarnos en la noche
con unas ganas inmensas de vivir
de derribar todos los muros
de desafiar todas las hogueras
así como de amar y de pulsar
todas
toditas las guitarras de la tierra.

(Ana Ilce Gómez)

Entrevista en Masaya, Nicaragua 25 febrero 2017