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Martine Dreyfus: La piedra bocona (2004)


Por: Jorge Eduardo Arellano

Académico de la Lengua, escritor, crítico literario, investigador dariano.


La piedra bocona (2004)
Con un discurso narrativo tradicional, surgió en España otra reveladora vocación tardía, pero decidida y delicada: Martine Dreyfus (Managua, 1950). Sin sofisticaciones de escritora “de modé”, ni banaldiades de diva, Dreyfus ha publicado tres novelas cortas: El viaje a la vida (1997), Todo pasó en abril (2000) y La Casa de la Piedra Bocona (2004). A las tres las une un hilo de Ariadna: la nostalgia de su patria originaria y una visión no por exotista menos sincera, cristalina y autobiográfica. Además, un rechazo a la desesperanza, lo cual no le impide ser realista.

Pero La Casa de la Piedra Bocona contiene sus propios elementos. El principal de ellos, o cohesionador, es la construcción de un espacio mítico a partir de la llamada “Piedra Bocona”: una pequeña estatua precolombina, empotrada junto a la puerta de una antañona vivienda esquinera de Granada. Pues bien, Martine transforma esa vivienda en el hábitat mágico de una existencia burguesa —no exenta de tragedias— erosionada por el tiempo. No se circunscribe, sin embargo, a un ámbito local.

En la segunda y tercera parte, la trama se sitúa en Europa y Estados Unidos, exactamente en Nueva York, donde la autora describe el torrecidio perpetrado por el terrorismo talibánico. Por lo demás, mantiene el hibridaje léxico de sus noveletas anteriores (mezcla de vocablos hispano-peninsulares e hispano-nicaragüenses); la percepción elogiosa de Granada, Nicaragua; y la idealización de sus personajes. En este caso, un lustrador de zapatos (“El Chino”) y su familia: madre o mujer de la calle y hermanita (“la tierna”). Ambas fallecen de la misma enfermedad, después de sobrevivir en el rincón de un edificio posterremoteado cerca de la Avenida Bolívar.

Martine incorpora a los olvidados (en lenguaje buñuelesco) del mundo —quienes escarban en el basurero de “La Chureca” para obtener alguna especie de alimento podrido— desde una compasión cristiana, y logra una ficción que es y no es de novela rosa. Lo es porque “El Chino” recibe el amor de sus padres adoptivos y se realiza en la vida. Y no lo es porque en la noveleta subyace una profunda denuncia de la miseria humana, convicción a la que se debe esta frase no convencional: “A veces la vida es generosa”.

23 abril 2010


El Nuevo Amanecer Cultural (NAC). El Nuevo Diario. Managua, Nicaragua. 6 Marxo 2010.