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Rosario Aguilar: El mundo narrativo de Rosaro Aguilar


Por: Julio Valle-Castillo

Poeta, narrador, crítico literario, antólogo de la poesía nicaragüense


El mundo narrativo de Rosaro Aguilar
Modesta, tímida, como recluida en ese conventual y a su vez liberal León de Nicaragua, casi apartada del mundanal ruido, de nuestro medio artístico tan controversial, Rosario Fiallos Oyanguren de Aguilar (29 de enero de 1938) ha venido construyendo su mundo verbal a través de la narrativa, cuento y novela.

Un mundo decente. Uso el vocablo: Decente en su varia acepción: Pudor, decoro en la calidad, en la ejecución. Buenos modales. Correcto comportamiento. Acaso uno de los primeros mundos narrativos en la literatura nicaragüense, escrita por mujer; después vendrán los géneros feministas y su problemática, reivindicativos, exaltativos de la mujer, eróticas o confesionales, fantásticas, misteriosas, de género: Gioconda Belli (1948), Claribel Alegría (1924), quizá la única autora mujer del boom con Cenizas del Izalco., Gloria Guardia (1940), Irma Prego (1933), Milagros Palma, Isolda Rodríguez (1947), Mercedes Gordillo (1940), María Gallo, Gloria Elena Espinoza…. Rosario Aguilar data de los sesentas; se dejó oír a la vera de la lucha por la autonomía universitaria. Ventana fue su primer sello editorial.

El mundo narrativo de Rosario Aguilar tiene sus horas solares y sus horas oscuras, más bien tonos sombríos y luces. Quizá se divide en dos partes. Una subjetiva, en primera persona, introspectiva, kafkiana, psicológica, en la ficción de fines clínicos, compleja, que va de Primavera sonámbula (1964) a Aquel mar sin fondo ni playa (1970), pasando por Quince Barrotes de izquierda a derecha (1965). Otra, objetiva, anecdótica, autobiográfica, fundamentalmente histórica e historicista, más despejada, que va de Rosa Sarmiento (1968), la madre de Darío, y las 12 y 29, La Niña Blanca y los pájaros sin pies (1992), pasando por los 7 relatos sobre el amor y la guerra (1986), El guerrillero (1976) y unas espléndidas memorias noveladas y veraces de su madre, Soledad, tú eres el enlace (1995.). Narradora omnisciente o extradiegética. e intradiegética.

La niña Blanca y los pájaros sin pies, con más de cinco ediciones, recientemente reeditada por Hispamer, es acaso la novela más ambiciosa y lograda de este lado o polo de su mundo. Su temática histórica la ubica en uno de los círculos del actual novelar latinoamericano. La historia y sus protagonistas ofrecen una veta que se presta para indagar y revelar el ser colectivo latinoamericano: Bolívar en El General y su laberinto (1989) de García Márquez, Fray Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra, Pancho Villa, Ambrose Beer y la Revolución Mexicana en Gringo Viejo (1985) de Carlos Fuentes, el Emperador Maximiliano y la Emperatriz Carlota en Noticias del imperio (1988) de Fernando del Paso. Cristóbal Colón y sus amores con Doña Isabel La Católica de Alejo Carpentier o el mismo Almirante de Augusto Roa Bastos. William Walker, el predestinado de ojos azules espera su novelista entre nosotros. Sergio Ramírez ha hecho lo suyo, la crítica, la carnavalización, con el material, incluso, familiar, conspiraciones centroamericanas, la dictadura de los Somoza García, y algunos próceres, como el poeta nacional Rubén Darío y el sabio doctor y científico Luis H. Debayle, el periodista magnicida Rigoberto López Pérez, el galán envenenador Oliverio Castañeda y los peloteros: De tropeles y tropelías, (1972), Te dio miedo la sangre? (1977), Castigo divino (1988), Margarita está linda la mar (1998), Baile de máscaras (1994), Sombras nada más (2002), sin faltar la biografía y el testimonio, Mariano Fiallos Gil (1971), padre de la narradora y La marca del Zorro (1989), sobre Rubén o Francisco Rivera, el mítico guerrillero que participó en todas las tomas de Estelí. Historias tomadas y retomadas, elaboradas, releidas o interpretadas tanto para crear una literatura y sus propios arquetipos, como para definir, fijar, o sea, para crear o inventar una identidad siempre asediada.

Si La niña Blanca y los pájaros sin pies se hace a la historia también, es con una doble intención: desentrañar la presencia femenina en dos períodos cruciales, La Conquista y la Colonial, que tienen un signo cerradamente varonil, heroicos y aventureros, blanca, occidental, católica e imperial, y crear o asumir un múltiple personaje femenino, con franca voluntad de ser mujer y expresarse como tal. En este sentido, La niña Blanca y los pájaros sin pies se incorpora con derecho propio al conjunto de obras narrativas escritas por mujeres y sobre mujeres que han sido heroínas novelables. Pienso en Querido Diego, te abraza Quela de Elena Poniatoska, Frida de Rauda Jamis y Primero las damas de Guadalupe Loeza, esta última una colección de cuentos sobre Natalia Sedova, la mujer de Trostsky, y Frida Kahlo, la pintora surrealista esposa del muralista Diego Rivera, muy del realismo socialista, efímera amante de Trostsky y luego stalinista, para sólo citar tres títulos mexicanos. Entre ellos, la nicaragüense no desmerece ni está a la zaga. Se distingue. Aún más, se arriesga o remonta a épocas y culturas que demandan un trabajo de investigación arduo para inventar el intertexto (bibliografía y documentos coloniales, cantares indígenas) y suficiente capacidad imaginativa para localizarse en España del siglo XVI, Castilla del oro, Panamá vieja, La Antigua Guatemala, la Gran Tenochtitlán o México, León Viejo, la España y el México DF actuales.

De aquí que La niña Blanca y los pájaros sin pies, plantee juegos y lecturas donde el tan llevado y traído anacronismo no se mal versa y recupera encanto. Resulta que el periodista español –claro, tenía que serlo- es, visto en nostálgica perspectiva, como una suerte de cronista de Indias. Especie de Bernales, Oviedos, Herreras, Mártires de Angleria, que no escriben Cartas de relación sino que despachos vía internet, fax o cable hacia capitales hegemónicas, que no vienen armados de espadas y yelmos sino de computadoras, cámaras fotográficas y grabadoras. La veloz o fulminante asociación seduce. Ayer como ahora, en el siglo XVI como en los siglos XX y XXI, los cronistas, los periodistas que cubrían y a veces, se identifican con nuestra vida: terremotos, maremotos, erupciones, dictadores, insurrecciones, invasiones y elecciones. Y hasta la visita de los reyes de España, Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia con quinientos años de retraso, todo lo cual si no es real maravilloso o realismo mágico, es irreal o brutal. El periodista y/o cronista es el pretexto, para que la joven periodista nicaragüense, al contacto de un espacio fantasmal, mágico, se torne en un personaje múltiple, intradiegética y extradiegénico: Ella es todas: Isabel Bobadilla y Peñalosa, Beatriz de la Cueva, María Peñalosa, que son Doña Luisa, Doña Ana o la Niña Blanca.

Pero lo más interesante en esta galería de mujeres del siglo XVI tanto de España como de Las Indias, es que la autora y/o cronista o periodista nicaragüense, con ascendientes vascos, hija de una Oyanguren y López de Aréchaga, es que los personajes que asume con mayor prioridad y concreta mejor verbalmente son las mujeres indígenas. Doña Luisa, la única hija hembra del cacique Xicontenga, es quizás la clave de un destino un destino trágico: Querida o Amante burlada, abandonada, “chingada” como en México, del conquistador, encomendero, y generadora de hijos mestizos en la inestabilidad material e inseguridad legal del bastardazgo que ha marcado nuestra vida. Luchas y proezas en muchos casos. Ni indio, ni español ni criollo. Hay en el tratamiento de este personaje una identificación y conmiseración femenina con respecto a las indias que tuvieron que ser mujeres violadas o deslumbradas de los conquistadores, verdaderamente desgarrador. Es más conflictiva y dramática la personalidad de Doña Luisa que la de la misma Doña Isabel Bobadilla y Peñalosa, madre de Doña María de Peñalosa y mujer de Pedrarias Dávila, cuando deja su corte y la Península. Doña Ana, hija de Taugema, cacique de los pueblos macatega y tecolotega, y su búsqueda de la libertad en su tierra, es más patética que la misma Doña Beatriz la sin Ventura, cuya locura y viudez en el estallido del volcán del agua son estremecedoras (Tema, alñ parecer, muy querido en nuestra literatura. Véase El estrecho dudoso de Cardenal). Doña Leonor es la niña Blanca que provoca la magia en el relato, a ella, según la crónica indígena guatemalteca o maya, ante quien caían en tierra los que veían y a quien rodeaban los pájaros sin pies.

Otra vez la literatura opera por contradicción. Una española –claro está mestiza culturalmente hablando- asume o cala a la mujer indígena. Novela de personajes femeninos de suyo marginales, aunque sean españoles y de los personajes femeninos más marginales en tanto indígenas. En este particular, esta novela aborda el discurso indígena, no indigenista, de nuestra literatura y con acierto y novedad. Se ha dicho que el realismo mágico tiene una fuente occidental o renacentista en las cartas de relación, crónica y naufragios, pero nunca se había señalado como en esta novela corta y a su vez aprovechado su fuente o prefiguración indígena. Esos pájaros sin pies pertenecen al universo cosmogónico prehispánico. Novela corta, como casi todo lo de su autora, que en el uso y abuso de los puntos suspensivos, sugiere, hace sobre entender, lo dicho, su decir decoroso, pudoroso, que nos aproxima al misterio. Se calla lo que bien se sabe, no lo que ignora. La sonrisa tímida, cómplice de la inteligencia.

Managua, noviembre de 2010.

Nuevo Amanecer Cultural. El Nuevo Diario. Managua. Sábado, 18 Dic. 2010. 3 febrero 2011