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Isolda Rodríguez Rosales: Nueva temática, en estilo femenino: La casa de los pájaros, de Isolda Rodríguez Rosales


Por: Amadeo Albuquerque Lara

Lingüista, catedrático UNAN y UCA


Incursionar en La casa de los pájaros es entrar en el paraíso terrenal del presente, pasando primero por el umbral del paraíso metafísico hacia la libertad. Los visitantes de esta casa viven la ansiedad de estar en la tierra, con un paso hacia la metamorfosis o “zoomorfosis”, como la misma autora califica este estado en que se sale del cuerpo y se adopta la morphé de los griegos o el karma de los hindúes.

La narrativa de Isolda Rodríguez Rosales es el mismo espíritu femenino buscando la entrada hacia un mundo distinto, maravilloso, aunque no idealizado. Es el espíritu femenino tomando formas de mariposas, de abejas; es el espíritu que entra en el “habitat” de los búhos de cristal a entablar una conversación en la que el logos se acerca tanto a lo desconocido que a veces quisiéramos descubrir el velo para compartir ese mundo de “Los seres de luz”.

Isolda ha volcado sobre sus cuentos, el sophos y la meaphsiké sacada del cúmulo de conocimientos adquiridos durante largas sesiones en las que no solamente ha leído a los autores clásicos y contemporáneos, sino que los ha entrevistado, ha conversado con ellos y ha sacado una exquisita quintaesencia, para compartirla con sus lectores – o a lo mejor ella preferiría llamarnos sus oyentes, al estilo de Sheretzada o de los juglares de los albores del romance castellano.

Entrar en “El cuarto olvidado” es “traspasar la barrera del tiempo”, para ver sobre la mesa de noche a “Cristo, iluminado por un rayo de luz, orando en el Huerto de los Olivos” y ver al “Niño Jesús de Praga”, que aún sostiene al “mundo en su mano”. Es querer escaparse de este kosmos tan lleno de limitaciones físicas, para encontrarse con ese mundo increíble, para sentirse transportado en el espacio.

Despertarse convertida en mariposa debe ser una experiencia inolvidable para quien prefiera volar hacia la libertad, o sentirse colaboradora con las abejas, en un mundo en donde cada quien tiene su propio trabajo. Como también feliz es la experiencia de soñarse convertida “en una minúscula de polvo que vuela libremente por las más remotas galaxias del Cosmos infinito”.

Para quien ha vivido “con gran libertad”, estar prisionera es la agonía por adorar “al dios-sol”. Es la agonía por vivir en la época de Quetzalcoatl, cuando no se “conocía la codicia ni la envidia. Al contrario, todo lo compartían y tenían leyes sabias”; o como en los días de los apóstoles, cuando todas las cosas eran comunes para todos. Sentirse prisionera es pugnar por la libertad innata de los seres humanos, pero que perdemos ante las violaciones de los tiranos.

Leer La casa de los pájaros es pasar revista por una galería de símbolos esotéricos. Es vivir el símbolo de la amistad en su esencia misma, sin la contaminación terrena, sin el orgullo vano: es vivir fuera de la eterna lucha entre el bien y el mal”, que nos arrastra hacia el sentimiento fratricida de los caínes que asesinan a sus abeles. Es compartir con Neruda y Borges el deseo de desterrar el veneno y el odio hacia la humanidad. Es como trabajar para que todos vivamos en un mundo de hermandad, pero más que todo, de amistad.

En este simbolismo místico que nos envuelve en las páginas de La casa… gustamos los colores como si fueran música y la música, como si fueran colores. Entre los colores, predomina el violeta y el amarillo, colores que son preferidos por la cabeza visible de la Iglesia Católica, colores que reprendan la nobleza, la sublimación del alma. Entre el simbolismo de la música, descubrimos una gama de compositores y aires musicales desde Bach hasta “El solar de Monimbó”. En las preferencias por la lectura nos paseamos desde los cuentos encantadores de Las mil y una noches, escuchando a Sheretzada, hasta “Don Quijote de la Mancha”, escuchando las ocurrencias de Sancho Panza, cuando responde a su idealismo ingenuo.

Los personajes que toman vida en este libro, posen el arte adivinatorio. Cualquiera de ellos pude ver “una rara estrella” en la cara de un bebé o tener el presentimiento de que “Liz realmente no pertenecía a este mundo”; o la premonición de que “la habían visitado seres etéreos para comunicarle algo”. Es oír a Ceferina decir que “una punzada en el pecho la mantuvo angustiada durante todo el día” porque “tenía un mal presentimiento” de que a “Matías le pasó algo”, pues “Ceferina de los Ángeles tuvo desde pequeña la `propiedad de presentir hechos especiales”.

Finalmente, aunque sin agotar el caudal que fluye sobre el lecho de este río encantador, se mantiene también una protesta no sólo contra el odio y la muerte, sino contra los que no trabajan ni dejan trabajar. Pues se lamenta mucho de que Apolinar haya visto frustradas sus aspiraciones de ser ingeniero por el secuestro de parte de un “hombre fuerte y encapotado”, en la oscuridad de la noche, “lo obligó a cabalgar detrás de ellos”, pero que por las selecciones del destino, fue capturado por el resguardo, confundido como bandido.

En conclusión, La casa de los pájaros no solamente está llena de estas aves que charlan, no solamente de búhos prisioneros en sus nichos de cristal o en alfombras de pieles de llama, sino que también e una casa llena de sentimientos de amistad, de amor, compasión por el no goza de libertad; pero, más que todo, está llena de un simbolismo metafísico que sólo puede entenderse pasando las páginas de cuantos libros han enriquecido el contenido de estos cuentos mágicos.

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*Doctor en Filología. USA. Lingüista, catedrático universitario (UNAN y UCA) autor de varios tratados de lingüística.

Leído en la presentación del libro en 1996 en Managua. [La casa de los pájaros. Managua, Anamá, 1995]. 20 mayo 2010