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Isolda Rodríguez Rosales: Nueva mirada en tres cuentos bíblicos de Isolda Rodríguez Rosales


Por: Amadeo Albuquerque Lara

Lingüista, catedrático UNAN y UCA


Isolda se ha distinguido por sus obras narrativas las cuales pueden clasificarse, por lo menos, en tres campos: textos escolares, historia de la educación y cuentos en el área de género. Últimamente, como resultado de sus lecturas bíblicas, ha incursionado en algunas historias de mujeres que han dejado huellas en el Canon Hebreo. Y estas incursiones las ha hecho con el propósito de reivindicar los derechos femeninos pisoteados por el orgullo varonil.

Ha penetrado por la puerta de la historia que está forrada por un espejo, pero no al estilo de Alicia que se introduce en él, sino que ha visto la historia reflejada a sus espaldas y, por lo tanto, ha visto los hechos en la perspectiva de la mujer y de esta manera nos cuenta “la otra historia”. Quisiera comentar tan sólo tres de esos cuentos: “Jezabel”, “Todo por la ley” y “La otra historia”. Los tres cuentos están basados en la vida y obras de mujeres que lucharon con valentía aún en contra de la corriente impulsada por el poder machista.

La historia de Jezabel, narrada en la Biblia, comienza con la muerte del rey Salomón y la consecuente división del reino en dos: el norte y el sur. (I Reyes, 11: 31ss) Diez tribus formaban el reino del norte, llamado “Israel” y dos tribus, el reino del sur llamado “Judá”. Jeroboam (933 – 911 A. C.) fue el fundador del nuevo reino del norte y para mantener la separación, adoptó el culto al becerro de egipcios. En cambio, el reino del sur, Judá, ratificó el culto a Yavé. (I Reyes, 12)

Después de la muerte de Omri, rey de Israel, quien reinó entre los años 886 y 875 A. C., ascendió al trono Acab que reinó entre los años 875 y 854 A. C. por 22 años (Halley’s Bible Handbook, 1965). Acab se casó con Jezabel, una princesa sidonia, devota de Baal, culto que había sido introducido entre los hebreos por los cananeos muchos años antes.
Jezabel construyó un templo en Samaria en honor a Baal y Ashera. Mantenía a 400 profetas de Baal y 450 de Ashera. Por tal acción, el profeta Elías detestaba a Jezabel, amonestaba a Acab y éste a su vez lo buscaba para matarlo. En este relato se enfrenta Baal contra Yavé. Esta es una historia, la contada por los autores bíblicos. La de Isolda es “la otra historia”, porque también ella ha titulado así su cuento acerca de Sansón y Dalila.

Isolda ha querido reivindicar a las mujeres de la Biblia, quienes no tuvieron la oportunidad de ser escuchadas por los líderes de aquella época. Isolda habría querido que sus heroínas fueran sacerdotisas, intérpretes de la Ley de Moisés, administradoras de la justicia para que hubieran defendido a las víctimas de lapidación. Pero como cronos es irreversible, la literatura ha hecho posible que aquellas mujeres tomen vida a tres mil años de distancia y se conviertan en narradoras protagonistas. Son ellas mismas quienes nos relatan su historia en primera persona, por medio de las teclas pulsadas por los dedos de Isolda.
Comenzaremos nuestro análisis con “Jezabel”, la princesa sidonia elevada a reina israelita, gracias a su matrimonio con Acab. Este rey había sido criado conforme a la observancia de la Ley de Moisés. Jezabel, por otro lado, era una ferviente devota de Baal y Ashera. Por eso, la primera oposición entre religión y mujer, queda expresada en la “impureza” de la menstruación y el parto tal como era vista en la Ley de Moisés, y la piedad de Ashera por la mujer.

“Jezabel” dice: «’Impuras’ nos llamaban, y no nos permitían acercarnos a ellos. Sólo Ashera, madre nuestra, se apiadaba de nuestros sufrimientos por la soledad en que vivíamos.» El primer par de oposiciones se materializan en «el hilo de sangre que corría entre nuestras piernas» y los «ríos rojizos y espesos» de los sacrificios de animales y aves. El libro de Levítico estatuye: «La mujer cuando conciba y dé a luz varón, será inmunda siete días; conforme a los días de su menstruación.» (Lev. 12:2).
El libro de Levítico 8:14–15 legisla: «Luego hizo traer el becerro de la expiación, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del becerro de la expiación, y lo degolló; y Moisés tomó la sangre, y puso con su dedo sobre los cuernos del altar alrededor, y purificó el altar; y echó la demás sangre al pie del altar...». Por eso nuestra narradora afirma que esa sangre le produce asco. «El olor a la sangre» de los sacrificios era la ofrenda ante el altar del Señor que la narradora no quería ofrecer si se convirtiera en sacerdotisa. Aunque ella hubiera querido servir al Señor Yavé convertida en sacerdotisa, los líderes religiosos regidos por las leyes levíticas, no se lo permitían por el hecho de ser mujer, y el olor a la sangre, se lo impedía a ella por razones personales.

La denuncia de Jezabel consiste en el hilo de sangre “impura” de la menstruación, contra los ríos de sangre, asquerosa para ella, dedicada en olor de santidad a la divinidad hebrea. Lo mínimo y lo máximo se oponen por conceptos de género: la ley de los hombres, en representación de la divinidad, contra la discriminación de la mujer que no le permite ni entrar al templo en los días en que el hilo de sangre corre entre sus piernas. «Entonces fue cuando fui perdiendo el entusiasmo de ir al templo», nos lo revela Jezabel.

El otro par de oposiciones se manifiesta entre la rigidez observada en el templo del «Innombrable YHVH» y «lo alto del monte Horeb». Mientras los hombres la echaban del templo y del mismo monte Horeb, el ángel de Ashera la reconfortaba cuando ella subía a orar. La otra oposición se establece por el tipo de sacrificio. Mientras a YHVH se le ofrece sangre de animales, Jezabel le ofrece «cereales, flores, trigo, higos y encendía el incienso... » a la diosa Ashera .

Otra oposición se da en el mismo matrimonio mixto: Acab, perteneciente a un pueblo profundamente adorador de un Dios, YHVH, a quien los israelitas no se atrevían a nombrar, ahora unido a una princesa “pagana”, adoradora de Baal y Ashera. Ambas divinidades eran antagónicas y quienes las adoraban se consideraban enemigas entre sí. El profeta Elías representaba al más puro culto yaveista, mientras que Jezabel guiaba a su marido Acab al culto de Baal y Ashera. «A partir de la acusación de Elías, decidí visitar a Ashera antes del amanecer.» Juntos erigieron un templo a Baal en Samaria y juntos se convirtieron en los más puros adoradores de Ashera, la defensora de los derechos de las mujeres. «Al parecer, a Acab no le molestó mi devoción por Ashera. Seguí con los ritos acostumbrados y él también decidió no volver al templo.»
La firme disposición de mujer a enfrentar el acoso religioso en contra de sus principios, se revela en sus palabras: «Ante el acoso del anciano yo respondo. ¿Qué delito existe en defender lo que creo? ¿Por qué debo cambiar mi fe ancestral? ¿Quién me asegura que Ashera y el mismo Baal son falsos dioses?». Estas preguntas no necesitan respuesta. «Estoy dispuesta a defender lo que creo verdadero». Esta es palabra de mujer y no importa la imposición de la ley de los hombres. He aquí el espíritu femenino encarnado en Isolda, quien a su vez, se convierte en la Jezabel de la otra historia. He aquí la disposición de la mujer por hacer valer sus creencias.

El segundo cuento se intitula «Todo por la ley» y es la reconstrucción del pasaje bíblico acerca de la “mujer adúltera” a quien los religiosos iban a lapidar por haber sido hallada en el mismo hecho del adulterio. Isolda reconstruye este texto de la siguiente manera. «Todo sucedió porque había entrado en el patio de Eleázar. Pasaba por enfrente, tenía sed y vi el pozo.» Uno de los fariseos llamado Moshes la ve que sale de la propiedad de Eleázar e informa el hecho al resto de los líderes farisaicos. «Entonces escuché los gritos: ¡Vean: una mujer sale ocultándose de la casa de Eleázar!» Hay que destacar la discriminación contra la mujer que sale de la casa de un hombre que no es su marido, no importaba si estaba sedienta, cansada o asoleada. El hecho es que sale de la propiedad de un hombre.

«Me llevan donde Josué, Moshes le repite la historia: esta mujer salía oculta de la casa de Eleázar, no se sabe qué estaba haciendo,...». Lo grave es que a esta mujer, por ser mujer, la llevan arrastrada por las calles, la multitud se aglomera, el sastre da su opinión y todos dudan de la palabra de la mujer. «Intento explicar que sólo entré a buscar agua, pero no me dejan. ¡Mujer necia! Escupe Josué.» La llevan donde el sacerdote que en ese momento estaba haciendo sus oraciones. «El sacerdote me mira, tira del manto con que me cubro y lo rompe, se sacude los cabellos, gira los ojos enloquecido, me empuja, revisa, escudriña y finalmente me pregunta ¿qué hacías con Eleázar? Trato de explicar que no he visto a Eleázar, que sólo entré a beber agua, pero los gritos, las bofetadas, los insultos llueven sobre mi cara.»

Cuando Simón decide darle a beber el elixir de la verdad, otra mujer, Ruth, que ha estado oyendo a escondidas, le propone a su marido Simón que mejor la lleven ante el “Maestro de Galilea” para que por cualquier decisión, la culpa sea de él. Ruth «no puede intervenir en las decisiones de los hombres, pero con astucia propone.»

La pobre mujer va «Nuevamente a la calle, a rastras, me tiran de los cabellos. La muchedumbre ha ido creciendo. Los carniceros, herreros, comerciantes que estaban en la calle, al oír la acusación, se acercan excitados por la posibilidad de participar en una ejecución y gritan: ¡Hay que lapidarla!» El final trágico es inminente. Todos han dado su veredicto condenatorio contra la mujer. Solamente esperan la sentencia del Maestro Jesús para ejecutarla. La mujer nos expresa lo que está en sus pensamientos: «Ya casi siento los golpes en mi pecho, quiero ocultar el rostro para que las piedras no me den en la cara. Sangro de las manos, uñas y rodillas, pronto moriré.»

Ahora se encuentra ante el Galileo. Él decidirá. «Ruth se acerca a su esposo y le susurra ¡deja que el Maestro dé la orden!» La multitud tiene las piedras en las manos para lanzar la primera piedra al momento de oír la orden de apedrearla. Pero el Maestro de Galilea escribe en la tierra. No se sabe qué palabras son, pero todos están a la expectativa. El Galileo responde: «Sí, sé que es la Ley y tal vez, sólo tal vez, la mujer tenga culpa. Ustedes han decidido lapidarla. Está bien: El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra...»
Con estas palabras textuales finaliza el cuento. Los comentarios de la narradora ya no hacen falta. El mensaje está dado.
El tercer cuento se llama «La otra historia». Se trata de Sansón y Dalila contada bajo la perspectiva de la mujer. Dalila, a quien la narradora no da a conocer por su nombre –ni tampoco revela el nombre de Sansón–, es fácil inferirlos tan sólo con leer los hechos. «Siempre me gustó jugar con sus cabellos algo ásperos y ensortijados que le caían hasta la espalda.» Así comienza el segundo párrafo, pero hasta este momento el lector no puede saber exactamente a qué personaje se refiere. Al final del tercer párrafo nos ofrece una pista: «Esa noche, mis almohadones quedaron aplastados bajo el peso de aquel coloso hebreo.»
Aunque su raza lo consideraba enemigo, esta mujer que estaba destinada a ser sacerdotisa, pero que se rebeló contra esa suerte, expresa: «Era libre, pues, para escoger al hombre que me agradara, y este, además de lucir muy bien con su masa de músculos, era peligroso y convenía tenerlo como amigo.» Era tan fuerte, que se escuchaban rumores de ser vengativo y peligroso. «Los hombres juraban que lo habían visto despedazar un toro sólo con sus manos.»

Pensando retrospectivamente, la narradora comenta: «Todavía guardo, no sé por qué, en un saquito junto a mi seno, aquellas guedejas negras que enmarcaban su cara de oso salvaje con ojos de tigre, amarillos y claros con el reflejo de las arenas de su tierra.»
La narradora exalta de manera hiperbólica sus virtudes, que lo convierte en un personaje mitológico, al estilo del Cid Campeador. «Su fuerza, se decía, era ilimitada y era capaz de aniquilar ejércitos enteros si se lo proponía.» Pero no se identifica a ese ser mitológico. Sólo se encarga de amontonar hechos inusitados, tales como: «algunos contaban que lo habían visto tirar de una carreta cargada de piedras, otros afirmaban había arrancado de cuajo el árbol de laurel, que se había hecho viejo a las orillas del riachuelo... Muchos creyeron que fundía carbones y los transformaba en diamantes, otros, que transportaba montañas, movía lagos, lagunas, y que realizaba el trabajo de mil hombres.» He aquí un rasgo literario muy propio de la tradición oral, al estilo de la leyenda mejicana, «La mulata de Córdoba» de quien todos los que la conocían aseveraban que «la habían visto volar por tejados en forma de mujer... De ella se referían prodigios» (México viejo, 1979).
Pero nuestro personaje bíblico, que nos narra los hechos bajo su único punto de vista femenino, tiene un propósito diferente que no es el narrado por el escritor bíblico. Nos asegura: «Me propuse comprobar si lo que decían era cierto, mas no sabía que jugaba con fuego.» Tanta fuerza no era natural en un ser humano, por lo tanto, «Pero, ¿de dónde provenía tal fuerza?» Después de tantas respuestas con evasivas, nuestra mujer le pregunta si no la ama, que por qué le miente.

Una noche, después de una de tantas «tormentas que estremecían el desierto y mi tienda quedaba como embestida por mil demonios, después de que su furor se había aplacado», ella se puso a reflexionar que aquella fuerza descomunal no podía tener origen divino. Nos enfrentamos nuevamente con el mismo recurso hiperbólico, para imprimirle mayor fuerza narrativa. Y para explicarnos su sinceridad, nos relata que había algo que «le restaba encanto a su cara y después de mucho reflexionar pensé que seguro era el pelo descuidado y salvaje.» Ninguna mal intención la condujo a cortarle el cabello. En ningún momento quiso vengarse del hebreo a favor de su pueblo y de sus creencias.
Aunque la narradora nos ha ocultado sus nombres, los hechos han descubierto el velo y hemos identificado quiénes son estos dos misteriosos personajes. Lo que ha cambiado es la perspectiva y trasfondo histórico. «Nada sucedió como cuentan los ancianos. Sólo quise amarlo como un dios, pero los hombres no soportaron la envidia y lo humillaron para vengarse.»
La otra historia nos presenta a una amante locamente enamorada que quiso perfeccionar a un dios que la hacía estremecerse junto con las montañas a la hora del furor. Ahora esa amante solitaria vive con su recuerdo. «Por las noches saco el saquito de mi pecho, lo beso, cuento uno a uno los cabellos y lo guardo nuevamente.» ¿Que fue por hacerle daño, que fue por vengarse de los hebreos, que fue por humillarlo delante de su pueblo? Dejemos que ella nos conteste: «Te lo juro, hermana, nunca quise hacerle daño.» Notemos que el diálogo ha sido entre dos mujeres. A la otra le llama hermana.

Isolda ha sabido entretejer las historias de mujeres con el hilo femenino, que al contrario de Penélope, quien tejía en el día y destejía por la noche, Isolda ha sabido tejer con los hilos de la historia para que jamás se destejan y para que jamás se distorsionen. Sus mujeres narran los hechos tal como sucedieron, para elevar su protesta por haber sido víctimas de la Ley inventada, interpretada y ejecutada por los hombres. Ojalá que mujeres y hombres impulsados por la ley del amor, decretemos leyes justas, las interpretemos y las ejecutemos con igual rigor tanto para las mujeres como para los hombres.

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*Doctor en Filología. USA. Lingüista, catedrático universitario (UNAN y UCA) autor de varios tratados de lingüística.

Leído en el I Congreso Centroamericano de Escritoras Centroamericanas convocado por la Asociación Nicaragüense de Escritoras (ANIDE), Managua. Sede: Universidad Centroamericana UCA. Marzo del 2002. 20 mayo 2010