critica_literaria


Isolda Rodríguez Rosales: Isolda Rodríguez Rosales en la Academia Nicaragüense de la Lengua


Por: Julio Valle Castillo

poeta, narrador, crítico


Isolda Rodríguez Rosales en la Academia Nicaragüense de la Lengua
Discurso de *Julio Valle-Castillo respondiendo al discurso de ingreso de Isolda Rodríguez R.

I

ESTA sesión pública y solemne de la Academia Nica¬ragüense de la Lengua, quiero pensar que contiene un doble reconocimiento. Primero: ratificar la presencia femenina en nuestra institución, incorporando a la señora doctora doña Isolda Rodríguez Rosales, quien viene a sumarse a los nombres de la primera poeta recibida en nuestra casa, doña Mariana Sansón, ya fallecida, las narradoras doñas Rosario Fiallos de Aguilar y Gloria Guardia de Alfaro, las poetas doñas Ana Ilce Gómez y Gioconda Belli y las críticas doñas Nydia Palacios, Conny Palacios y Claire Pailler, esta última una amiga francesa muy interesada en la literatura de Nicaragua.

Y segundo, rendir por tácita iniciativa de la señora Rodríguez Rosales, un tributo póstumo a nuestro narrador, Lizandro Chávez Alfaro (1929-2006), al disertar sobre su obra fundacional: Trágame tierra, o la desacralización de la historia, homenaje al cual nos adherimos todos los académicos; sus admiradores, sus amigos y compañeros. La enfermedad y muerte de Chávez Alfaro no nos dispensaron incorporarlo con los merecimientos del caso. Recuerdo que fue una sesión vespertina, íntima casi, familiar y en su casa, cuando el dolor lo disminuía, humillaba su dignidad de criatura hecha a soportar y enfrentar tragedias y durezas de la existencia con extremo pudor, y congelaba la alegría de aquel diciembre de 2005, de tal manera que me ofrecí en mi interior silencioso no volverlo a ver más, a pesar de nuestras amistades, de nuestra convivencia fraterna, alegre, espirituosa en Masaya, Costa Rica, Managua, El Rama, Bluefields, México D.F., Xalapa, Naolinco, Veracruz… atendiendo el consejo del poeta Salomón de la Selva:

El dolor es violencia, viento impúdico
que desviste, que arranca túnicas y velos,
que exhibe las flaquezas;
y es de las almas nobles, de los espíritus finos,
sentir ese pudor (…)
(…)
No mirar la mueca de los que están sufriendo…

A pesar de que no he podido ser alma noble ni espíritu fino, quede constancia. Cumplí. No me dejé verlo más, y ni pude concurrir a su velatorio y funerales porque para entonces yo estaba enfermo: mi dolor se duplicaba.

A pesar de magníficos suplementos culturales y secciones dedicados a su persona y obra, Nuevo Amanecer Cultural, La Prensa Literaria y Atlas e inventario de la cultura nicaragüense (2007), desde la muerte de Chávez Alfaro, Lunes Santo, abril de 2006, no le hemos rendido un homenaje digno ni en los centros culturales ni en las casas de estudio… La doctora Rodríguez Rosales, conocedora de esta deuda profesional y afectiva, nos convoca a hacerlo esta noche. Conciencia de ella que fue la última editora cuidadosa y comentarista de sus dos postreros libros: Hechos y prodigios (1998), minicuentos que vuelven por su estilística densa, piezas breves, retratos, relatos y Columpio al aire (1999), novela muy diáfana, en la que carnavaliza la reincorporación de la Costa Atlántica a la geografía política de Nicaragua. La coincidencia ha querido que este homenaje se realice cuando hace apenas unas semanas atrás el mundo físico de Chávez Alfaro, su Atlántico, mejor dicho su Caribe, padeciera un huracán devastador, destruyendo el medio ambiente, el paisaje de palmeras, las casas, sus habitantes, nuestras más antiguas etnias y sembrando aquel litoral de mayor miseria, cuando contradictoriamente es rico en recursos naturales, minas, selvas…. Es pues, un acto de solidaridad humana, de nacionalismo, de pluralidad para con nuestro otro costado disertar esta noche sobre Chávez Alfaro, quien nacido en Bluefields (octubre de 1928) siempre se sintió y sintió por los misquitos, los ramas, los mayagnas, los criollos, los asiáticos comerciantes y restauranteros; ciudadano de la cuenca del Caribe americana, más que nicaragüense; criatura de aguas saladas y agitadas, de ríos sagrados y caudalosos, acostumbrado a tormentas, tornados, más que a la tierra firme; proclamaba que el modernismo se había gestado en el Caribe: José Martí, Julián del Casal en las Antillas, Salvador Díaz Mirón y Gutiérrez Nájera en Veracruz y México, Rubén Darío en Nicaragua y José Asunción Silva, en Colombia. Costeño, de los otros criollos y escritor de esta familia que entrelazaba y superaba como un caldo suculento del mare nostrum el inglés de William Faulkner, acaso su autor predilecto, el español del colombiano Gabriel García Márquez, de los cubanos Alejo Carpentier, José Lezama Lima, el portugués de Joao Guimaraes Rosa, el holandés y francés insulares, etc. Que sea este acto un reconocimiento a la mujer intelectual y no intelectual, marginada por el patriarcado, en la doctora Isolda Rodríguez y un cálido y práctico abrazo a nuestro Caribe flagelado, en Lizandro Chávez Alfaro.

II

Incorporamos a la doctora Rodríguez Rosales por sus cuatro décadas consagradas a la docencia que trazan una trayectoria siempre ascendente, acaso por fidelidad a la herencia paterna —su padre fue un profesor ejemplar—; una mujer que ha dedicado más de la mitad de su vida a la academia, quiero decir, al estudio, la investigación, una amplia y constante formación, porque ella no sólo ha sido catedrática de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua y la Universidad Centroamericana, sino crítica literaria, historiadora y creadora.
Como crítica literaria se ha ocupado de la poesía, narrativa y otros géneros, el testimonial y el biográfico; autora de dos libros necesarios: Una década de narrativa nicaragüense (1999) y En el país de las alegorías (2006) donde indaga Río hasta el fin de Ángel Martínez Baigorri, S.J; el deísmo y de adjetivación de José Cuadra Vega, la picaresca de Vida y amores de Alonso Palomino de Carlos Alemán Ocampo, el pensamiento mágico en la novela El Obispo de Milagros Palma, la búsqueda del Amor Divino de Michèle Najlis, los conciertos polifónicos, los esperpentos y la carnavalización de Sergio Ramírez en las novelas Castigo divino, Baile de Máscaras, Margarita está linda la mar…; el mito en la edad tecnológica de Gioconda Belli y las memorias de Mercedes Gordillo.

Como escritora es conocedora del rapto y del oficio y sabe penetrar en sus galerías divinas y terrenales escribiendo una serie de relatos cortos y mágicos sobre personajes alados, seres de luz, misteriosos y celestiales y con conciencia y ejercicio de género, ha revelado y recreado fisonomías y psicologías de los per¬sonajes femeninos de su memoria y de su infancia, La casa de los pájaros (1995) y Daguerrotipos y otros retratos de mujer (1999).

El poeta y crítico, Iván Uriarte ha valorado Daguerrotipos y otros retratos de mujer como:

un conjunto de humanos y valientes textos, donde la lucha de la mujer por encontrar su identidad, la vuelve un ser que confronta una realidad adversa para ocupar un digno en ella (…). Es un libro que, fuera de toda consigna feminista, rescata la dignidad de la mujer a partir de una dinámica de lucha de clases, para mostrarnos un proceso dialéctico que llena y amplía el vacío de una verdadera historia de la mujer, que no se había escrito todavía.

Como historiadora, se ha hecho a la empresa de escribir la historia de la educación en Nicaragua con todo un aparatage objetivo, documental idóneo y estadístico que desmitifica e ilumina este proceso del siglo XX: La educación durante el liberalismo en Nicaragua (1998), Historia de la educación: La restauración conservadora en Nicaragua (2005) e Historia de la educación en Nicaragua, 50 años en el sistema educativo 1929-1979 (2007).

Y como catedrática ha tenido la sabiduría de formar y no cesar de formarse; sabe enseñar y organizar cursos y maestrías, suscribir además libros de texto: Español I (1979), Español para la Facultad preparatoria (1981), Textos de apoyo de Español (1980), Curso de lengua española (1995 y 1996) y La expresión escrita, con cinco ediciones (1994, 1995, 96, 97 y 2003). Cuenta con cursos de doctorado en la Universidad de Madrid, Sevilla y Málaga, especializándose en la poesía de Rafael Alberti, uno de los grandes de la Generación del Centenario de Góngora y múltiples cursos, seminarios y diplomados sobre filología, semiótica, pedagogía, sexismo, en la UCA, en la UNAN, en la Universidad del Valle de Guatemala, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Quito y Washington, D.C.

Es decir, que estamos incorporando a toda una mujer de cátedra y toga, y con la triple jornada de ser esposa, madre e intelectual. Esposa de un poeta que dejó de publicar pero quizá no de escribir, Paul Tiffer, miembro del Grupo EME, en aquella eclosión poética de los sesenta, Félix Navarrete, Luis Vega Miranda, Arsenio Espinoza, Ciro Molina y Jacobo Marcos; y madre de dos jóvenes profesionales, Paul Elliot y Guillermo Leonel, este último quemado con la brasa de la literatura, pues es un temprano narrador.

Una mujer no sólo con las erres de sus apellidos, cómo lo ha recordado ella a propósito de su sillón, sino con las erres de escritora, profesora, madre y compañera. Compañera solidaria no sólo con el esposo, sino con los amigos y amigas en crisis, en circunstancias difíciles o trances afortunados. Nada mezquina ni reconcomida por la envidia. Siempre atenta de la salud de los demás, siempre atenta de nuestros desequilibrios y emergencias, generosa y servicial, devota de las obras de nuestros clásicos, como Rubén Darío, Pablo Antonio Cuadra y Ernesto Cardenal o contenta por nuestras publicaciones u obras recién editadas. Cómo no agradecer sus reseñas y comentarios, resaltando los aciertos y obviando las erratas y las imprecisiones. Deslumbrada y entusiasmada más por el acierto que por el error, encarnando aquel refrán oriental: “Los buenos dicen bien, los malos dicen mal” o aquella lección de Ernesto Mejía Sánchez, “Siempre somos mejor de lo peor que somos”.

Cómo no recordar su amenas y largas tertulias, los encuentros en su casa con Tita Valle Buitrago, los poetas Octavio Robleto, Iván Uriarte, Álvaro Urtecho y Raúl Orozco, la actriz y directora teatral, Socorro Bonilla, los pintores Alejandro Aróstegui, Luis Urbina, Francisco Jiménez Rueda y María Gallo. Cómo no recordar la asistencia de ella y de su marido e hijos, con nuestro gran poeta Carlos Martínez Rivas, lleno de soledad, desvalido deliberadamente, soportando hambre por abulia, presa del licor que lo erosionaba paulatinamente hasta la destrucción final. La doctora Rodríguez Rosales formó parte de la legión de amigos y amigas que auxiliaban cíclicamente a Martínez Rivas. No es gratuito que en un momento de desesperanza, delirio y horror a la muerte, entre la tragicomedia y la autenticidad, le dictara uno de sus testamentos:

Managua, julio 23 de 1995. 8.30 a.m

Ante mí, Isolda Rodríguez Rosales, en carácter de falta de notario público (in cap), CARLOS MARTÍNEZ RIVAS, cercano a morir o previendo su muerte, solicita al doctor Rodolfo Argüello, albacea de mi familia, el único lugar en que quiero ser enterrado, que él conoce: el lugar en que está enterrado mi padre con sus hermanos, mis tíos, que me adoraron; no quiero ninguna expresión nacional de honor ni de exaltación. Deseo ser enterrado en el sitio en que he pedido de mis ancestros granadinos, sin ninguna forma de expectación. En la forma menos visible.

Mi biblioteca, mis libros que es lo único que amé en la vida, no sé después de mi muerte a dónde irán. Siempre pensé que el Dr Sergio Ramírez Mercado la respetaría como yo la respeté, a mi biblioteca; pero me temo la convierta en una biblioteca popular, lo que fue la más íntima de mis confidencias.
No le dicto más a la Sra. Isolda Rodríguez Rosales, por no poseer más bienes concretos qué detallar; solamente apuro a una general honrosa consideración de más de dos mil volúmenes en libros impresos en inglés, francés e italiano.
Doy testimonio de esta declaración, en el temor de morir esta mañana, domingo 23 de junio, a las 9:00 de la mañana.

Carlos Martínez Rivas

O sea, que Isolda es una de esas profesionales de la escritura empeñada en la solidaridad gremial y en darle cuerpo crítico a nuestra literatura, es decir, existencia y existencia discursiva, racional. Sin crítica no suele apreciarse la obra; sin crítica no pueden generarse visiones; el crítico se torna creador cuando auxiliado de la intuición y de los instrumentos científicos nos enseña —maestro al fin— a comprender y gozar mejor la obra; de aquí la importancia de los ensayos, las tesis, las investigaciones, las introducciones, las antologías, las reseñas.

III

Pero en cuanto al discurso de esta noche, “Lizandro Chávez o la desmitificación de la Historia” queremos hacer algunas puntualizaciones. Desacralizar la historia fue para Chávez Alfaro una de sus luchas interiores; toda una guerra civil por refundar Nicaragua; era la búsqueda de sus raíces pero auténticas. Saber y saberse. Nicaragüense del Caribe; nicaragüense en México. Si bien es cierto que Walter Scott es uno de los fundadores de la novela histórica en Occidente; también es cierto que en Chávez Alfaro su expresión era una agonía, una fatalidad; de donde emanaba parte de su vivencia, originalidad o novedad. El español José María Souviron, desde 1955, afirmaba que “quizá, hasta hoy, toda buena novela hispanoamericana tiene mucho de novela histórica. Sabemos que para una crítica demasiado exigente, esto puede sonar a disparate….”.
Sin embargo, en fechas más recientes, Carlos Fuentes ha afirmado que todo este territorio de la Mancha (mancha de tinta), o sea, la novela española tiene en el viejo y achacoso soldado Bernal Díaz del Castillo a uno de los fundadores de la novela histórica.

Aquí en Nicaragua no podemos olvidar, entre muchas novelas históricas anteriores y posteriores, a Salomón de la Selva y su breve novela Pueblo desnudo o la guerra de Sandino, que eleva a categoría de personaje y tema al héroe de Las Segovias y a José Román, autor de Los Conquistadores, páginas éstas ganadas de una novela perdida, más prohispanista que americanista al suponer ilusamente que la revuelta de los encomenderos era la independencia, más guión para Hollywood que texto para la narratología. Aunque son inolvidables ciertas frases suyas como aquella con la que arranca su novela:
Panamá viejo era un puerto putañero y rondador…
Y pasajes como aquel donde los hombres del Virrey Pedro de la Gasca y los de los hermanitos Contreras protagonizan una verdadera batalla a ladrillazos de oro mientras se van hundiendo por el fragor y el peso de los lingotes en una ciénaga, rayería y relampagueadera verde y dorada, envidiable para los surrealistas.

El texto de la doctora Rodríguez Rosales es consciente del desarrollo de la novela histórica, de sus altibajos, de su trascendencia para algunos países y con precisión localiza y señala las innovaciones formales del desarrollo y las funciones sociales en las últimas décadas del siglo XX y en la primera del XXI, cuando afirma en uno de sus ensayos:

La narrativa nicaragüense ha tenido un auge importante en los últimos diez años. Después de un tiempo de permanecer aletargada, presenciamos su resurgimiento, vigorizada y con nuevos rostros estilísticos.

En la década de los ochenta, como producto de la euforia de la Revolución Sandinista, salieron a luz una gran cantidad de escritos narrativos que se acercan a la llamada narrativa testimonial. Dentro de ese contexto era comprensible que la narrativa ofreciera expectativas limitadas a las experiencias guerrilleras. Este tipo de novelas o relatos tuvo un éxito sorprendente, pero como es usual, efímero. Con la pérdida del poder sandinista, estos textos dejaron de causar interés y quedaron en el olvido.

Y agrega, consciente de la tradición de historia y novela, o novela histórica:

Podría decirse, entonces, que la narrativa actual está recreando la historia, pero la destreza del escritor(a) consiste en no abusar del lector convirtiendo el escrito en un documento histórico. Dejen ese arduo trabajo a los investigadores históricos. La habilidad del texto narratológico consiste en retomar un hecho y transformarlo, llevándolo a niveles donde se mezclen el mito, la ficción, el lenguaje poético, el cotidiano, de tal suerte que se convierta en una obra amena y de interés.

En la obra literaria se encuentran dos aspectos: la historia y el discurso. Historia, en tanto tiene como referente una realidad, hechos y personajes reales. Al mismo tiempo, existe un narrador que relata la historia a un lector que la recibe. En el nivel del discurso, lo importante es la técnica con que el narrador da a conocer esos hechos. No obstante, la historia y el discurso tienen categoría literaria.

La desacralización de la historia en Trágame de tierra de Chávez Alfaro reside en su punto de hablada, que es el Caribe y todos sus perjuicios, rencores y resentimientos para con el Pacífico. A pesar del instrumental analítico, hay un sexto sentido, un olfato, una intuición necesaria para todo crítico, que lo descubre. Desde el Caribe se juzga polifónicamente y desde la personalidad de Luciano Pineda, la historia de Nicaragua, que ha sido protagonizada por los “españoles” y realizado en el Pacífico. Es la otra versión, más bien, el anverso; a través de los Pineda, Chávez Alfaro se enmascara y proyecta, con toda la ambigüedad de los narradores y lo vemos o leemos que desde la época prehispánica hasta el siglo XX, no hay acontecimientos ni acciones ni próceres ni héroes capaces de sustentar una identidad, una nación, una nicaraguanidad por la que valga la pena dar la vida, como en efecto le sucede a Luciano, con los execrables rasgos de racismo. Los mestizos y autóctonos del Pacífico son tenidos por “españoles”; pero ser británico aunque mestizo en el Caribe no es reprochable, algo que me resulta contradictorio. Ser vasallos de la corona inglesa y tener su propio rey mosco es timbre de nobleza para el Caribe. Un mulato y un indio, Miguel Larreynaga y el padre Tomás Ruiz son próceres de la independencia de Centroamérica, pero eso no cuenta para la visión caribeña. En eso consiste la desacralización para el novelista: el cacique Nicarao o de Nicaragua y Diriangén son un par de traidores a su raza; la noticia de la Independencia es ironizada porque llegó unos días después a lomo de mula; menos mal que se condena el Tratado Chamorro-Bryan; pero el general Augusto C. Sandino es calificado despectivamente como un “indio blanco”, y lo que es peor en tanto comparte la visión oligárquica y antinacionalista, un bandolero no un héroe; y el Canal es la utopía, el sueño anhelado y dorado, la ilusión de las generaciones antecesoras y hasta de los idealistas.

En verdad, Chávez Alfaro rechazó la reincorporación de la Mosquitia de 1894 en la Revolución Liberal y la Autonomía de la Revolución Popular Sandinista, criticó las políticas y actitudes para los autóctonos y la negritud, con criterios antropológicos y sobre todo humanistas, y afirmó, él mismo fue prueba, su cultura, sus tradiciones, su moral morava y su lengua misquita, suma, rama, anglófona o creole, la conciencia de ser caribeño.

IV

Pero por mucho que la novela sea interpretación de su tiempo, recreación de su sociedad y creación de personajes, la novela es una estructura verbal. Es decir es sobre todo literatura, organización, escritura artística. Citando a uno de los más calificado de los teóricos, Gérard Genette, la doctora Rosales dice que “se ha definido la narración como la representación de un acontecimiento o de una serie de acontecimientos, reales o ficticios, por medio del lenguaje escrito. Esta definición presupone la idea de que el relato fluye espontáneamente; sin embargo, si se estudia con un poco más de detenimiento, se encuentra que el relato contiene juegos de oposiciones, diversas voces y anacronías de diversa índole.

La primera oposición ya es señalada por Aristóteles, para quien el relato (diégesis) es uno de los dos modos de imitación poética. Para Platón, el campo de lo que él llama “lexis” (o forma de decir, por oposición a logos) se divide en imitación (mimesis) y simple relato (diéresis).

“Desde que Vladimir Propp creara un método para estudiar los caracteres específicos del relato —apunta la doctora Rodríguez Rosales—, Roland Barthes, Gérard Genette, Claude Bremond, Todorov, Greimás, se han preocupado por adentrarse en el universo narratólogico, basándose en caracteres estructurales tan precisos como los que sirven a los botánicos para definir su objeto de estudio, de manera menos “quimérica”.

“Para los estructurales, la lingüística constituye el soporte del estudio narratológico, por lo que es fundamental conocer la organización del relato; esto permitirá clasificar los elementos que entran en la conformación del mismo. Para realizar un análisis estructural, ellos proponen primero varias instancias de descripción y colocarlas en un orden jerárquico integrador, ya que el relato es una jerarquía de instancias.

Comprender un relato no sólo es desentrañar la historia, es también reconocer los “estadios”, proyectar los encadenamientos del hilo narrativo. Barthes propone distinguir en la obra tres niveles de descripción: el nivel de las funciones, el de las acciones y el de la narración.

Ahora bien, así como existe en el interior del relato una función de intercambio, hay también un relato como objeto: hay un dador y un destinatario del relato. El dador es el autor en quien se mezclan la personalidad del autor y el arte de quien escribe. Dentro de este concepto hay una serie de variantes que el análisis estructural propone estudiar con una perspectiva diferente”.

De aquí que Isolda Rodríguez descubra los recursos de Chávez Alfaro en su primera novela: el primer rasgo de la novela moderna, Chávez Alfaro lo conoció y manejó desde antes de salir de Nicaragua, porque su maestro, el poeta Santos Cermeño, lo hizo leer el Ulises de Joyce: el monólogo interior… Posteriormente, usó del narrador intradiegético-homodiegético, las analepsis, el narrador exterior o extradiegético y el ludismo.

Una obra primera, Trágame tierra, pero lograda, acabada, moderna y por tanto fundacional de la nueva novela histórica en Centroamérica, y una crítica con ojo y recursos para valorarla. Otra etapa de la novelística de América. Otra manera de ejercer la crítica.

Managua, julio-agosto de 2007


*Julio Valle-Castillo, miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua, poeta, narrador, crítico de arte, pintor, humanista y Académico de Número. Una de las mentes más brillantes de las nuevas generaciones. Lic. en Letras por la Universidad de México, autor de numerosas antologías poéticas y de narrativa.

Sede de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Managua. 18 septiembre 2007