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Gloria Gabuardi: Mástiles y velas: un territorio poético nuevo en la literatura nicaragüense


Por: Victor Chavarria

Escritor nicaragüense; Máster en Literatura Hipanoamericana y de Centroamérica


Mástiles y velas: un territorio poético nuevo en la literatura nicaragüense
La costumbre de ver sólo los nombres de íconos femeninos o nombres sólo del sexo masculino en la historiografìa literaria de nuestros tiempos, hace que ahora que estàn apareciendo màs mujeres en el mundo de la literatura nicaragüense, a los lectores se les olviden sus nombres tan ràpido como el tiempo que dura la lectura de un suplemento literario donde ellas aparecen o, peor todavía, el instante que dilata la toma de una fotografìa con càmara digital. Esta costumbre, perniciosa, y su causa, son difìciles de eliminar, pero no imposible, y camino a cambiar las cosas, a grabar en la memoria a la mujer que escribe, aunque aùn no sea ìcono literario y se encuentre en una sociedad masculina, muchas mujeres con la calidad de sus obras han dado pasos importantes, y una de ellas es Gloria Gabuardi con su ùltimo libro de poemas, Mástiles y velas.

Mástiles y velas es el territorio poético de Gloria Gabuardi. Lo dice su lenguaje, su fuerza expresiva, aquilatada, su “electricidad musical” o sea el decir las cosas con la palabra exacta; los sentimientos puestos al desnudo, sin ambages, con determinación, carácter, personalidad, orgullo, sin arrepentimientos de ninguna clase; los sueños de bùsqueda y encuentro, arrojo y miedo al infortunio, vacìo y plenitud en el amor; por eso su canto nace del fondo de su ser y nada tiene que ver con lo anecdòtico, lo provinciano o lo regional. Es un canto con territorio propio y voz propia, algo que debe tener todo verdadero poeta, mujer u hombre, porque, de acuerdo con Pablo Antonio Cuadra (PAC), “es en esencia, la originalidad del poeta”.

Las dimensiones del territorio poètico de Gloria Gabuardi son las dimensiones de su canto, el cual parte de ella misma, del paraíso que es su cuerpo, y, viaja por “la ruta del corazòn” impulsada por los motores de su barco, es decir, sus sueños, su vida y la vida y los frutos que ha dado ese paraíso, a los que tambièn los hace poesìa y ella misma se vuelve Venus de Milo, Cleopatra, Afrodita. La guìa su enorme corazòn enamorado y mientras navega se desborda de amor, borra los malos momentos, limpia su paraíso, limpia su alma y su cielo lleno de sueños, sabe que hay una ruta hacia el olvido y tiene que tener cuidado que nada la desvìe. Por eso su corazòn, ruta que pretende mantener, se consume de amor y sueña “el quiero que te quiero querer”.

Sin embargo, en el trayecto nada tuerce su camino, la poeta vive su mundo y lo restaura con amor. Su optimismo no tiene parangón. En el fondo està segura que su amor extraviado volverà a sus dominios, serà su dueña; es un amor que decide el destino final de su barca, tal vez el epicentro del paraíso; es un amor que quizàs tambièn tiene su Ìtaca y que la espera después de haber librado la batalla, la guerra contra una Troya cuyas murallas estàn sucumbiendo ante las fuerza del amor, una Troya vencida que le indica su retorno. Finalmente, su canto se oye entonces como “olas rompeviento entre las rocas” cuando regresa sorteando visicitudes y tormentas, al punto de partida para completarse el cìrculo, .

Ha de encontrarse entonces con su amado, estaba destinado que asì iba a suceder, pero han contribuido sus ritos y su magia, para poner a su favor a las fuerzas terrenales y còsmicas, porque no es mujer cualquiera, sino una mujer segura de lo que hace o piensa hacer, insistente en salir adelante ante los problemas, decidida a tomar el mando para enfrentar la realidad. Y consciente de ser todo siendo lo que es, mujer, “en eterna bùsqueda del cielo o del infierno”, se cree la elegida, el resumen de la mujer enamorada y se transforma en peregrina para perderse en èl y rendìrsele.

Después de todo su nostalgia es grande y en la pasiòn de su memoria recuerda los orìgenes de su mundo con un marcado signo testimonial. Ya lo dijo Jorge Eduardo Arellano, “a los treinta años, Gloria Gabuardi encontrò un nuevo amor: el canto”. Canto de amor apasionado con un algo de Nietzsche y un rotundo rechazo a los pàjaros de mal agüero. Canto que tiene la fuerza del viento, que resume sus propòsitos, declara su felicidad en el paraíso en el que vive y sueña y quiere que de èl el dolor se aleje:

Quiero que el dolor cuando se acerque
sea como un extraño y desvencijado velero.
Que venga, no atraque y se vaya,
se hienda en lo profundo del vacìo.

Canto de una sabedora de las alquimias del amor que mantiene encendido el fuego de la vida y la pasiòn. Sin embargo, es un canto que tambièn no escapa al dolor por màs que lo rechace; donde el amor si bien detiene la ruta de su barca hacia el olvido, de repente corre riesgos de verse expulsado del paraíso y caer a un territorio de agonìa y muerte, donde sòlo son sus mismas fuerzas las que lo salvan. Canto en el que se incorporan figuras mìticas, como las ya señaladas, que “impulsan el discurso subjetivo para hacerlo transterritorial y transpersonal, la referencia humanìsima de mùsicos queridos (Lizt, Wagner)”, como señala Alvaro Urtecho. Canto de una poeta que da la impresión de realizarse, como dice èste mismo crìtico de PAC, màs que en el poema aislado, circunstancial y solitario, en el ciclo poemàtico, concebido y elaborado lenta y gradualmente.

Un canto, finalmente, cuyas fuentes dicen de una poeta con una vasta y exquisita cultura, la cual es clave en su territorio poètico, singular en la literatura nicaragüense; como lo es la de Gioconda Belli, Ana Ilse Gòmez, Vidaluz Meneses, Rosario Murillo, Daysi Zamora y otras contemporàneas que tambièn ya tienen ganado en gran medida su propio territorio; y como lo serà para las y los que comienzan a cantar y no quieren enterrarse en el olvido.

La Prensa Literaria. La Prensa. Managua, Nicaragua. 18 noviembre 2009