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Andira Watson: En casa de Ana despunta el porvenir


Por: Helena Ramos

Poeta, periodista cultural, crítica e investigadora literaria


En casa de Ana despunta el porvenir
Este poemario conmueve –y a veces perturba– con su efluvio carnal y su enigma espiritual. Politemático y unitario, integra la precisión y el arrebato, la vehemente osadía y la serena coherencia. El sincretismo de género marca, desgarra, subleva, gloría, crispa el universo poético de la autora, quien asimila –lo cual no quiere decir “acepta”– el legado de la tradición, asume los retos de ser y se reescribe en ardua libertad.

“Ana”, el primero de los ciclos que componen el poemario, es una secuencia de poemas muy breves, unidos –imantados– por un personaje común. El epígrafe de Roque Dalton “Me contaste que los árboles no son los principales enemigos y que no debía creer nada de lo que hablaban desde el otro lado de las rejas” crea una atmósfera de tensión debido a los vocablos de carga semántica inquietante como “enemigos” y “rejas”. El nombre de Dalton enseguida nos remite a las luchas y las tragedias de los década de los 80; en efecto, el ciclo es vehemente, denso y sombrío pero habla de unas lides distintas.

Apenas en un único texto, “Entre balas” (“A los 7 años Ana soñó que era / Venus con los pies desnudos / tiñendo de rojo las rosas blancas”) aparece una presumible alusión a la guerra de los 80. Las demás experiencias pertenecer al ámbito casero, familiar, y se refieren a un difícil trance de emancipación experimentado por Ana, cuya casa era un submarino olvidado y para quien el sueño –el de soñar y el de dormir– se convierte en una herramienta que a la cual recurre para sustraerse de un ambiente vagamente hostil.
Ana no ha logrado aún liberarse de los miedos y las culpas; un poema se titula precisamente “Ana siente culpa”:

Cumplió 21 años pero nunca duerme fuera de casa
Cuando ama enmudece...
Y si tiene sexo se queda toda la noche
buscando luz en la ventana

La carga del “pecado sexual” no impide a la protagonista vivir el erotismo con una festiva intensidad agridulce, y esa voluntad de gozar se erige en una muestra de vitalidad que logró, al menos en parte, sobreponerse a los traumas que acechan a las niñas con mucha mayor frecuencia de la que la gente suele admitir. El ciclo alude a estas heridas sin diluir el secreto en la anécdota:

A los 8 años
Ana le perdió el respeto al cebollero abuelo de sus amigos
Su silencio costó 20 pesos
y un temor de por vida a jugar entre los árboles

Incluso la ingenuidad de Ana-niña es incisiva, tal como lo demuestra el poema “Los 4 fantásticos”:

Preguntó Ana a su madre:
“¿Qué es lo fantástico de la mujer invisible?”

Nada por cierto pues hemos sido invisibilizadas desde hace milenios…

Nuevos comienzos

El segundo ciclo del poemario, “Plástica urbana”, es, en gran medida, un retrato de Managua: ciudad-verdugo, ciudad-mártir. “Paredes calladas en su rabia, / ventanas cárceles ardientes, / casas implosivas. (…) Aquí mugen / disecadas criaturas de leyenda” (“Foto de barrio (Instalación)”).
La hablante lírica ostenta una terca voluntad de no únicamente sobrevivir sino también de superar al dolor y volver a empezar. En el “Diálogo de la india y el extranjero (Plumilla)” la protagonista –en cuya voz podemos reconocer la de Andira Watson– abre el camino hacia este nuevo comienzo, con la decisión de romper el círculo de las repeticiones:

–Aquí tienes mi cintura– replicó ella–,
mi morena piel,
mis ojos mestizos,
mi sangre que te acoge…

Sé merecedor de ella y no la derrames
como hicieron tus antepasados,
los que tenían un cristal azogado en los ojos
y un león hambriento en los pechos,
los mismos que nos cambiaron las lenguas
y nos hicieron la guerra.
Entra.
Pero no olvides que esta no será la misma historia.

Cuando Watson retorna al mito, lo hace para esgrimir su esencia vivificante contra los terrores del presente:

Y mientas explotábamos en añicos,
asediados por el pájaro de la muerte,
estaba yo, allí, leyendo mitos
queriendo ser, a ratos, Afrodita.

(“Recuerdo de niñez (Grabado)”).

Vale la pena mencionar que para Nicaragua de los años 80 el “pájaro de la muerte” era el avión espía norteamericano supersónico conocido como el “Pájaro negro” que sobrevolaba al país aterrorizando a la gente.
En el poema “Como cuando niña (Madera)” la autora alude a su infancia caribeña, tema ausente en su primer poemario Más excelsa que Eva y desarrollado por Andira en textos posteriores a En casa de Ana…
Y el poema que cierra el ciclo, “Nota de duelo (Acrílica sobre tela)”, finaliza, pese a su un tanto lúgubre título, con una nota de esperanza: “…se avizora largo camino / barcos zarpan buscando muelle / allá nos esperan…”. Eso mismo podemos decir todas las mujeres que emprendemos el camino de nuestra propia realización…

Un diagnóstico sagaz

En el ciclo “¿Amor?” la poeta actúa como aquellos valerosos médicos que estudian en sí mismos los síntomas de una peligrosa dolencia; hace un análisis del “amor romántico” –modelo que todavía predomina en nuestra sociedad– no desde una prudente distancia sino viviéndolo; registra los síntomas con lucidez y se pregunta –de allí los signos de interrogación en el título– si este sentimiento arrasador y con frecuencia destructivo es, en efecto, el Amor.
Aun en lo más profundo del vértigo, la hablante lírica continúa sintiéndose “cruda, despierta, / doliente”. En comparación con las mujeres de generaciones anteriores, su capacidad de engañarse, si bien todavía persiste (“La ceguera de amor está viva como niña de 12 años // y ha muerto a los porqués”), aparece muy reducida y la “dicha amorosa” tradicional le resulta insuficiente:

La plenitud tiene nombre de hastío.
Él no sabe que a estas horas lo sé todo.
Su cuerpo es un río de fango en mis manos.
Un puñado de tierra donde mi semilla no germina.
Un fuego fatuo que solo yo distingo,
yo, en la espesura de la noche.
¡Ah! Qué rabia me da su entrega, su irresponsable afecto, su descuido,
su cuerpo desnudo.
¡Qué ira sienten mi boca, mis dedos!

(“Encuentro”)

Este ciclo también se cierra con una nota esencialmente optimista, porque la hablante lírica de la “Carta de una náufraga” proclama haberse escapado de los esquemas sexistas y encontrarse “sola y sin respuestas / pero clara y libre”.

Desafíos de la lucidez

El ciclo con el que finaliza el poemario se llama “Locura” pero no se refiere a la locura como “privación del juicio o del uso de la razón” –pues Watson se muestra de lo más lúcida– sino como “acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa” y “exaltación del ánimo (…), producida por algún afecto u otro incentivo”.
La hablante lírica asume posturas que continúan siendo anómalas en nuestras sociedades reivindicando aquello que a las mujeres se nos sigue negando. La primera reivindicación a la que aspira es divinidad. “¡Dios debe ser una Diosa de mi color!”, exclama en el poema “Diosa negra”. Otro reto es el placer erótico que dejó ya de ser un tema tabú en la literatura e incluso se convirtió en un “producto mercadeable”, pero no es todavía –¡ni mucho menos!– un tema que no plantee a las escritoras dilemas tanto psicológicos como estéticos.
Andira Watson sale airosa de la prueba; pedregosa y líquida como el flujo piroclástico –una mezcla de gas caliente, ceniza y pierdas que se confía en ocasiones durante las erupciones volcánicas y puede fluir como un líquido– sabe ser al mismo tiempo cruda, augusta, provocativa, espléndida, telúrica, juiciosa y arrebatada…
Varios poemas de este ciclo muestran una faceta novedoso de un tema muy antiguo en el arte: la maternidad. La hablante lírica se dirige a su hijo inexistente para anunciarle, con todo el dolor del alma, que no ha de darle vida:

No me pidas explicaciones, hijo.
Tu padre no está aquí para contestar
y yo no provengo de una especie que se engendre sola.

(“No me pidas”)

Hijo, está llegando el tiempo en que me despida
y estas letras se las coma el alba
o las estrujen los caminantes a su paso
y todo lo que te he dicho
lo adopte algún huérfano.

(“Certeza”)

No se trata de una renuncia a la maternidad forzada por las conveniencias sociales al estilo de “¿Madre soltera? ¡Qué pecado, qué indecencia!” sino de la decisión de no asumir sola la carga que por justicia debe ser de dos…
En el poema final, “Niégate a ti mismo” –que forma una unidad con el ya mencionado “Diosa negra”– la hablante lírica llama a aprender y aprehender el Amor que comprenda y fusione las cimas –y quizá también las simas– de aquellos amores que, de acuerdo a la tradición, calificamos como “humano” y “divino”. Su Dios es Diosa.
La exhuberancia de metáforas, el uso enriquecedor de vocablos provenientes d las artes plásticas, la densa cadencia rítmica, la meditada arquitectura del libro posicionan a En casa de Ana los árboles no tienen culpa en un hito de nuestro corpus literario.

Lectura en el Evento de Entrega del Premio único VII Concurso Nacional de Poesía Mariana Sansón 2009 a Andira Watson. Museo Archivo Rubén Darío, León, Nicaragua. 26 junio 2009