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Esthela Calderón: Los poemas etnobotánicos de Esthela Calderón


Por: Steven White

Crítico literario, catedrático, antólogo y poeta norteamericano


La etnobotánica, una disciplina cuyo nombre se atribuye a una presentación de John Harshberger en 1895, es mucho más ahora que la lista que fue en su comienzo de nombres comunes y también científicos de especies vegetales usadas por grupos indígenas. El término que proviene del siglo xix, claro está, se refiere a la relación entre los seres humanos y las plantas. En el momento actual, sin embargo, la etnobotánica promueve un rico intercambio urgentemente necesario por motivos ecológicos entre disciplinas tan variadas como la antropología cultural, los estudios del medio ambiente, la biología, la economía, la fitoquímica, la farmacología, la geografía, la etnozoología, la agricultura, la religión, y la arqueología (Balick 59-59). Habría que ampliar este diálogo multidisciplinar, agregando la literatura en el caso de Soplo de corriente vital porque esta colección de poesía etnobotánica de Esthela Calderón (1970) es como un gran jardín lingüístico con decenas de especies de plantas de toda una zona biótica regional. Los poemas en este libro, que fue publicado bajo el sello editorial de 400 Elefantes este año, tratan las plantas y su utilización como una manera tanto figurativa como literal de entender, en las palabras de Wade Davis, “la matriz cognitiva misma de una sociedad específica” (Davis 40). Soplo de corriente vital posee, además, en su unidad temática, una postura ética por medio de la cual denuncia la fuente principal que contribuye a la acelerada destrucción de la biodiversidad en Centroamérica, un reflejo de un fenómeno mayor en el sentido global. Muchos biólogos calculan que antes del año 2050, el 30% de las hasta 15 millones de especies que habitan el planeta se extinguirán por causa de las actividades humanas (Véase Spotts). El libro de Calderón funciona como intermediario entre lo humano y lo más que humano, demostrando cómo la humanidad se vincula con el mundo físico, afectándolo y, a la vez, siendo afectada por él.

En casi todos estos poemas de Calderón hay una conciencia de la necesidad de luchar contra el analfabetismo ecológico, destacando la precariedad de la biodiversidad como ocurre en “Galería de mártires” cuando la poeta dice que “Una lista de burocracia humana/pende en la pared de la indiferencia” y sigue con una larga serie de especies que van desapareciendo en Nicaragua, exigiendo al final del poema: “¡Por estos muertos hoy pido castigo!” En “Tamarindón,” Calderón destaca la presencia centenaria de un enorme tamarindo donde supuestamente los españoles ahorcaron el cacique rebelde Adiac en el barrio indígena de León que se llama Sutiaba. En la actualidad, esta reliquia de la historia colonial queda maltratada y mal protegida como afirma el poema: “Borrachos, basura y rejas/ahora te acompañan”. El poema “Naturaleza muerta” presenta una visión más apocalíptica:

Cuando el colibrí
no tenga más flores que chupar
porque todas serán de silicona y cemento
suspendidas, adornando escaparates.

La pérdida en estas circunstancias demuestra una relación fallida entre las especies, lo cual reduce las posibilidades de comunicación humana en el mundo. Como aseveran Gary Paul Nabhan y Sara St. Antoine en un aporte sobre la extinción de la experiencia, “No cabe la menor duda que la diversidad lingüística y sus reservas asociadas de conocimiento científico popular han sido tan amenazadas en el siglo xx. que la misma diversidad biólogica” (Kellert y Wilson 243). En la versión pesimista del poema “Historia”, Calderón sostiene que la incomunicación se debe a la incapacidad de los seres humanos de aprender la lengua de la vitalidad natural:

El sonido de la primera palabra fue la de un árbol
y los animales y las aguas respondieron.

El primer hombre era sordo,
no escuchó el soplo de la corriente vital.

Desde entonces heredamos la sordera.

Como contraste, se yuxtapone otra visión más positiva en el poema “La que hubiera sido” en relación con la soñada auto-construcción del cuerpo de la poeta, y este proceso se realiza a base de una extensa lista etnobotánica precisa como ocurre en el siguiente fragmento:

Si me hubieran dejado construir mi corazón
lo tallaría con la carne de un Roble,
las flores de todos los Madreados en Mayo,
una rebanada de obstinados cactos,
la tolerancia insufrible de una amapola
y la frialdad con que miran las Orquídeas.

No sólo el cuerpo sino la poesía misma en este caso se engendra de esa reciprocidad con el medio ambiente físico. Según David Abram, la escritura y el lenguaje humano nacen precisamente “del intercambio y contacto entre el mundo humano y más que humano” (Abram 95).

Esthela Calderón en su poema “Yo, maíz”, sostiene que las plantes están conscientes de los beneficios que reciben ellas mismas a base de su relación con la humanidad, sobre todo en cuanto a la dispersión de la especie ya domesticada gracias al cuidado humano:

…Ha llegado el tiempo del amanecer,
de que se termine la obra
y que aparezcan los que nos han de sustentar y nutrir,
los hijos esclarecidos,
los vasallos civilizados; que aparezcan el hombre ,
la humanidad, sobre la superficie de la tierra…

Calderón demuestra la relación entre otro árbol y todo un sistema de creencias religiosas que se celebran en Nicaragua cada año con la gritería de La Purísima en este fragmento del poema “Madroño”:
Arropado en tu telón oloroso
mi voz junto a tu voz creció en Diciembre
magnificando otros nombres en tu nombre.

Los altares dedicados a la Virgen para esta celebración religiosa son verdaderas obras de arte. Representan la diversidad del paisaje nicaragüense con sus cielos, lagos y volcanes y se adornan con las flores blancas y perfumadas del madroño que florece justo en esta época. Este conocimiento religioso vivo, sin embargo, es amenazado por la extinción del madroño a raíz de las actividades humanas y el cambio climático.

Como poeta etnobotánica en Soplo de corriente vital, Esthela Calderón ayuda a conservar el conocimiento tradicional de las plantas que tiene su origen en las culturas y las lenguas indígenas. La flora que aparece en su libro tiene, además, una realidad científica que corresponde a un ecosistema complejo de una región cuyas fronteras no respetan necesariamente los parámetros nacionalistas. Forma una parte de la rica biodiversidad del lugar que habita la poeta y ayuda a combatir la homogeneidad y la uniformidad sin alternativas de lo que Vandana Shiva ha definido como los “monocultivos de la mente” (Shiva 7).
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Obras Citadas
Abram, David. (1997) The Spell of the Sensuous: Perception and Language in a More-Than-Human World, New York, Vintage.
Balick, Michael J. (1996) “Transforming Ethnobotany for the New Millennium,” Annals of the Missouri Botanical Garden 83: 58-66.
Davis, E. Wade. (1995) “Ethnobotany: An Old Practice, a New Discipline,”
in Ethnobotany: Evolution of a Discipline, ed. by Richard Evans Schultes and
Siri von Reis. Portland, Oregon, Dioscorides Press: 40-51.
Nabhan, Gary Paul y Sara St. Antoine. (1993) “The Loss of Floral and Faunal Story” en Stephen R. Kellert and Edward O. Wilson, eds. The Biophilia Hypothesis, Washington, D.C., Island Press: 229-250.
Shiva, Vandana. (1993) Monocultures of the Mind: Perspectives on Biodiversity and Biotechnology, London, Zed.
Spotts, Peter N. (2002) “Catalog for Life on Earth” The Christian Science Monitor (June 20): 11& 14.

Publicado en Revista ANIDE Año 7, edición No. 17. Enero-Abril 2008. Managua, Nicaragua. 15 abril 2008