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Colectiva: Escritoras nicaragüenses: un festín de marginalidad- III Entrega


Por: Helena Ramos

Periodista cultural, poeta


Escritoras nicaragüenses: un festín de marginalidad- III Entrega
Otro caso de exclusión es el de Aura Rostand (seudónimo de María Selva Escoto, conocida como María de la Selva, León, 1905-México D. F., 1959).

Los diez hermanos Selva Escoto –los De la Selva– fueron una familia extraordinaria. Se destacan especialmente: Salomón (1893-1959), poeta modernista precursor de las vanguardias; Rogelio, licenciado en Derecho, secretario privado del presidente de México Miguel Alemán; y Roberto, escultor y grabador.

María, que compartía con sus hermanos la vocación por las letras y las aventuras, es la menos conocida. Creció en la metrópoli, en el ambiente "de conspiración política y amorosa, de liturgia, de aparecidas, de brujería". Se casó joven, según se estilaba en ese tiempo, y tuvo dos hijos, pero nunca se ha convertido en una matrona sedentaria, acomodada en la rutina. Le gustaba viajar; residió un tiempo en Bluefields, Costa Caribe –inaugurando de paso el tema "costeño" en la poesía nicaragüense con su poema Mediodía en Bluefields–, y en Nueva York.

El 28 de noviembre de 1929 estuvo presente en el homenaje que Panamá rindió a la poetisa María Olimpia de Obaldía (1891-1991) y, fuera del programa, "recitó en forma magistral, un poema de su cosecha y preparado para tal ocasión, que recibió nutridos aplausos".

En los años 30 se trasladó con sus dos hijos a México, donde se dedicó al periodismo (se sabe que colaboraba en la sección femenina de la revista Hoy). Su esposo no quiso seguirla, lo cual, al parecer, no le importó demasiado a Aura. Era arrojada e independiente.

Los últimos 15 años de su vida los pasó prácticamente postrada en la cama; sin embargo, convirtió su recámara en un verdadero salón adonde acudían los personajes más preeminentes del mundo artístico de México: Mario Moreno Cantinflas, María Félix, Jorge Negrete, Agustín Lara... Aura prohibía suspender la velada si comenzaba a sentirse mal: respiraba oxígeno puro para aliviarse y se reincorporaba a la conversación. Jamás interrumpió su labor periodística; al lado de su cama de posiciones, tenía la mesita con una máquina de escribir.
Dos poemas suyos (Arbol y Mediodía en Bluefields) están incluidos en la antología Nicaragua lírica (Chile, Editorial Nascimiento, 1937), compilada por Augusto Oviedo y Reyes (1905-1968). Es la única mujer que aparece en dicho florilegio.

De poco le ha valido esta temprana y merecida distinción. Ahora su obra literaria, dispersa en los periódicos de América Central y México y parcialmente inédita, es apenas conocida por el público. A su hermano Salomón de la Selva, Jorge Eduardo Arellano lo bautizó como el "inmenso solitario". Es mucho más solitaria Aura Rostand, que, dicho sea de paso, nunca vivió ni escribió arrimada a las glorias fraternas.

Doblemente única

Todas las escritoras nicaragüenses que podrían ser ubicadas dentro de la corriente modernista y posmodernista, quedaron al margen de las investigaciones y de la mayoría de las antologías. Fueron condenadas sumariamente al olvido. Lo mismo ocurrió con la poeta Carmen Sobalvarro, la única mujer que formaba parte del autollamado Movimiento de Vanguardia. Es también la única olvidada por la crítica.

Se sabe muy poco de su vida. Nació en 1908 en Ocotal, cerca de la frontera de Nicaragua con Honduras. La publicación periódica El Gráfico de Managua de 3 de noviembre de 1929 la menciona como integrante del Comité Central Republicano de Tegucigalpa. Carteaba con Augusto César Sandino (1895-1934), de quien estaba enamorada platónicamente.

A mediados de 1931 llegó a Granada y se integró al grupo de Vanguardia. Formaba parte de la Anti-Academia Nicaragüense de la Lengua, una antítesis sarcástica de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Sus integrantes aspiraban a "una literatura vernácula verdaderamente libre, personal y juvenil".

En 1929-30 era colaboradora permanente de la revista Mujer nicaragüense, publicada por Josefa Toledo de Aguerri. Posteriormente se estableció en Honduras, porque, a diferencia –crucial– de los demás vanguardistas, no se avino desde el inicio con el régimen de Anastasio Somoza García (1896-1956). Es sencillamente injusto e inexacto proclamar, como lo hace el escritor nicaragüense Julio Valle-Castillo (Masaya, 1953) en su prólogo para Tres amores de Manolo Cuadra (1907-1957), que el autor de Contra Sandino en la montaña fue el único vanguardista de izquierdas. Carmen Sobalvarro no era menos izquierdista, y el autor del mencionado prólogo, un investigador bien informado, lo ha de saber. Pero ella no cuenta, está invisibilizada, marginada.

La hondureña Adaluz Pineda en su antología Honduras: mujer y poesía (1998) dice, refiriéndose a Angela Ochoa Velásquez (1886-1969): "Luis Andrés Zúñiga, el fabulista hondureño por excelencia, prologa su libro de versos (1934) y la ubica junto a Clementina Suárez (1902-1991), Victoria Bertrand (Alma Fiori, 1907-1952), Fausta Ferrera (1891-1971) y Carmen Sobalvarro (esta última aparece en la nota de LAZ, pero es nicaragüense) como las directoras de este movimiento literario perteneciente a la Ultima góndola."

Sobalvarro falleció en los 40. No ha publicado ningún libro; su obra está dispersa en los periódicos y los numerosos estudios dedicados al grupo de Vanguardia la omiten olímpicamente. Pero, si era tan insignificante, ¿cómo esta joven pueblerina logró impresionar a los vanguardistas, que eran iconoclastas, altivos y excluyentes? Off the record, se ofrece una explicación que no tiene nada que ver con la literatura: Carmen Sobalvarro era hermosa, tenía unos ojos inolvidables... Entonces, la catalogan como una suerte de "novia" del grupo, lo cual no corresponde a la verdad histórica. Ella era una persona reservada, seria, nada decorativa; fue admitida a la agrupación gracias a sus méritos literarios. Hace tiempo lo narró en sus memorias Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), el único ex vanguardista que no fue afectado, a partir de los años 40, por una amnesia selectiva respecto a Carmen Sobalvarro. Es un declarante válido, bien informado e imparcial, ya que las reivindicaciones feministas no le interesan en absoluto. Aun así, el criterio sexista se impone, a la escritora ocotaleña la siguen percibiendo como "novia" de la agrupación y no como su plena integrante.

La poeta nicaragüense Daisy Zamora la incluyó en su antología pero, siguiendo la tradición de otro autor de Vanguardia, José Coronel Urtecho (1906-1994), insistió en el carácter "espontáneo, primitivista y natural" de aquella poesía. Este enfoque esencialista le resta a la autora la dimensión intelectual; sin proponérselo, la reduce de nuevo a la simple sensibilidad intuitiva, dizque inherente a la naturaleza femenina.

La preclara emotividad de la poesía de Carmen Sobalvarro no está basada en la mera espontaneidad, que, a su vez, casi siempre brota de la ignorancia. La sencillez de la poeta es meditada y culta (eso no quiere decir culterana o erudita). Para percibirlo, basta con asomarse a esta estrofa: "Antiguo cancionero de la llanura/que ama la verde fronda,/como ama la dulzura/los labios de Gioconda."

La recuperación de la obra de Aura Rostand y de Carmen Sobalvarro se dificulta además por el hecho que ambas vivieron gran parte de su vida fuera de Nicaragua (pero siempre se consideraban a sí mismas escritoras nicaragüenses). Como resultado de esta escisión, quedaron en el limbo. Los investigadores hondureños no incluyen a Sobalvarro en sus análisis porque ella era nicaragüense; los nicaragüenses tampoco la incluyen porque vivía en Honduras. Otro tanto ocurre con María de la Selva.

Publicado en 7 Días / Edición 427 del 31 de mayo al 6 de junio, 2004. Managua, Nicaragua. 31 mayo 2004