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Colectiva: Escritoras nicaragüenses: un festín de marginalidad - II Entrega


Por: Helena Ramos

Periodista cultural, poeta


Las escritoras del siglo XX que habían logrado salir del anonimato y publicar, se tuvieron que enfrentar con otras formas de la marginalidad: la desdeñosa condescendencia cuando obedecían las reglas del ser mujer y las acusaciones de inmoralidad cuando las violaban. En este sentido, es ilustrativo comparar a Bertilda Portocarrero y Rosa Umaña Espinosa.

La primera fue lo que se dice una dama; mujer instruida para su tiempo, educadora, ensayista y una poeta postmodernista galardonada en certámenes locales. Su bibliografía consta de los siguientes títulos: De enseñanza musical (Chichigalpa: 1930); Sin dimensión (León: Editorial El Centroamericano, 1956); Influencia de la mujer educadora en la humanidad: doña Josefa Toledo de Aguerri (Managua: Editorial La Hora, 1962); Acentos políticos (Managua: Editorial Recalde, 1967); Convención de la Alianza de Mesas Redondas Panamericanas (Managua: Librería y Editorial Recalde, 1968). Además, durante años publicó su poesía en periódicos y revistas. Jorge Eduardo Arellano la caracteriza como "representante de la emotiva versificación subliteraria". Cabe preguntar por qué cito con tanta frecuencia a Arellano, pero resulta que él es el único que emite juicios críticos sobre estas autoras de escasa divulgación, y tal exclusividad hace que sus criterios se convierten en juicios irrebatibles. Por supuesto, en teoría cualquiera puede cuestionar estas opiniones, empero el interés general por el tema es casi nulo y las fuentes, prácticamente inaccesibles. Como resultado, sus pareceres son transmitidos, mediante las citas, de un libro a otro, sin ser sometidos a una revisión crítica. Con eso no pretendo afirmar que las opiniones de JEA sean necesariamente erróneas; el nudo está en las dificultades prácticas para cuestionarlas.

Volviendo al tema anterior, apuntalamos que actualmente la obra de Bertilda Portocarrero, pese a la habilidad técnica que la autora poseía, es considerada "subliteratura", pasatiempo de una ricahembra ociosa. Probablemente, en aras de mantener "el decoro y la decencia" la escritora pecó de pusilánime.
Mas veamos qué sucedía cuando una pecaba de atrevida, como ocurrió con Rosa Umaña Espinosa (1872-León, 1924), poeta que hizo frente a toda una hueste de adversidades: era provinciana (no se sabe exactamente si nació en Villanueva o en Estelí), mengala, pobre, huérfana y autodidacta. Para colmo, padecía de tuberculosis.

Aun así, ha logrado publicar parte de su obra: Recuerdos y esperanzas. Prosas y verso (Managua: Tipografía Moderna, 1906); Ayes del alma (León: Tipografía J. Hernández, 1909); Luz del ocaso. Primera parte: Juicios críticos. Segunda parte: Poesías (León: Tipografía J. Hernández, 1916). Casi huelga decir que ninguno de estos libros no ha sido reeditado, ni en su totalidad ni parcialmente.
Según Jorge Eduardo Arellano, Rosa Umaña "asumió seriamente la poesía". Asimismo, asumió el malditismo finisecular. Su participación en los círculos literarios, en ese entonces exclusivamente masculinos, le valió la reputación de "rara" e "impúdica", de lo cual ella estaba perfectamente consciente y creía que ése era el precio de ser poeta; Rosa Umaña –poetisa maldita– lo sabía y murió en su ley: pobre y sola. Pero sí le preocupaba a ella su permanencia como literata, el destino de su obra. En eso, la rebelde Rosa Umaña se hermanó con la comme il faut de Bertilda Portocarrero: ambas son marginadas, excluidas, olvidadas. Ninguna aparece ni siquiera en la antología La mujer nicaragüense en la poesía (1992) recopilada por Daisy Zamora.

Humillante humildad

Tampoco es considerada parte integrante del modernismo nicaragüense la poeta Adriana Gómez de Calderón (Granada, 18??-después de 1945). Fue amiga de Rubén Darío (1867-1916), motivo por el cual sus escritos posteriores evidenciaban, según la expresión del escritor Gratus Halftermeyer, "un vivo recuerdo por el Poeta".

Residió un tiempo en Panamá, donde estableció amistad con la poeta María Olimpia de Obaldía (1891-1991), cuya obra había glosado en Comentario en estrofas a la obra poética de María Olimpia de Obaldía, publicado en 1930 (ningún ejemplar de éste se conserva). En 1935, Josefa Toledo de Aguerri mencionó a Adriana de Calderón entre las mujeres que "cultivaban la gaya ciencia". A una edad ya avanzada, publicó en Nicaragua dos poemarios: Poemas regionales y amistosos (Managua: Tipografía Progreso, 1944); y Mi último poema (Managua: Tipografía La Nueva Librería, 1944). Pese a su larga trayectoria literaria y sus privilegiadas relaciones en el mundo de las letras, fue para los escritores varones una especie de eterna párvula, nunca una igual entre iguales. Ella misma aceptaba esta desigualdad como algo natural. Por ejemplo, en 1945, enviando un ejemplar de Poemas regionales y amistosos a Carlos Rocha, director de El Correo, la escritora le solicitó a través de la dedicatoria que juzgada la obra "como ella se merezca, sin temor de flagelarla, para que se enmienda". Merece la pena señalar que Rocha era menor que Adriana Gómez y, aun perteneciendo ambos al mismo grupo social, ella lo trataba como a un superior. Qué atroz nivel de sumisión: pedir ser castigada y todavía sentirse agradecida... Pero este caso, aleccionador por descarnado, sólo refleja una disposición general: las mujeres vistas por todos –incluyendo a ellas mismas– como eternas menores de edad, y los varones, revestidos de una autoridad que emana de su sexo.

Ilustre y marginada

El hecho que la humildosa Adriana Gómez no pudo imponerse en el campo de las letras nicaragüenses puede ser atribuido a rasgos de su personalidad. Pero lo mismo ocurrió con la altiva, dinámica y perseverante Josefa Toledo de Aguerri (Chontales, 1866-Managua, 1962). Su presencia es tan imponente y su aporte, tan descomunal que resulta imposible obviarlo. No obstante, ahora es conocida únicamente como maestra de generaciones; su faceta de escritora –antes que nada, ensayista– fue primero desvalorizada y luego, olvidada.

Josefa Toledo era una autora muy fecunda y de calidad desigual, pero sus mejores escritos permiten perfectamente apreciar su talento narrativo. Durante las décadas de los 10, 20 y 30, el impacto que causaban era todavía mayor. En 1918 obtuvo el primer premio en la rama de ensayo en los primeros Juegos Florales realizados en Managua.

Entonces, corrió el rumor que ella no era la verdadera autora de aquellas descollantes obras, sino que pagaba a escritores varones para acceder a la excelencia. Esta afirmación no se basaba en un hecho concreto sino en una premisa misógina: escribía "demasiado bien para ser mujer".

Ahora la intachable reputación de Josefa Toledo, ensalzada oficialmente como arquetipo de maestra y proclamada una "heroína sin fusil", ya no da pie a estas acusaciones. Sin embargo, la beatificación escindió y marginó los aspectos más interesantes de sus actividades. Apenas en los 90 la historiadora nica-estadounidense Victoria González (Santiago de Chile, 1969) redescubrió a Josefa Toledo como una figura fundacional del feminismo en Nicaragua. La reincorporación de su aporte como escritora al acervo cultural del país está lejos de ser llevada a cabo, puesto que sus obras no se reeditan desde los años 30. Además, la crítica tradicional no las considera "literatura" en pleno sentido de la palabra. Resultado: famosa y venerada, Josefa Toledo continúa siendo marginada.

Un mañana que todavía no ha llegado

Otra figura de la "epopeya de las olvidadas" es la poeta Yolanda Caligaris (Managua, 1910-ídem, 1964). Hija de Ángel Caligaris, un emigrante italiano que hizo fortuna durante el gobierno liberal de José Santos Zelaya, Yolanda inició sus estudios de secundaria en el Colegio de las ursulinas en Génova y se graduó en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Managua.

Ha publicado tres poemarios: Bajo las estrellas (México D. F.: Editorial Cultura, 1945); Sagitario (México D. F.: Editorial América, 1954); y Alcázar de ensueño (México D. F.: Editorial América Nueva, 1960). Obtuvo en el concurso de la Asociación de Escritores y Artistas Americanos la Flor de Lis de Oro por un soneto dedicado a Rubén Darío. Colaboraba en La Noticia (bajo el seudónimo de zolianica), La Noticia Ilustrada y Suplemento.

En 1935 la ensayista Josefa Toledo de Aguerri la señaló como una de las escritoras que "plasmaban su inspiración en camino del modernismo, no exento de pensamiento y delicadeza". La eminente educadora incluso consideraba que Yolanda era la que hacía una "mayor labor" entre aquellas literatas.
Guillermo Rothschuh Tablada (Juigalpa, 1926), escritor y crítico nicaragüense, manifestó respecto a Yolanda Caligaris: "Ella inauguró un estilo, un sentimiento, y mañana, cuando se haga con exclusividad una historia de lo que la mujer produjo en nuestra literatura nacional, ella junto a Rosa Umaña Espinosa serán las pioneras". Lamentablemente, este "mañana" justiciero aún no ha llegado.

Publicado en el Semanario 7 Días. Edición 424 del 10 al 16 de Mayo del 2004. 10 mayo 2004