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Colectiva: Escritoras nicaragüenses: un festín de marginalidad - I Entrega


Por: Helena Ramos

Periodista cultural, poeta


Escritoras nicaragüenses: un festín de marginalidad - I Entrega
Afirmar que la condición de género influencia los enfoques a través de los cuales la historia –o mejor dicho, los historiadores– perciben y analizan los fenómenos sociales y culturales, ya no constituye ninguna novedad. Con gran acierto dijo la escritora francesa Anaïs Nin: "La historia, igual que un reflector, ha iluminado lo que quería iluminar y a menudo omitió a la mujer". Sin embargo, las formas particulares de esta omisión sí ameritan ser examinadas, para poder desenmarañar la compleja urdimbre del sexismo y de la misoginia.

La marginación que a lo largo de los siglos hemos sufrido las mujeres literatas, tiene diversas dimensiones, las cuales con frecuencia se sobreponen formando toda una red que a estas alturas todavía nos retiene. Las biografías de las escritoras nicaragüenses ofrecen un vasto campo para estudiar dicha marginalidad.

Primero que nada, Nicaragua –que supuestamente es un país de poetas– no abunda en historias de su literatura, lo cual hace que el público lector carezca de posibilidad de comparar y confrontar fuentes, limitándose en muchos casos a una sola: Panorama de la literatura nicaragüense del prolífico investigador Jorge Eduardo Arellano (Granada, 1946), publicado por primera vez en 1966 y reeditada año tras año. Es un libro ciertamente imprescindible, pero allí las mujeres figuran como genuinas integrantes del proceso literario a partir de la década de los 60 del siglo pasado, aseveración que escamotea aproximadamente una centuria de presencia femenina en las letras nicaragüenses.

Hasta donde tenemos conocimiento, en la poesía nicaragüense la prioridad cronológica le pertenece a Cándida Rosa Matus, nacida en Masaya en 1850 y fallecida en la misma ciudad el 21 de diciembre de 1928. Nunca publicó en vida; ocho de sus poemas, seleccionados por una amiga e incluidos en el libro de otra autora, Adriana Gómez de Calderón, vieron la luz 16 años después de su muerte (Poemas regionales y amistosos. Managua: Tipografía Progreso, 1944). Vale la pena señalar que la publicación tardía –aunque rara vez póstuma– de la obra escrita por mujeres continúa siendo un fenómeno frecuente.

Un anonimato revelador

El argumento en pro de la constante marginación de las autoras pioneras que la crítica tradicional suele esgrimir es que la obra de ellas carece de méritos estéticos (un hecho un tanto difícil de confirmar o rebatir, ya que los escritos de estas mujeres están dispersos o extraviados). No obstante, el caso de Clementina del Castillo demuestra que la notable calidad literaria tampoco representa garantía alguna.

Con este nombre está firmado Las sensaciones, largo poema epistolar que inaugura ni más ni menos que la poesía erótica femenina en Nicaragua. Fue publicado por primera vez en 1896. Jorge Eduardo Arellano escribe al respecto: "Concentrados y felices, sus versos proceden de una descarga sorprendente de erotismo que supera la censura moral a que estaba sometida la mujer en ese tiempo. Por otra parte, revela a una apología del sexo, explicable en parte dentro de los logros ideológicos de la revolución liberal de José Santos Zelaya", ocurrida en 1893.

Aunque el libro tuvo mucho éxito y fue reeditado 4 veces, resultó ser demasiado audaz para su tiempo. Permaneció en el olvido durante casi cien años, hasta que fue rescatado por Jorge Eduardo Arellano e incluido en su Antología General de la Poesía Nicaragüense (1994).

No obstante, el rescate en sí no ha reivindicado el texto. Los lectores lo ignoran; los críticos lo ven más bien como una curiosidad y nadie ha intentado investigar a fondo quién está escondido bajo el seudónimo de Clementina del Castillo.

El uso del alias y la negativa de salir del anonimato aun para cosechar laureles son argumentos a favor de que la autora era mujer. A un varón, el público le hubiera disculpado gustoso el festivo explayamiento sensual de la obra; en cambio, una mujer hubiera tenido que enfrentarse a las acusaciones de inmoralidad, descaro, falta de pudor... Ignoramos si el texto es autobiográfico, pero es lógico suponer que el público lo percibía como tal; entonces, revelando su verdadero nombre, la escritora hubiera puesto en la picota no sólo a sí misma sino también a su pareja. No es de extrañarse que no haya querido pagar este costo.

Desfile de las olvidadas

Los escritos de varias autoras están perdidos por completo o casi por completo, ya que nadie estimó importante recogerlos, mucho menos estudiarlos. Tal es el caso de Mercedes Bermellón. El periódico leonés El Nacional la menciona en su artículo del 3 de enero de 1897 como una mujer que, sustrayéndose "a los oficios propios de su sexo", "se ha metido a literata y criticadora". "En varias ocasiones la hemos visto agarrarse pecho a pecho con los doctores romanos en materia de Lógica y Oratoria", acota el articulista, enfocando a Mercedes Bermellón como un "fenómeno" –algo similar a un ternero de dos cabezas– y no como una persona pensante. Pese a haber sido "noticia" en su tiempo, está completamente olvidada. No se conoce ni una sola línea de sus escritos.

Comparte con ella el olvido y la pérdida de la obra Josefa María Vega Fornos (Masaya, 1879/ 80-Masaya, 1920). Llamada "la poetisa niña", comenzó a componer versos a muy temprana edad. En 1888 fue aplaudida calurosamente durante la velada literaria que el Club Social de Masaya ofreció al presidente de la República Evaristo Carazo. "Dentro de seis u ocho años será la primera de nuestras poetisas centroamericanas", escribió al respecto la Revista Literaria, Científica y de Conocimientos Útiles (León, 1888).

Estudió en el Colegio de Señoritas de Granada, donde obtuvo el título de maestra. Dada su excelencia académica, después de la graduación pasó a dar clases en el mismo establecimiento, perfilándose como docente de grandes capacidades. Sin embargo, su trayectoria literaria y profesional fue interrumpida por lo que en aquella época se llamaba "un flechazo de Cupido". Se casó con el coronel Manuel Antonio Cuadra Urbina y se distanció de la poesía. Sus 6 hijos varones han sido o son TODOS notables intelectuales (4 de ellos, literatos) y sus 3 hijas mujeres, amas de casa. Tenía mucha razón Virginia Woolf al afirmar que el primer paso para llegar a ser artista es matar al Ángel del Hogar.

Prácticamente toda la obra de Josefa Vega está perdida. Se conservan Un saludo en Revista Literaria, Científica y de Conocimientos Útiles (León, No.4, 15 de abril de 1888) y De gris, incluido en Poesía nicaragüense, antología compilada por María Teresa Sánchez (edición de 1948). Podemos decir, citando a Lino Argüello (1887-1937), que Josefa Vega "pudo ser muy bien, pero no quiso nunca". La referencia no es casual: aunque es muy aventurado establecer comparaciones partiendo de un solo texto, en De gris se percibe el hálito de la misma hiriente dulzura que emana la obra de Linito de Luna, y las líneas "amo los ojos negros, dormidos,/semivelados por la pasión" tienen el encanto de oscura transparencia.

La lista de autoras que estaban activas en el primer tercio del siglo XX, sin publicar nunca un libro, es harto larga: Aura Rostand, Blanca Vega, María Fugle, Blanca Victoria Mejía, Rosa Choissel-Praslin, Alicia Rostrán, Fany Glenton, Nila Jiménez, etcétera. Si agregamos a la nómina a las ensayistas –algunas de ellas, con libros publicados– María A. Gámez, Josefa Ortega, Adela Moncada, Sara Barquero, Justina Huezo, Sara Solís, Juana Molina, Zoraida Matus, se hace todavía más patente el hecho que TODAS ellas han sido excluidas por completo del corpus literario. Se desconocen sus obras, se ignoran sus biografías. A excepción de Aura Rostand, Sara Barquero y Justina Huezo, no aparecen en ningún diccionario de autores nicaragüenses; únicamente la primera ha sido incluida en antologías.

Publicado en Semanario 7 Días: Edición 423 del 3 al 9 de Mayo del 2004. Managua, Nicaragua [7 DIAS es una publicación de MEDIA TRAINING S.A Todos los derechos reservados® 2004]. 3 mayo 2004