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Cynara Michelle Medina

Cynara Michelle Medina

Biografía

Narradora de Cuento. Nació en Jinotepe, Nicaragua en 1971. Hizo estudios cortos en varias carreras (Medicina, Filología y Comunicación), graduándose luego en Diplomacia y Relaciones Internacionales. Estudió tres años de medicina en la Universidad de Rostock en Alemania, esta experiencia le permitió viajar y conocer el mundo desde nuevos ángulos. Una de las pocas escritoras nicaragüenses que trabaja con persistencia el género de cuento. Sus escritos, de lenguaje diáfano, sobrio y explícito, presentan un delicado equilibrio entre la ironía y la ternura.

Trabajó como crítica de cine en el suplemento Siempre Joven de La Prensa. Publicó artículos en inglés en el desaparecido periódico NicaNews. Su cuento “De astrología y aeronáutica” fue seleccionado por el Proyecto Sherezada, página web dedicada a la narrativa (dirección electrónica http://home.cc.umanitoba.ca/~fernand4/). En 1999 debutó como narradora en La Prensa Literaria.

Una anécdota con gran carga de ironía, pero no exenta de piedad hacia la humanidad de sus personajes, presenta la constante lucha del ser humano por alcanzar la meta del conocimiento, una ansiedad que no podrán evitar ni la superchería, ni la ideología del poder, y ni siquiera el amor (sobre)protector de madre. Al leer este hermoso y sencillo relato, no podemos dejar de evocar aquella imagen del Juanito Laguna del pintor Antonio Berni, precisamente en el acto revelador de remontar un barrilete.

En el 2002 publicó su primer libro de cuentos, Polvo de ángel.
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Muestra de sus Cuentos:

“De astrología y aeronáutica”

Cuando nació Juanito Laguna la astróloga dijo que tenía buena estrella, todo debía salirle de perlas en la vida y, a lo mejor, hasta llegaba a presidente. Sin embargo había algo peligroso en él, según la misma bruja.

La madre, preocupada como toda buena supersticiosa, acosó a la vieja a pura pregunta, ella no contestaba, sólo seguía repitiendo, "hay una mancha negra en el futuro de este niño". El papa de Juanito tuvo la buena idea de sacar la billetera; el fajo de billetes nuevecitos le soltó la lengua a la vieja; empezó a hablar de sus necesidades, de que tenía que comprarse una bola de cristal nueva y que su carta astral ya estaba demasiado gastada. El señor Laguna comprendió el mensaje inmediatamente y hasta se enojó un poco porque le caían muy mal los chantajes, sobre todo cuando eran pagados en plata. Sólo al ver que su mujer le ponía cara de llanto, soltó una buena cantidad de dinero sin molestarse en contarlo, porque, después de todo, sacar cuentas de una estafa tan burda iba a aumentar su enojo en cólera.

La sabia astróloga dijo entonces que a Juanito había que mantenerlo alejado de los objetos voladores, porque el niño tenía la obvia tendencia a soñar despierto y si veía objetos voladores podían ocurrírsele ideas raras que lo apartarían de su brillante destino. Y todo esto era tan cierto e indiscutible porque las estrellas nunca mienten!

El papá de Juanito refunfuñó durante todo el camino a casa, la mamá era más bien un manojo de nervios. Se aislaron en sus pensamientos y mientras el señor Laguna se ponía colorado de la cólera por "haberse dejado convencer de ir a visitar a la vieja sin dientes", la señora Laguna hacía una lista mental de los objetos voladores conocidos de los que debía proteger el futuro de su vástago. A decir verdad, no pudo pensar en muchos, y sobre algunos no podía decidir si eran verdaderos objetos voladores o sólo objetos pseudo-voladores.

Por la noche, la señora preguntó a su marido si habría que prohibirle a Juanito jugar a la pelota, o si bastaría con pedirle que sólo la hiciera rodar por el suelo; además deberían pensar en cómo evitar que el chico quisiera participar en los festivales de barriletes de cada noviembre: "tal vez habrá que encerrarlo hasta después de Navidad cada año", decía la señora Laguna; y su esposo fruncía el ceño, incrédulo; "y yo que pensaba que me había casado con una mujer inteligente, y ahora me resulta que ésta cree hasta en santos que orinan".
Ese fue el inicio de la paranoia de la señora Laguna.

II
La vida familiar de los Laguna siempre había sido tranquila. El señor Laguna no ponía peros a las excentricidades de su esposa, si ella quería comprarse un vestido nuevo, le daba suficiente dinero para dos. Cuando ella comenzó a desbarrar después de la visita a la astróloga, él quiso ser igualmente comprensivo, pero se le hacía harto difícil. El día que regresó a la casa y encontró la sala olorosa a sabrá Dios qué peste, llegó a la conclusión de que las cosas se estaban saliendo de madre. Cuando su esposa le explicó que la astróloga le había dado una poción para alejar a los malos espíritus y que además le había recomendado rezarle 7 novenas a San Amancio para que protegiera al niño de las culebras y los escorpiones, perdió toda la poca paciencia que le quedaba; aventó una imagen del famoso San Amancio por la ventana, le gritó improperios a su mujer y le prohibió terminantemente volver a visitar a la astróloga, y que no se le ocurriera traer más locuras a la casa.

Así comenzó la vida clandestina de la señora Laguna; mandaba a su empleada a consultar a la vieja cada vez que a Juanito Laguna le salía un grano, un diente o cuando le subía la fiebre; tenía tres o cuatro cartas astrales escondidas bajo el colchón y hasta empezó a planificar el futuro de su hijo para que todo estuviese de acuerdo con los astros y con los santos.

La parte más difícil era mantener a Juanito Laguna alejado de los objetos voladores; la pobre señora se preguntaba cómo iba a arreglárselas para que al niño no se le ocurriera hacer un barrilete, porque para ella, los barriletes eran un verdadero peligro, daban ideas y lo mejor era reducir esas al mínimo necesario para pasar por inteligente, pero no demasiado. Qué Dios nos ampare si comienza a soñar despierto o algo peor por culpa de un descuido maternal!
La señora Laguna recuerda el día en que su marido trajo a casa las enciclopedias como una gran tragedia; aumentaban los problemas, ahora sería casi inevitable que el hijo se enterara de la existencia de objetos voladores porque uno de los tomos de la enciclopedia estaba dedicado enteramente a la aeronáutica. ¿Qué pasaría si Juanito Laguna veía la foto de un avión y comenzaba a hacer preguntas incómodas? Su padre seguro le contestaría cualquier irresponsabilidad, o hasta le ofrecería llevarlo al aeropuerto.
Así fue como la señora Laguna empezó a pensar en cuál sería le mejor manera de convencer a su hijo que los aviones no vuelan.

III
Juanito Laguna resultó ser un niño muy listo a pesar de todo; durante muchos años creyó que su madre era la poseedora de la verdad absoluta e incuestionable. Si su mamá le hubiera dicho que la luna era de queso, él no lo habría dudado, porque también le habían enseñado que los niños que no creen lo que sus mamas les dicen se van al infierno -- en la enciclopedia del señor Laguna había unos cromos muy convincentes del infierno de Dante -- y Juanito Laguna no tenía ningún interés en conocerlo de cerca.

Lo único que salvó a Juanito Laguna de convertirse en un perfecto imbécil fue que su padre lo matriculó en un colegio de jesuitas. El señor Laguna decidió que era mejor para su hijo el ser alejado --a la fuerza, de ser necesario -- de los devaneos de su mamá, porque a pesar de los esfuerzos de la señora Laguna por mantener en secreto las prácticas esotéricas a las que sometía periódicamente al niño, todo termina sabiéndose. El señor Laguna comprendió que era imposible para él vigilar la educación de Juanito Laguna si casi nunca estaba en casa, y que el chico, dejado a merced de la loca de su madre --el señor Laguna ya estaba absolutamente convencido de que su esposa tenía pajaritos en la azotea -- se volvería igual de loco que ella. Los jesuitas eran la solución perfecta.
Juanito Laguna llegó al internado con una maleta de cartón y suficiente ropa interior como para no tener que preocuparse durante dos semanas; su madre quiso empacarle un cargamento de novenarios y pócimas contra el mal de ojo, pero su padre revisó la maleta y tiró todas las previsiones maternas al fuego. Sin embargo, Juanito Laguna logró llevarse una medalla de San Amancio oculta dentro de un calcetín, la guardó cuidadosamente y le rezaba unas cuantas oraciones diarias hasta el día en que decidió volverse anarquista. Después de su rebelión la echó a la basura.

El internado era otro planeta bien lejano al de mamá. Aunque la disciplina era estricta y todo marchaba coordinado con un horario, nunca faltaban los pleitos de patio, las escapadas de misa, las carreras de zompopos, además estaban los famosos objetos voladores que tanto temía la señora Laguna y que su hijo conocía sólo por rumores.

Los niños eran aficionados a los aviones de papel, en las horas muertas del día volaban planeadores, pipilachas y jets desde las ventanas o en los pasillos. Desde el primer momento, Juanito Laguna quedó encantado con los aviones, pero como buen tímido, no se atrevía a preguntar siquiera el nombre, mucho menos cómo se hacían o por qué volaban.

En el colegio había tres o cuatro fabricantes reconocidos de aviones de papel, Juanito Laguna trató de espiarlos para aprender sus secretos "profesionales", pero ellos eran muy cuidadosos; no hacían aviones a vista y paciencia de todo el mundo, en primer lugar, porque los curas tenían algo en contra de los aviones --no miedo a las ideas fantasiosas que podían suscitar, sino aversión a la basura de restos de avión de papel en los pasillos y el patio bien cuidado del internado -- . En segundo lugar, los fabricantes de aviones eran un club exclusivo, casi una sociedad secreta de desafiantes de la disciplina. Esta sociedad se mantenía vendiendo aviones de papel a los muchachos menos valientes. Es cierto que desconocían el significado de palabras como "patente" y "monopolio", pero la forma en que habían patentado y monopolizado el mercado de los aviones de papel era digna de cualquier transnacional; fijaban sus precios según la economía de mercado.

Cuando Juanito Laguna quiso comprarse un avión de papel, se dio cuenta de que el asunto ese de la oferta y la demanda estaba muy por encima de su chelín de Navidad, y que los fabricantes no estaban interesados en el trueque. Después de darle muchas vueltas a su problema, tomó la primera decisión razonada de su vida, iba a robarse un avión.

Juanito Laguna nunca había robado ni un alfiler de cabecita en toda su vida; no tenía idea de como podría robarse un avión sin que nadie lo descubriera. De ajuste, sabía que cuando lograra su objetivo, no podía jugar con el avión en público, porque si alguien lo descubría, se le armaba un bonito lío.

Pasó maquinando días enteros, su plan maestro estaba casi listo, era simplísimo. Tal vez hasta pudo ser exitoso, pero un martes de tantos llegó su mamá de improviso. La señora Laguna vio una de las batallas aéreas de los pasillos del segundo piso del internado y le dio un ataque de hipertensión que casi la manda a platicar cara a cara con los grandes astrólogos del siglo XIV. El señor Laguna -- que a su modo todavía la quería un poco --, sacó a su hijo del colegio, más por miedo a que su esposa se pusiera de veras grave, que por temor a la influencia nociva de los aviones de papel. Sin embargo, Juanito Laguna ya estaba perdido en un universo de aviones y otros objetos voladores. Quién sabe! tal vez un día su mamá hallaría una colección de 500 fotografías de aviones bajo el colchón.
Jinotepe, abril-mayo, 1996

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"Félix"

Félix oía los golpes ligeros de la lluvia sobre la ventana, pero no podía ver nada estando tan lejos. Sólo imaginaba un mundo distante, donde la lluvia era como el tamborileo suave de los dedos de un niño.
Sólo podía confiar en que la corazonada que tantas veces había sentido, no resultaría falsa esta vez. Esa noche era diferente a cualquier otra.

La gran sala de espera, llena de novatos, era un hormiguero de impaciencia; siempre existe cierta expectativa antes de saltar y recorrer esos miles de años luz que separan un mundo conocido de otro ignoto. ¡El tiempo era tan lento! Félix sólo había visto caer un grano de arena en el gran reloj de la eternidad, pero quienes regresaban de la tierra lejana, traían noticias e historias de cómo cambiaban los usos y la vida de generaciones humanas enteras. Los hombres nacían, vivían, guerreaban, amaban, envejecían y morían.

¿Cuánto más faltaría? Félix aún no había podido conocer a su primer encomendado. Si era hombre o mujer, no le importaba. Era siempre un alma que debía acompañar desde el día de su nacimiento hasta su funeral. Mientras tanto, Félix se entretenía jugando con las puntas de sus plumas más largas; un pasatiempo reprochable porque le daba un aspecto descuidado a sus alas y lo hacía parecer un avestruz colado entre la bandada de flamencos.
Abajo, la lluvia arreció sobre las ventanas. Ahora se mezclaba con otros sonidos. Voces que Félix percibía deformadas por la distancia; ininteligibles como el bullicio de una plaza lejana en el día de la fiesta del pueblo. Poco a poco, el ronroneo de las palabras se hacía más claro; Félix comenzó a reconocer las voces masculinas y las femeninas, los gritos de dolor y los de alegría, y los gritos de parto de una mujer. Casi le reventaban los tímpanos.

Félix cerró los ojos: “Dios, por favor…”. Pero la Ley decía: “Parirás a tus hijos con dolor”.
Sin abrir los ojos, Félix se iba. Sus amigos, todos novatos como él, se acercaban para despedirlo; todos entendían que a Félix le estaba naciendo un cordón umbilical que lo uniría durante una vida humana a un alma. Los ángeles rodeaban al que partía sin que él notase el círculo compacto de alas y voces que trataba de transmitirle su calor, para que se lo llevara consigo en el largo viaje.
Sentía que sus pies eran cada vez más pesados y lo arrastraban hacia el fondo. Por un momento, tuvo miedo y frío; las puntas de sus alas se helaron al tacto, pero él trataba de cubrirse con ellas como si fueran un chal. Cuando el frío le pareció síntoma sospechoso de soledad, entreabrió los ojos.
A su alrededor, no distinguió nada conocido. Sobre él, las siluetas de sus compañeros eran puntitos lejanos y el salón de las columnas blancas, una visión increíble. En el futuro, sólo lo vería durante tardes lluviosas, cuando el cielo se nubla.
La misión había comenzado, al fin. Félix pronto conocería a su primer niño. Nunca antes había sentido tanta paz.
Durante su descenso, se le afinaron los sentidos. Distinguía mejor cada sensación proveniente del lugar a dónde debía dirigirse; las voces de los médicos, los olores extraños de los desinfectantes, los gritos de parto, la lluvia. Todo era nuevo para él, pero la novedad tenía sabor a déjà vu.

Desde una distancia considerable, Félix se aparecía como un puntito que dejaba un arañazo de luz en su trayectoria por el centro del cielo. Fácilmente sería tildado de estrella fugaz, cola de cometa o, por algunos menos imaginativos, confundido con un satélite de espionaje averiado. Fuese lo que fuese que pensaran, Félix siempre gozaría del anonimato; el de la distancia y el de la incredulidad de quienes no pueden creer sin tocar. “En el único momento en que los hombres podrían ver a los ángeles, siempre creen que están viendo otra cosa”, pensó.

Ya estaba tan cerca que podía distinguir algunas siluetas borrosas, pequeñas como escarabajos. Faltaba poco; la eternidad se había reducido a unos cuantos centímetros por cubrir y se encogería aún más.
Una voz de hombre dijo: “Ya se le ve la cabeza”. Félix sintió una punzada de pánico: ¿qué tal si no llegaba a tiempo? Si el bebé nacía y él, su ángel de la guarda, todavía se encontraba a medio camino, ¡sería una catástrofe!

Debía existir una forma de ir más rápido. Félix intentó extender sus alas para impulsarse, pero el viento y la lluvia, su propia velocidad y el frío que había soportado, le entumieron los músculos. Era una conspiración maligna y sirvió para aguijonear su persistencia, porque volvió a intentarlo una y otra vez, de todas las maneras que pudo. Félix ya no caía en clavado libre, sino como un contorsionista en medio de una pirueta acrobática complicada.
Logró arrancarse dos plumas sin darse cuenta. Tampoco se enteró del momento en que su cuerpo atravesó el techo de una casa.

Su viaje terminó de un solo golpe, en una palangana de agua caliente, y Félix, con las plumas mojadas y sorprendido hasta la médula, llegó a tiempo para oír el primer llanto del bebe.
Fue una niña.

Revista ANIDE No.__.

Bibliografía

1. Polvo de ángel - Cuentos (Managua: Ediciones 400 Elefantes, 2002.)