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Cecilia Ruíz de Ríos

Cecilia Ruíz de Ríos

Biografía

Narradora de cuento, Historiadora, Periodista empírica, Traductora y Profesora de idiomas, aprendiz de chef, militar en retiro y veterana de guerra. Nació en Managua el 4 de octubre de 1960. Realizó estudios en Nicaragua y Francia. Ha publicado suplementos didácticos de Historia, Súcuba y Reinas Célebres.

Pág. web: http://www.cablenet.com.ni/historia/biografia.htm
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Cuento:

Las manos de mi vida

Cada quien escoge tener miedo a lo que le da la
gana Rousseau, quien murió loco, una vez dijo
que el miedo es como la huella del pie, cada cual
lo tiene a su talla. A mi las manos siempre me
han dado miedo. Hay tanto que hacer con la
mano. La misma mano que te acaricia te puede
matar, con la misma mano que haces un pave
delicioso o un vaho de rechupete, preparas
veneno. Gabo lo dijo bien en el Otono del
Patriarca, cuando hablo de Rubén Darío y que le
parecía mentira que la misma mano con la cual
ese indio se limpiaba el culo era con la que hacia
poemas. Yo no naci con miedo a las manos. No
todos los pavores datan de la barriga materna,
asi que mucho sicologos pasan hablando tantas
locuritas sedufreudianas para acabar
confundidos.

Hoy en día ya soy una mujer, casa, parida, y
dicen las malas lenguas, la mía a la cabeza con
permido, que yo le hablo al diablo y sin miedo si
lo veo desnudo y sulfurante ante mi. Cierto.
Cara a cara, a como yo afronto todo, no hay
resquicito para el miedo. Pero de soslayo no.

Recuerdo la casa llena de vericuetos y olores
auténticos de mi abuela Mercedes en el viejo San
Antonio. Después de que mi madre le extendió
un seguro pasaporte sin retorno a la muerte a mi
padre al no atenderlo cuando el poble señor
pesco unos tetanos galopantes, jugo a ser viuda
recatada y adolorida llevándome de vuelta a la
casa de su mamá. Yo dormía en el segundo piso
de la inmensa casa de taquezal.

Una gran escalera comenzaba en el coemdor,
llegaba a un descanso, y torcia en dirección
opuesta para enchufar con el segundo piso. A la
altura de la 5ta. grada de la segunda etapa de la
escalera, a mano derech, había la puerta
encortinada hacia el desvan, donde
acumulabamos los calaches viejos. Un
balconcito interno completaba la escena macabr,
y digo macabra porque a pesar de cuantos
bombillos pusieramos, siempre se veía oscuro.

A la entrada del desvan había un perchero de
madera negra, donde colgabamos sombreros,
echarpes y toda suerte de capotes y sueteres en
la estación correspondiente. Una tarde de
toementa me fui a dormir buena siesta tras
engullir cantidades navegables de sopa de
albondigas. En ese entonces tenía tres años.
Nadie duerme tan largo y tendido como la boa
humana que era yo entonces.

Cuando me desperte sudada, ya eran las cinco
de la tarde. Hora de ir a jugar al triciclo en la
enorme sala, eso si, sin quebrar los adornos ni
atropellar el tocadisco donde hoy le tocaba turno
a los italianos...verdi, Vivaldi, Corelli...

El cielo estaba nublado. Cuando atravese el
enorme corredor de espejos para buscar la
escalera, se fue la luz al caer un rayo.

Un hillito de miedo bajo por mi espina dorsal tan
bien forrada de tocinitos infantiles.
Pero había planificado oir a Verdi esa tarde
mientras daba vuelta en el triciclo, y desde
entonces, ya me planificaba hasta para ir a
mear. Puseun pie en la escalera. Luego otro.
Otra grada. Cuarta grada, el ojo pardo
tornasolado gira en mi rostro hacia el desvan. Le
sigue el otro ojo. Enfoco el perchero que se agita
con el viento de la tormenta y la luz gris perlada
del cielo que se asoma por encima de la baranda
del balconcito interno. Hay dos capotes negros y
tres sombreros. Se agitan en una danse macabre.
El corazón comienza a bombear, el sudor a salir,
suelto un olor a animal en celo.

A animal en peligro...porque ahora ya grandes se
que el olor a miedo se parece al del alboroto. La
cortina del desvan se agita y me echa el perchero
encima. Uno de los sobretodos me cae encima y
suelto un grito imaginario. La prensa de vestir se
me enreda en el cuello como si manos invisibles
atenazan un nudo. Bajo rodando por las
escaleras, lo cual no es muy difícil pues soy una
nina redonda. Al aterrizar en el comedor
envuelta en el sobretodo, mi abuela me levanta y
me toma en sus brazos, lo cual ya es algo de
asustarse pues la vieja no era dada a los mismos.
Me quita el ahogante objeto de encima.

Tratanto de no llorar, me miro al espejo que hay
al pie de la escalera. La huella de una mano
grande aparece en mi garganta, una mancha
morada de 5 dedos y una palma apretada.

Pasan días antes de que se borre la mano de mi
cuello. Esa fue la primera mano de mi vida que
me asusto.

Muchos años más tarde me enamore de una vez
por todas de la música clásica. Amaba tocarla al
piano y la percusión, leerla, escucharla
interpretada por grandes figuras. Una vez en
Estrasburgo, Francia, seguía como perrito
faldero a Jean Batigne, el timbalista barbudo,
adusto y gordo que era mi profesor de bateria
cuando no estaba tocando con Les Percussions
de Strasbourg, un famoso conjunto de percusión
que según muchos hacia demasiado ruido.

Una tarde Batigne me dijo que quería
incorporarme al ensayo de Les Percussions en su
sala de conciertos llamada Le Maillon, ubicada
en Hautepierre en los suburbios de la ciudad.
Estaban ensayando la Música para cuerdas,
Percusión y Celesta de Bela Bartok...una de mis
piezas favoritas del pobre hungaro que muriera
de leucemia pobre y olvidado en Nueva York en
1945.

A eso de las 4:30 de la tarde, los músicos
hicieron un alto para tomarse una taza de té o
café y comerse una pastas. Yo me quede dentro
del salón con los intrumentos, extasiada
traveseando la celesta. Las paredes del salón
eran gruesas, a prueba de sonido. De repente, oi
como si cerraron la puerta desde afuera, pero no
le di importancia al hecho. Me puse a tocar en la
celesta y la temperatura del salón se fue
enfriando, hasta que una mano gelida e invisible
se poso sobre los rizos cortos de mi nuca.

Permaneció ahi por unos segundos. Al piso cayó
la partitura, abriéndose en la página donde
estaba un foto de Bela Bartok. Sali corriendo,
dando gritos, y con una sensación que
quemadura en la nuca. La puerta estaba como
cerrada por fuera, y golpee desesperadamente.
Alguien por fin abrio...Batigne. Ni lo mire, y
segui corriendo hacia la salida del Maillon, tan
aterrada que no vi venir un bus ruta 7, cuya
terminal es en Le Maillon. El conductor del bus
casi me atropella. Esa fue la segunda mano de
mi vida.

Cualquiera diría que fue un honor haber sido
tocada por Bartok, con la misma mano con la
que hizo el ballet El Principe de Madera o fue
tan buen pianista. Otros se rien y dicen que
Bartok ha de haber continuado débil de
hormonas en el más allá para no haber
aprovechado la ocasión para tocarme más
abajo, en mi rotundo posterior. Pero si me
observan bien cuando estoy alternando en
sociedad, me fijo mucho en las manos. Tengo
miedo de las manos. Y cualquier noche de estas
cuando mi marido me robe la cobija cuando el
sereno arrecia yel abanico nos hace temblar,
saldrá una mano helada y sudorosa debajo de
nuestra cama y me tocará el pie desnudo.

Bibliografía

1. Súcubo [13 relatos cortos de terror]. (Managua:Fondo Edit.CIRA,1993).
2. 5 Suplementos didácticos de historia (Managua: Fondo Edit.CIRA).
3. Reinas Célebres (Managua: Fondo Edit.CIRA).